La tucumana y el dictador de Bolivia

El célebre boliviano José María Linares se casó con una tucumana y aquí tuvieron una hija. Ocurrió antes de ser dictador de su país y como un paréntesis en su obsesiva carrera de conspirador. El matrimonio duró nueve años, pero sólo pudieron estar juntos cinco meses escasos.

27 Nov 2011 Por Carlos Páez de la Torre H
Al más distraído observador de las efigies de presidentes de Bolivia en el siglo XIX le es imposible dejar de detenerse en el retrato al óleo del doctor José María Linares, que pende de las paredes del Palacio Legislativo de La Paz. Respiran algo de trágico esos ojos helados de fanático, ese rostro demacrado que encuadran gruesas patillas. La imagen revela la decisión implacable y la nula flexibilidad, que fueron rasgos salientes del retratado.

Una figura singular

Es una de las figuras singulares de la historia altoperuana y la de nuestro continente. José María Linares Lizarazu era todo un aristócrata. Había nacido en 1808 en Ticala, la finca familiar de Potosí, hijo de los acaudalados condes de la Casa Real de la Moneda. Se graduó de doctor en leyes en la Universidad de Chuquisaca y luego enseñó en el Seminario de San Carlos y en el Colegio Nacional de Potosí. Corría 1831 cuando el doctor Linares se empezó a interesar por la política activa. Hasta entonces la había visto de lejos y despectivamente.

Fue prefecto de Potosí, diputado al Congreso que sancionó la segunda Constitución del país y que nombró presidente al mariscal Andrés de Santa Cruz. Ocho años más tarde presidió la Convención que eligió primer magistrado al general José Miguel de Velasco. Como plenipotenciario en España firmó el tratado de reconocimiento de la independencia de Bolivia. Fue ministro de Velasco en su tercer gobierno y, cuando éste fue derrocado -y reemplazado- por José Ballivián, debió exiliarse por primera vez en la Argentina. Estuvo un tiempo en Jujuy, volvió a Potosí y luego otra vez al exilio.

Estuvo en el Perú y en Chile primero, y su buena posición le permitió recorrer Europa entre 1845 y 1847. Cuando regresó a Bolivia sería senador por Potosí y vicepresidente de la República. Quedó con el mando supremo al salir Velasco en campaña contra Manuel Isidoro Belzu, pero el triunfo de este en Yamparáez (1848) lo obligó a huir nuevamente. Estuvo en Chile y, de 1850 a 1853, en la Argentina.

Se encontraba en Salta cuando el jefe de la Confederación, Juan Manuel de Rosas, dispuso que fuera llevado a Buenos Aires. Quería alejarlo de la frontera norte y tranquilizar así a los altoperuanos, con los que ya había mantenido una desastrosa guerra años atrás. Así, tocará a Linares estar en la ciudad porteña el 3 de febrero de 1852, cuando Rosas es derrotado en la batalla de Caseros. Eso le permite volver al norte. Pero no a Salta, sino a Tucumán.

El amor en Tucumán

Sucede que en nuestra ciudad se ha prendado de una tucumana, Nieves Frías, hija del ex gobernador José Frías. La madre de Linares, doña Josefa de Lizarazu, conoce a los Frías, ya que estuvieron exiliados en Bolivia largos años después de la batalla de La Ciudadela, de 1831. Linares le escribe. "Finalmente siento necesidad de tener una compañera", y "entre las mujeres de aquí hay una que si está dotada de otras prendas, sobresale por su virtud y modestia". Se trata de "la señorita Nieves Frías, hija del señor don José del mismo apellido y de la señora Nieves Gramajo, a quien usted ha conocido en esa, que son tan respetables y que pertenecen a las primeras familias de este país".

Doña Josefa confía en la elección de su hijo. Pasa por encima los rumores que la malignidad de los vecinos de Sucre hace correr, sobre un supuesto romance de José María con una hija de Ballivián. La boda se hace. En la Catedral de Tucumán, una partida fechada el 19 de noviembre de 1852 certifica que ese día el cura Estratón Colombres unió en matrimonio a Linares con Nieves, luego de la "sumaria información" de soltería que produjo el novio.

Vicente Quesada estaba en Tucumán en esa época. En "Memorias de un viejo" recuerda que "el célebre boliviano rindió homenaje a los hermosos ojos de doña Nieves Frías, y asistí al baile de su casamiento".

33 revoluciones

Solamente cuatro meses pueden estar juntos los esposos. Nieves queda embarazada y, en abril de 1853, ya Linares la ha dejado en Tucumán para trasladarse a Salta. "Pareciera que yo hubiera nacido destinado, entre otras cosas, para sufrir el cruel tormento de separarme de los objetos de mi cariño", lamenta José María en carta a su madre. De Salta pasa a Chile y después al Perú.

Tiene obsesión de volver al poder. Han empezado aquellos años terribles, en cuyo transcurso, dice Ignacio Bustillo, urdió 33 revoluciones contra el régimen de Belzu. "Proscripto, recorrió todos los caminos que desde la Argentina, Chile y Perú conducen a Bolivia, presentándose donde menos se le esperaba, a la cabeza de fuerzas considerables o diminutas, siempre en son de revuelta. Pocos conspiradores tuvieron mayor obstinación que él".

A todo esto, Nieves y su hija Josefa Sofía -que ha nacido el 18 de octubre de 1853- siguen en Tucumán. "Soy padre sin tener siquiera la satisfacción de conocer a mi hija", escribe Linares a la madre, en cartas que conocemos gracias a la erudita biografía de Nicanor Arana Urioste.

Al fin, el mando

En 1857, por fin, encabeza el golpe de Estado que voltea a Belzu. Hace su entrada triunfal a La Paz y asume la presidencia de Bolivia en calidad de dictador. Gobierna con dura mano. No tolera la menor falta de ética en los funcionarios y lo horroriza el despilfarro de los fondos públicos: recorta el presupuesto, reduce sueldos, licencia soldados.

Pasará todo ese año y también el siguiente sin que el dictador se encuentre con su esposa y con su hija tucumanas. Recién a fines de 1859, luego de seis años de ausencia, Linares puede abrazar a Nieves y a Josefa Sofía, quienes arriban a Sucre acompañadas por su cuñado José María Frías. El dictador estaba envejecido ya por los trajines, lo atormentaba la artritis y era esclavo de su función, pero por fin tenía reunida la familia.

Exilio y muerte


Se alojan los recién llegados en el palacete colonial de los Linares, a una cuadra de la Plaza de Armas. Pero apenas pasan juntos poco más de un mes. A principios de agosto de 1859, el dictador debe trasladarse a La Paz, dejando a Nieves (embarazada de otra niña, Eugenia, fallecida en la infancia) y Sofía en Sucre. Ya nunca las volverá a ver. No se encuentra con ellas en enero de 1861, cuando lo derroca un golpe fraguado por su ministro, el general José María Achá-Valiente, quien asume el poder. No tiene más remedio que escapar a Valparaíso.

Allí morirá José María Linares meses más tarde, el 6 de octubre de 1861. A su lado estaba don Mariano Baptista, quien narró "los últimos momentos del dictador, estoico para soportar crueles padecimientos físicos y sereno ante el angustioso misterio de la muerte".

Dos mujeres en Sucre

El destino dispuso que doña Nieves estuviera nada más que escasos cinco meses junto a su marido, en los nueve años que duró su matrimonio. Es probable que casi no conociera a este hombre misterioso y reconcentrado, de modales galantes y delgadas manos blanquísimas, siempre atormentado por terminar con sus enemigos.

La viuda y su niña se quedaron viviendo en Sucre. Las rodeaban todas las consideraciones de la esclarecida parentela y amistades de Linares. Un día de 1875, el embajador de Chile en Bolivia, doctor Carlos Walker Martínez, se enamoró de Josefa Sofía y se casó con ella: partieron de luna de miel a Europa y luego se radicaron en Chile. Con ellos se trasladó también Nieves, quien falleció años más tarde en Santiago.

Los importantes Walker

Tenía Walker Martínez vinculaciones tucumanas. Su prima hermana Rita estaba casada con el dos veces gobernador de nuestra provincia, don Belisario López. Era Carlos un hombre acaudalado, y Nieves lo secundó con brillo en su vasta carrera de diplomático, diputado, senador, jurisconsulto y literato. Su libro "Un viaje a través de la América del Sur" contiene páginas elogiosas sobre Tucumán. Walker Martínez falleció en 1905 y su viuda -con la que tuvo ocho hijos- lo sobreviviría hasta 1931.

Alguna vez, Sofía Linares de Walker Martínez volvió a la Argentina. Cuando estuvo, ya añosa, en Buenos Aires, en 1927, de paso para Europa, el diario "La Nación" le dedicó un extenso comentario, llamándola "una de las personalidades femeninas más destacadas del gran mundo de Santiago de Chile".

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