20 Julio 2003 Seguir en 
Cuando los funcionarios no saben qué hacer con los problemas o no tienen ganas de enfrentarlos, los barren debajo de la alfombra. Eso le pasó al mirandismo y por eso la herencia que dejará será penosa.
A nivel nacional, Kirchner se topa con gruesas dificultades, mientras su equipo trata de tapar los agujeros negros que recibió y las ásperas consecuencias de sus propias decisiones.
Frente a esas crisis, los empresarios siguen dudando sobre el armado de las futuras reglas de juego. No saben cómo se acomodarán los precios, costos y otros factores: dólar, salarios, servicios, cargas impositivas, tasas bancarias, fletes, corrupción, mercado interno, importaciones, sistema judicial.
Les interesa conocer cómo se acomodará el país a las exigencias de la apertura de la economía y del capitalismo; si se respetarán los contratos; cómo manejará el gobierno las cuentas públicas y qué modificará el Estado para ser más eficiente. O de qué manera se instrumentarán las relaciones con el mundo y cómo alentarán las inversiones.
Los aumentos salariales (sobre los que nada opinó el FMI, que sabe que es necesario atenuar las tensiones sociales y hacer crecer el consumo) y la polémica sobre el índice CVS reflotaron las angustias. Son pruebas de fuego para Kirchner, en este modelo de dólar alto y sueldos bajos.
Está aprendiendo que resulta azaroso fijar reglas en una realidad cambiante. La inestabilidad y los zigzagueos elevan la temperatura de la desconfianza. Entonces florecen, imparables, las dudas y el dinero se esconde. El capital es siempre ambicioso, cobarde y esquivo.
No es sencillo establecer normas para el largo plazo y que agraden a todos. Aquí sólo existe el corto plazo y, además, las decisiones gubernamentales nunca son inofensivas: siempre dejan heridos. En Tucumán todo se agrava cuando se advierte que personajes cuestionados lograron hacer enroques en el poder y quedarse en otros puestos. Son los mismos y se espera que no hagan lo mismo.
Esa inseguridad y el miedo a lo que vendrá influyen tanto en los niveles de empleo, que no suben con fuerza, como en la escasez de inversiones y en el inexistente descenso de los precios.
Los Bocade se van y todo cuesta igual o más, aunque el consumo de bienes y servicios esté en descenso por la recesión. El temor sobre la inflación y los ajustes salariales funciona como excusa para armar "colchones" con los precios.
Los financistas confían sólo en los exportadores tucumanos. Son los que manejan plata y tienen las puertas abiertas para lograr créditos. El resto de los empresarios accede a un avaro mercado financiero, que se limita a comprar cheques o a dar descubiertos. Además, tienen que exhibir vigorosas garantías para demostrar que no pasarán a ser morosos.En la práctica, el sistema financiero no existe. Si sobran los pesos y están caros, es porque no quieren prestarlos. Por eso el consumo se vuelve inalcanzable, salvo cuando los súper destapan ofertas o las tarjetas anuncian planes más largos y sin interés.
Los préstamos hipotecarios se transformaron en sueños irrealizables, dentro de un panorama en el que solamente un loco se animaría a apostar a colocaciones a 10 años.
La lentitud demostrada desde el gobierno para desenmarañar el vacío de autoridad municipal y otras crisis pendientes demuestran que los políticos prefieren ocuparse de sus cosas y de tener buenos ingresos para vivir bien, pero no les preocupa la realidad.
En medio de las trifulcas políticas, las promesas del futuro gobierno son, por ahora, el único condimento nuevo. Como todas las cosas, se reciben con escepticismo. Hay que ver para creer.
A nivel nacional, Kirchner se topa con gruesas dificultades, mientras su equipo trata de tapar los agujeros negros que recibió y las ásperas consecuencias de sus propias decisiones.
Frente a esas crisis, los empresarios siguen dudando sobre el armado de las futuras reglas de juego. No saben cómo se acomodarán los precios, costos y otros factores: dólar, salarios, servicios, cargas impositivas, tasas bancarias, fletes, corrupción, mercado interno, importaciones, sistema judicial.
Les interesa conocer cómo se acomodará el país a las exigencias de la apertura de la economía y del capitalismo; si se respetarán los contratos; cómo manejará el gobierno las cuentas públicas y qué modificará el Estado para ser más eficiente. O de qué manera se instrumentarán las relaciones con el mundo y cómo alentarán las inversiones.
Los aumentos salariales (sobre los que nada opinó el FMI, que sabe que es necesario atenuar las tensiones sociales y hacer crecer el consumo) y la polémica sobre el índice CVS reflotaron las angustias. Son pruebas de fuego para Kirchner, en este modelo de dólar alto y sueldos bajos.
Está aprendiendo que resulta azaroso fijar reglas en una realidad cambiante. La inestabilidad y los zigzagueos elevan la temperatura de la desconfianza. Entonces florecen, imparables, las dudas y el dinero se esconde. El capital es siempre ambicioso, cobarde y esquivo.
No es sencillo establecer normas para el largo plazo y que agraden a todos. Aquí sólo existe el corto plazo y, además, las decisiones gubernamentales nunca son inofensivas: siempre dejan heridos. En Tucumán todo se agrava cuando se advierte que personajes cuestionados lograron hacer enroques en el poder y quedarse en otros puestos. Son los mismos y se espera que no hagan lo mismo.
Esa inseguridad y el miedo a lo que vendrá influyen tanto en los niveles de empleo, que no suben con fuerza, como en la escasez de inversiones y en el inexistente descenso de los precios.
Los Bocade se van y todo cuesta igual o más, aunque el consumo de bienes y servicios esté en descenso por la recesión. El temor sobre la inflación y los ajustes salariales funciona como excusa para armar "colchones" con los precios.
Los financistas confían sólo en los exportadores tucumanos. Son los que manejan plata y tienen las puertas abiertas para lograr créditos. El resto de los empresarios accede a un avaro mercado financiero, que se limita a comprar cheques o a dar descubiertos. Además, tienen que exhibir vigorosas garantías para demostrar que no pasarán a ser morosos.En la práctica, el sistema financiero no existe. Si sobran los pesos y están caros, es porque no quieren prestarlos. Por eso el consumo se vuelve inalcanzable, salvo cuando los súper destapan ofertas o las tarjetas anuncian planes más largos y sin interés.
Los préstamos hipotecarios se transformaron en sueños irrealizables, dentro de un panorama en el que solamente un loco se animaría a apostar a colocaciones a 10 años.
La lentitud demostrada desde el gobierno para desenmarañar el vacío de autoridad municipal y otras crisis pendientes demuestran que los políticos prefieren ocuparse de sus cosas y de tener buenos ingresos para vivir bien, pero no les preocupa la realidad.
En medio de las trifulcas políticas, las promesas del futuro gobierno son, por ahora, el único condimento nuevo. Como todas las cosas, se reciben con escepticismo. Hay que ver para creer.







