Impactante. La increíble nitidez de las imágenes, la sensación de flotar en el sonido, la posibilidad de ver de cerca cada gesto, cada detalle del vestuario, cada minucia tecnológica casi dejan sin aliento. Sí, estallan espontáneos los aplausos cuando las arias terminan, cuando las bailarinas (conducidas por el mismo genio que dirige el Cirque du Soleil) caen en brazos de los "demonios" de Mefisto. Estallan como si estuviéramos allí. Pero estamos aquí. ¿Podemos competir? Nadie lo pretende literalmente. Sin embargo, podemos plantearnos ¿qué hace falta para intentar caminar por ese camino? En pocas palabras: esfuerzo, tecnología y dinero. Aída dio la pista de que el esfuerzo puede conseguirse. De materia pensante proveen hace rato las universidades tucumanas. Lo más duro sigue siendo lo que el Met ha logrado con creces: patrocinadores privados. ¿Será posible?
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