Lionel Messi: con él todo es mucho más fácil

Tiró caños, hizo un gol y asistió para que Barcelona gane por cuarta vez la Liga de Campeones.

LA LOCURA DE UN ÍDOLO. Messi comienza a festejar el gol que le abrió las puertas del título a su equipo. REUTERS LA LOCURA DE UN ÍDOLO. Messi comienza a festejar el gol que le abrió las puertas del título a su equipo. REUTERS
29 Mayo 2011
LONDRES (Sebastián Fest, DPA).- Tiró varios "caños", gritó su gol como pocas veces, pateó un micrófono y voló sobre sus compañeros para celebrar el 3-1 de Barcelona ante el Manchester United. Lionel Messi jugó 90 minutos en estado de felicidad permanente, rió como nunca en Wembley y por eso fue elegido como el mejor jugador del partido.

Su gol fue clave para que el Barça gane su cuarta Liga de Campeones. De esta forma, el argentino cerró una temporada de fábula y le puso el broche a nueve meses que lo agigantaron como jugador. Las cifras marean. Sus 53 goles en 55 partidos de la temporada le permitieron alcanzar y situarse a la par de Cristiano Ronaldo, aunque los de la "Pulga" fueron muchos más valiosos, porque sirvieron nada menos que para ganar la Liga de Campeones.

Messi sigue haciendo un uso magistral de la gran clave del fútbol: el engaño. Hoy jugó suelto, sin posición definida. Ni abierto a la derecha como en sus inicios, ni de "falso nueve". Bajó a armar jugadas, entró por el medio y enloqueció con diagonales desde la derecha. Fue omnipresente y persistente. Junto a su entrenador-protector, Josep Guardiola, ganaba la partida táctica otra vez.

"Es el mejor jugador que he visto, probablemente el mejor que pueda ver. Podemos competir, pero sin él el equipo no daría este salto de calidad", admitió Guardiola, que no se quedó ahí: "Messi es único, es irrepetible".

Jugó toda la temporada con botines naranjas, pero ayer estrenó unos amarillos. La magia fue la misma. Un caño a Valencia, que se lo devolvió al minuto con una patada. Otro caño a Vidic, el capitán, un rato después.

Su reingreso al campo de juego tras el entretiempo fue a lo Messi. Iba con la camiseta entre los dientes y atándose el pantalón. Último, incluso después de los árbitros, lento y ausente, como si no hubiera nada en juego.

¿Ausente? Nada de eso. Los 87.695 espectadores vieron como Messi definía con comodidad a la izquierda de Van der Sar, un hombre que se retiró del fútbol con el argentino como némesis.

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