La viola, ese instrumento condenado ser el hermano del medio -como puente sonoro- entre el violín y el violonchelo, sacó a relucir su raro timbre.
A eso de las diez de la noche del viernes, la iglesia Catedral tomó un aire barroco cuando Gustavo Guersman alzó la batuta sobre una agrupación de cámara de la Sinfónica de la UNT y acometió el primer movimiento -Largo- del Concierto para viola, cuerdas y continuo. Koncert g-dur (concierto en Sol mayor) se llamó allá por 1737, cuando lo compuso Georg Phillip Telemann. De esta manera el músico alemán autodidacto proponía a la viola da Braccio por primera vez como solista, para iniciar su edad dorada, que duraría 100 años.
Al calor del Allegro
Los inusuales feligreses, puntuales, ocupaban todo asiento disponible, incluso los escalones de retablos en las naves laterales. Hacía mucho calor en el templo y los ventiladores -respetuosos- guardaban silencio. El Allegro cobró vivacidad barroca y mostró lo prácticos que resultaban los programas del concierto como abanicos. Pero fue en el Andante cuando el solista Benjamín Bru Pesce dejó sentado el color dulcemente opaco que Telemann hizo resaltar de la viola. A la celebración final del presto colaboraron unas bocinas de auto, insistentes, a través de las puertas abiertas, ávidas de aire fresco.
A esa altura, la gente curiosa que había entrado por la música ya llenaba las naves laterales y allí permanecerían ante el despliegue de la totalidad de la orquesta sinfónica hasta el altar. "Bienvenidos al ámbito que generosamente ha cedido la Catedral", dijo el maestro Guersman, y explicó que en el marco del reciclado del Teatro Alberdi, que cumplirá 100 años en 2012, "vamos a buscar distintos ámbitos hasta que podamos volver". Una original música, que hace mucho tiempo no se escuchaba en Tucumán, vino a sustentar el nombre del ciclo de conciertos de este año, "Grandes compositores románticos". Y de aires nacionalistas, como la Sinfonía Nº 2 en Re mayor opus 43 que Jean Julius Christian Sibelius compuso en Helsinki en 1901.
De entrada el Allegretto planteó musicalmente el mosaico de que, según Sibelius, el Todopoderoso lo había dotado. Lo hizo a través de patrones melódicos y rítmicos que el compositor extrajo de la poesía y de la música popular finlandesa. El Tempo Andante trajo los obstinados pizzicatos de los contrabajos a los que no amilanó un molesto celular muy cercano que tenía que trinar -o, peor, tronar- justo en esos momentos candentes (y lamentablemente no fue el único).
Maravillosa fue cada intervención solista, ya la trompeta, ya el oboe o la flauta traversa. Los climas cambiantes se impusieron en el tercer movimiento. Fue realmente Vivacissimo, como su nombre lo indica, y se unió al Finale, siempre exponiendo motivos breves que se transformaban continuamente y evolucionaban hacia un desarrollo melódico, característica de las composiciones de Sibelius. El maestro Guersman, extenuado, canceló el tutti fortissimo.
El numeroso público aplaudió largamente, sobrecogido ante el potente desarrollo orquestal y una austeridad sibeliana que pudo apreciar a pesar de la acústica inadecuada. Es que por las puertas abiertas de la Catedral se había colado un soplo de la naturaleza y las leyendas de la lejana Finlandia.
A eso de las diez de la noche del viernes, la iglesia Catedral tomó un aire barroco cuando Gustavo Guersman alzó la batuta sobre una agrupación de cámara de la Sinfónica de la UNT y acometió el primer movimiento -Largo- del Concierto para viola, cuerdas y continuo. Koncert g-dur (concierto en Sol mayor) se llamó allá por 1737, cuando lo compuso Georg Phillip Telemann. De esta manera el músico alemán autodidacto proponía a la viola da Braccio por primera vez como solista, para iniciar su edad dorada, que duraría 100 años.
Al calor del Allegro
Los inusuales feligreses, puntuales, ocupaban todo asiento disponible, incluso los escalones de retablos en las naves laterales. Hacía mucho calor en el templo y los ventiladores -respetuosos- guardaban silencio. El Allegro cobró vivacidad barroca y mostró lo prácticos que resultaban los programas del concierto como abanicos. Pero fue en el Andante cuando el solista Benjamín Bru Pesce dejó sentado el color dulcemente opaco que Telemann hizo resaltar de la viola. A la celebración final del presto colaboraron unas bocinas de auto, insistentes, a través de las puertas abiertas, ávidas de aire fresco.
A esa altura, la gente curiosa que había entrado por la música ya llenaba las naves laterales y allí permanecerían ante el despliegue de la totalidad de la orquesta sinfónica hasta el altar. "Bienvenidos al ámbito que generosamente ha cedido la Catedral", dijo el maestro Guersman, y explicó que en el marco del reciclado del Teatro Alberdi, que cumplirá 100 años en 2012, "vamos a buscar distintos ámbitos hasta que podamos volver". Una original música, que hace mucho tiempo no se escuchaba en Tucumán, vino a sustentar el nombre del ciclo de conciertos de este año, "Grandes compositores románticos". Y de aires nacionalistas, como la Sinfonía Nº 2 en Re mayor opus 43 que Jean Julius Christian Sibelius compuso en Helsinki en 1901.
De entrada el Allegretto planteó musicalmente el mosaico de que, según Sibelius, el Todopoderoso lo había dotado. Lo hizo a través de patrones melódicos y rítmicos que el compositor extrajo de la poesía y de la música popular finlandesa. El Tempo Andante trajo los obstinados pizzicatos de los contrabajos a los que no amilanó un molesto celular muy cercano que tenía que trinar -o, peor, tronar- justo en esos momentos candentes (y lamentablemente no fue el único).
Maravillosa fue cada intervención solista, ya la trompeta, ya el oboe o la flauta traversa. Los climas cambiantes se impusieron en el tercer movimiento. Fue realmente Vivacissimo, como su nombre lo indica, y se unió al Finale, siempre exponiendo motivos breves que se transformaban continuamente y evolucionaban hacia un desarrollo melódico, característica de las composiciones de Sibelius. El maestro Guersman, extenuado, canceló el tutti fortissimo.
El numeroso público aplaudió largamente, sobrecogido ante el potente desarrollo orquestal y una austeridad sibeliana que pudo apreciar a pesar de la acústica inadecuada. Es que por las puertas abiertas de la Catedral se había colado un soplo de la naturaleza y las leyendas de la lejana Finlandia.







