10 Febrero 2011 Seguir en 
En la entrevista que publicamos en nuestra edición de ayer, un calificado catedrático e investigador se refirió a las posibilidades de una nueva especialidad médica multidisciplinaria, que combina psicología, psiquiatría, neurología, endocrinología e inmunología. Pero, incidentalmente, apuntó que la Argentina es el país del mundo donde se consume mayor cantidad de antidepresivos: cerca del 50 por ciento de sus habitantes toma algún tipo de psicofármaco.
La referencia fue complementada con otras no menos inquietantes. Dijo que ese consumo abarca cada vez más a personas jóvenes, que en algunos casos lo mezclan con alcohol. O que se ha hecho frecuente el caso de chicos en edad escolar que son medicados con antidepresivos. Interesa comentar brevemente este punto, por su innegable trascendencia social.
La afirmación del doctor Jaime Moguilevsky no hace sino exponer una realidad que está a la vista de todos y a la que sin duda no se le destina, por lo general, la grave atención que merece.
Sabemos que es absolutamente común que las personas ingieran psicofármacos, en nuestra provincia y en nuestro país. A cada momento se nos refiere, como cosa natural, que se toman habitualmente pastillas, no sólo antidepresivas sino, por ejemplo, para combatir el insomnio, o para mantenerse despierto, o para calmar los nervios, o para relajarse.
Hay quienes, sobre la mesa de luz de su dormitorio, exhiben una verdadera farmacia destinada a atender todas las peculiaridades de su psiquis. Y no debe olvidarse que de la ingesta crónica de tales sustancias derivan, al cabo de un tiempo determinado, adicciones similares a las de las drogas prohibidas.
Teóricamente, los psicofármacos entran dentro de esos medicamentos cuya venta requiere presentar la receta firmada por un profesional, y en la mayoría de los casos acompañada por un duplicado que se archiva. La extraordinaria proliferación de las referidas pastillas, parece indicar dos cosas. O los profesionales las recetan con demasiada ligereza, o los farmacéuticos las venden orillando la obligatoriedad de la prescripción médica. Nadie duda de que ambas posibilidades resultan igualmente dignas de preocupación.
Vivimos, ya se sabe, un mundo donde las personas, jóvenes especialmente, parecen necesitar, cada vez más, los variados efectos de los fármacos. Y ya se sabe que estos, si bien administrados en los casos necesarios y con control médico resultan cabales auxiliares de la salud, ingeridos libremente encierran enormes peligros, que van desde la adicción hasta irreversibles daños en el organismo.
Resulta indudablemente necesario, entonces, que la sociedad en conjunto accione para poner freno a esta anormalidad de que la mitad de la población argentina ingiera pastillas. Como en todos los casos, es una tarea que debe iniciarse en la escuela y el hogar, concientizando enérgicamente a los menores acerca de los peligros ciertos que encierra tal tipo de consumo.
Debe quedar claro que las pastillas son algo que debe ser mirado con prevención, y que en ningún caso se puede pensar que su adquisición y su ingesta son tan normales y corrientes como la de un analgésico cualquiera.
Pero, al mismo tiempo, se torna necesaria, indudablemente, una estricta tarea de contralor en los establecimientos farmacéuticos, a los fines de hacer cumplir, en todos los casos, el requisito obligatorio de las recetas para el expendio.
Urge bajar drásticamente las cifras de consumo actual, que indican un peligroso desorden en los hábitos sociales y que abren la puerta a males en la salud y en la conducta que sería extenso enumerar.
La referencia fue complementada con otras no menos inquietantes. Dijo que ese consumo abarca cada vez más a personas jóvenes, que en algunos casos lo mezclan con alcohol. O que se ha hecho frecuente el caso de chicos en edad escolar que son medicados con antidepresivos. Interesa comentar brevemente este punto, por su innegable trascendencia social.
La afirmación del doctor Jaime Moguilevsky no hace sino exponer una realidad que está a la vista de todos y a la que sin duda no se le destina, por lo general, la grave atención que merece.
Sabemos que es absolutamente común que las personas ingieran psicofármacos, en nuestra provincia y en nuestro país. A cada momento se nos refiere, como cosa natural, que se toman habitualmente pastillas, no sólo antidepresivas sino, por ejemplo, para combatir el insomnio, o para mantenerse despierto, o para calmar los nervios, o para relajarse.
Hay quienes, sobre la mesa de luz de su dormitorio, exhiben una verdadera farmacia destinada a atender todas las peculiaridades de su psiquis. Y no debe olvidarse que de la ingesta crónica de tales sustancias derivan, al cabo de un tiempo determinado, adicciones similares a las de las drogas prohibidas.
Teóricamente, los psicofármacos entran dentro de esos medicamentos cuya venta requiere presentar la receta firmada por un profesional, y en la mayoría de los casos acompañada por un duplicado que se archiva. La extraordinaria proliferación de las referidas pastillas, parece indicar dos cosas. O los profesionales las recetan con demasiada ligereza, o los farmacéuticos las venden orillando la obligatoriedad de la prescripción médica. Nadie duda de que ambas posibilidades resultan igualmente dignas de preocupación.
Vivimos, ya se sabe, un mundo donde las personas, jóvenes especialmente, parecen necesitar, cada vez más, los variados efectos de los fármacos. Y ya se sabe que estos, si bien administrados en los casos necesarios y con control médico resultan cabales auxiliares de la salud, ingeridos libremente encierran enormes peligros, que van desde la adicción hasta irreversibles daños en el organismo.
Resulta indudablemente necesario, entonces, que la sociedad en conjunto accione para poner freno a esta anormalidad de que la mitad de la población argentina ingiera pastillas. Como en todos los casos, es una tarea que debe iniciarse en la escuela y el hogar, concientizando enérgicamente a los menores acerca de los peligros ciertos que encierra tal tipo de consumo.
Debe quedar claro que las pastillas son algo que debe ser mirado con prevención, y que en ningún caso se puede pensar que su adquisición y su ingesta son tan normales y corrientes como la de un analgésico cualquiera.
Pero, al mismo tiempo, se torna necesaria, indudablemente, una estricta tarea de contralor en los establecimientos farmacéuticos, a los fines de hacer cumplir, en todos los casos, el requisito obligatorio de las recetas para el expendio.
Urge bajar drásticamente las cifras de consumo actual, que indican un peligroso desorden en los hábitos sociales y que abren la puerta a males en la salud y en la conducta que sería extenso enumerar.







