La política se ha convertido en una suerte de gran empresa. Hay un directorio (la dirigencia) que pelea por sostener el poder político en función del buen comportamiento económico de la compañía. También accionistas que, a medida que transcurre su carrera profesional, van pidiendo pista para tener una mayor cuota de participación (voz y voto, como le dicen en la calle). Hay trabajadores que, por su productividad, creen que deben tener más posibilidades de ascenso en la pirámide organizacional. Pero, ¿qué sucede cuando el presidente de la empresa ya no responde como la tropa espera? Seguramente perderá crédito. Si a ello se suma algunos errores de gestión, seguramente el panorama se le complicará aún más.
Desde el primer día de su gestión, que arrancó el 29 de octubre de 2003, José Alperovich administró la cosa pública como si fuera su empresa. Lo dijo en varias oportunidades durante los últimos siete años. Al principio, fue una herramienta que le permitió consolidar la figura de gobernador. Hoy es considerado una forma de perpetuarse en el poder político. Sin embargo, la del 28 de agosto puede ser la última incursión del actual mandatario. Su gestión parece tener fecha de vencimiento: a fines de octubre de 2015. Y esto es porque la mayor parte de los adversarios políticos han decidido invertir no para esta sino para la próxima elección. Ahora sólo apuntalarán una candidatura que los mantenga en la vidriera política. El razonamiento de la lógica opositora es que frente a tanto aparato financiero estatal resulta difícil motorizar una campaña.
Alperovich ha gobernado durante un período signado por la bonanza fiscal. El año que pasó, por caso, fue tal vez el de mayor superávit. Sin embargo, para conocer el resultado definitivo habrá que esperar hasta después de las elecciones. El año electoral arrancó del mismo modo que terminó 2010: con mucha plata en las arcas provinciales. Tanta que hubiera alcanzado para comprar ese jet privado que tendrá el Estado al contado, sin pagar intereses por un financiamiento de corto plazo.
¿Por qué se alimenta el pesimismo electoral de la oposición? Hay 10.000 millones de razones para no ser optimista. La actual gestión está autorizada a administrar $ 833 millones mensuales o, en este juego de los números, $ 27 millones diarios para hacer política (pública) hasta el 31 de diciembre. La solvencia fiscal da tranquilidad política a Alperovich y a cualquiera que haya sido bendecido por la varita mágica kirchnerista.
Sin embargo, hay situaciones que al gobernador le alteran -en cierta medida- los ánimos. Las voces de la conciencia gubernamental le dicen que es posible que, frente a la diáspora de los acoples, en los próximos comicios pueden desacoplarse entre cuatro y seis legisladores de la cifra de miembros legislativos que hoy responden directamente a la Casa de Gobierno.
En los mismos pasillos de la sede del Ejecutivo surgen internas que dan cuenta de que el peronismo puede convertirse en el dolor de cabeza del proyecto alperovichista. Algunos dirigentes que acompañaron la gestión durante más de un lustro sienten que hoy no hay contención política. Por lo tanto, las respuestas electorales pueden no ser las mismas que en otras compulsas.
Tiempos distintos
Mientras los políticos juegan a las internas, por debajo del puente electoral el agua sigue corriendo. Y está ahogando a la sociedad. Los consumidores están viendo esa vieja película que se repite cada vez que hay recesos laborales: "lo que el verano nos dejó". Los aumentos de precios han sido una constante y, en muchos casos, se han dado de una forma continua para disimular una inflación que ya no se aguanta. El Gobierno nacional, que ya silenció al Indec, en 2008 y luego a las Direcciones de Estadísticas de las provincias, hoy apuntó contra las consultoras privadas. Esas mismas consultoras que tuvieron que cumplir el rol que el Estado se niega o dibuja: medir la evolución de los precios.
La inflación es una palabra que no ingresa en el diccionario kirchnerista, que quiere eliminarla tan pronto como sea posible para que dañe las encuestas preelectorales. La falta de políticas para contener la escalada de precios se ha convertido en el principal rival electoral del oficialismo. A tal punto que, de mantenerse la negación de la realidad, muchos sindicatos pueden darle la espalda al kirchnerismo en las paritarias previas a los comicios presidenciales.
Cristina Fernández quiere aferrarse al poder. Alperovich, también. La oposición no sale de su juego de internas y desencuentros. Sin embargo, hasta ahora nada hace presagiar que haya un viraje en el rumbo económico. A juzgar por los hechos, el eje de la campaña puede llegar a ser la inflación. Esa que está carcomiendo el bolsillo de los argentinos y el crédito de los políticos.
Desde el primer día de su gestión, que arrancó el 29 de octubre de 2003, José Alperovich administró la cosa pública como si fuera su empresa. Lo dijo en varias oportunidades durante los últimos siete años. Al principio, fue una herramienta que le permitió consolidar la figura de gobernador. Hoy es considerado una forma de perpetuarse en el poder político. Sin embargo, la del 28 de agosto puede ser la última incursión del actual mandatario. Su gestión parece tener fecha de vencimiento: a fines de octubre de 2015. Y esto es porque la mayor parte de los adversarios políticos han decidido invertir no para esta sino para la próxima elección. Ahora sólo apuntalarán una candidatura que los mantenga en la vidriera política. El razonamiento de la lógica opositora es que frente a tanto aparato financiero estatal resulta difícil motorizar una campaña.
Alperovich ha gobernado durante un período signado por la bonanza fiscal. El año que pasó, por caso, fue tal vez el de mayor superávit. Sin embargo, para conocer el resultado definitivo habrá que esperar hasta después de las elecciones. El año electoral arrancó del mismo modo que terminó 2010: con mucha plata en las arcas provinciales. Tanta que hubiera alcanzado para comprar ese jet privado que tendrá el Estado al contado, sin pagar intereses por un financiamiento de corto plazo.
¿Por qué se alimenta el pesimismo electoral de la oposición? Hay 10.000 millones de razones para no ser optimista. La actual gestión está autorizada a administrar $ 833 millones mensuales o, en este juego de los números, $ 27 millones diarios para hacer política (pública) hasta el 31 de diciembre. La solvencia fiscal da tranquilidad política a Alperovich y a cualquiera que haya sido bendecido por la varita mágica kirchnerista.
Sin embargo, hay situaciones que al gobernador le alteran -en cierta medida- los ánimos. Las voces de la conciencia gubernamental le dicen que es posible que, frente a la diáspora de los acoples, en los próximos comicios pueden desacoplarse entre cuatro y seis legisladores de la cifra de miembros legislativos que hoy responden directamente a la Casa de Gobierno.
En los mismos pasillos de la sede del Ejecutivo surgen internas que dan cuenta de que el peronismo puede convertirse en el dolor de cabeza del proyecto alperovichista. Algunos dirigentes que acompañaron la gestión durante más de un lustro sienten que hoy no hay contención política. Por lo tanto, las respuestas electorales pueden no ser las mismas que en otras compulsas.
Tiempos distintos
Mientras los políticos juegan a las internas, por debajo del puente electoral el agua sigue corriendo. Y está ahogando a la sociedad. Los consumidores están viendo esa vieja película que se repite cada vez que hay recesos laborales: "lo que el verano nos dejó". Los aumentos de precios han sido una constante y, en muchos casos, se han dado de una forma continua para disimular una inflación que ya no se aguanta. El Gobierno nacional, que ya silenció al Indec, en 2008 y luego a las Direcciones de Estadísticas de las provincias, hoy apuntó contra las consultoras privadas. Esas mismas consultoras que tuvieron que cumplir el rol que el Estado se niega o dibuja: medir la evolución de los precios.
La inflación es una palabra que no ingresa en el diccionario kirchnerista, que quiere eliminarla tan pronto como sea posible para que dañe las encuestas preelectorales. La falta de políticas para contener la escalada de precios se ha convertido en el principal rival electoral del oficialismo. A tal punto que, de mantenerse la negación de la realidad, muchos sindicatos pueden darle la espalda al kirchnerismo en las paritarias previas a los comicios presidenciales.
Cristina Fernández quiere aferrarse al poder. Alperovich, también. La oposición no sale de su juego de internas y desencuentros. Sin embargo, hasta ahora nada hace presagiar que haya un viraje en el rumbo económico. A juzgar por los hechos, el eje de la campaña puede llegar a ser la inflación. Esa que está carcomiendo el bolsillo de los argentinos y el crédito de los políticos.







