El control en la tarea de los policías

03 Febrero 2011
El martes, un conocido quiosco de la ciudad de Famaillá fue violentado por ladrones, con un perjuicio económico significativo para el propietario. Este declaró, además, que se trata del sexto delito de esa índole que afecta a su negocio en el término de un año, sin contar episodios similares anteriores a ese lapso.

Lo curioso es que el quiosco se divisa desde la comisaría, emplazada a escasos 30 metros de distancia. La víctima se asombra, además, de la pasividad de los agentes. Cuando conversó con los periodistas, llevaba seis horas esperando que llegaran los expertos de Criminalística para efectuar las pericias correspondientes: y debió esperar todavía más de dos horas adicionales hasta su arribo. No consiguió que, durante ese tiempo, lo acompañara personal de la comisaría.

No es el único atraco reciente en Famaillá. Aparte de los arrebatos, el jueves pasado un drugstore fue asaltado por dos sujetos armados y la víctima no pudo lograr comunicarse con el 101 para solicitar auxilio policial. Hace dos meses, un hombre, aparentemente drogado, destrozó a sillazos un negocio ubicado en la misma vereda de la comisaría. Al formalizar la denuncia, se le manifestó -dice el denunciante- que le respondieron que no era posible hacer nada si no aportaba el nombre y apellido del iracundo.

A raíz de estos episodios, ha caído un manto de descrédito sobre la Policía famaillense. Un empleado de la zona llegó a asegurar que los agentes "se la pasan durmiendo". El titular interino de la comisaría explicó que la noche del robo al quiosco, además de que este no era visible a causa de un camión estacionado al frente, el personal estaba prestando ayuda a los damnificados por los desbordes del río Colorado, circunstancia que acaso fue aprovechada por los ladrones. Aseguró que tomaría medidas respecto a las afirmaciones sobre pasividad de los agentes y se declaró dispuesto a enmendar cualquier error. En cuanto a los casos que no se denuncian, apuntó que "la gente acá poco se acerca a la comisaría".

En Villa Mariano Moreno, la escuela Fortunata García fue asaltada dos veces en un mes, de acuerdo a lo que informó nuestra edición del martes. De nada le sirvieron las rejas instaladas en las aberturas, y tampoco sonaron las alarmas que posee. Los cacos se alzaron con televisores, ventiladores y otros elementos, además de violentar los armarios y revolverlo todo en busca de dinero.

Ante el hecho, el jefe de Policía se limitó a decir que aún no se le han entregado las estadísticas sobre el delito en la provincia durante la época de vacaciones. Pero le parece que "no habría habido hechos en unas proporción descontrolada". Todo lo expuesto pareciera material suficiente para inquietar, en un tema tan delicado y sensible como es la seguridad de la población.

En primer lugar, aparece una desidiosa falta de control de la jerarquía sobre la actividad de su personal. Personal que, en el caso de Famaillá, no parece movilizarse demasiado ante la evidencia de los hechos. Ayer se supo que se tomaron medidas y se relevó a la principal autoridad de esa dependencia policial. Pero esto debería motivar una reflexión más profunda de los funcionarios. Si la gente afirma que la asaltan con frecuencia, suena como obvia la necesidad urgente de planificar una tarea preventiva verdaderamente eficaz, que atienda como es debido ese requerimiento. De otro modo, se asiste a un peligroso divorcio entre lo que la Policía dice y los hechos, efectivamente sucedidos, que perjudican y preocupan a la población. Por este camino, las estadísticas que está aguardando el jefe de la repartición sólo constituirán un dudoso testimonio de los hechos, si la autoridad no guarda ese estrecho contacto con la comunidad -y la realidad- que resulta imprescindible para una tarea adecuada.

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