Una obra de Lorca absorbida por gestos

En "Monotonía (viceversa)" el espacio se vuelve una olla a presión

CALDERO DE PULSIONES. El elenco en un cuarto de pensión opresivo.
CALDERO DE PULSIONES. El elenco en un cuarto de pensión opresivo.
22 Noviembre 2010
Se ha dicho incontables veces que la palabra dramática es una acción tan material como un empujón o una caricia. La dramaturgia y la actuación de nuestros días, sin embargo, no se sostienen solamente en la acción. A veces el acontecer escénico es mucho más eficaz cuando la acción se reprime en un gesto, cuando queda suspendida, insinuada, en lugar de agotar su impulso y su sentido en un trayecto espacio-temporal. Y, si la palabra es equiparable a la acción, entonces el medio decir, la frase cortada donde menos se lo espera, continuada en un susurro inaudible o en un ladrido, la oración agujereada y atravesada por balbuceos sin dueño, son gestos verbales que transmiten mucho más de lo que dejan escuchar. En el teatro, el gesto -físico o verbal- modelado con maestría, es acción absorbida, abortada, vuelta sobre sí con una enorme ganancia de energía, con un inusitado incremento de su potencia conmovedora.

Podríamos imaginar, por un momento, que "Monotonía (viceversa)" es una obra de Lorca absorbida en gestos, traída más acá de la poesía elocuente del gran andaluz y exhibida en su materia prima y primaria, en esa sustancia deseante, femenina, mortífera, viril y muda que afiebra las palabras, que las hace chocar entre sí, entremezclarse, deshilacharse o resurgir con la contundencia de un martillazo. En la obra de Diego Bernachi llevada a escena por el grupo Teodora Ciega Caníbal, el espacio estrecho de la sala se transforma en olla a presión, en caldero de pulsiones que buscan el desahogo de las puertas laterales, que se enredan en las sábanas, las bombachas y las ropas de bebé que cuelgan de una pared a otra, que se acurrucan en rincones inciertos y electrifica las pieles y las miradas de unos cuerpos promiscuos. El deseo y su doble, la muerte, deambulan en ese cuarto de pensión tucumana, universal a fuerza de hundirse en su carne más íntima.

Hay, claro está, una trama que se va tejiendo en medio de los empujones y los sobresaltos pulsionales, pero ese tejido no tiene vocación de historia ni, mucho menos, pretensión aleccionadora. A la dramaturgia de "Monotonía (viceversa)" no le interesa la engañosa transparencia de lo que puede decirse, no aspira a pintar con colores locales aquello que muestra, pues lo local le aporta barro y no pintura. El "bajo fondo" tucumano está allí, pero no le sería extraño a un japonés o a un newyorkino porque debajo de la gran alfombra globalizada encontramos siempre el polvo impresentable de otra universalidad: la del deseo que desconoce mesuras, demarcaciones de propiedad, prudencias y futuros calculados, así en Andalucía como acá nomás, a la vuelta.

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