Las edades del vino en una obra poblada de espíritus

"La edad de la ciruela" se inscribe dentro de una tradición simbolista

22 Noviembre 2010
Si el tiempo cósmico, el que ignora las angustias y las dichas humanas, es un lento y viscoso torrente de descomposición, si de su transcurso sólo puede esperarse la decadencia y la pérdida, ello no impide que cada día libremos una batalla interminable para impedir o retrasar nuestra disgregación definitiva. El tiempo humano está hecho de recuerdos y esperanzas, y si estas últimas son como flechas o como suspiros de corto o largo alcance, los primeros conviven sin concierto en baúles que los años desarreglan y decoloran. Las cartas que, según el programa de mano de "La edad de la ciruela", "Eleonora escribe a su hermana Celina" en momentos en que agoniza la madre de ambas, intenta poner orden en una nebulosa de recuerdos compartidos. Esos textos, leídos en off y a oscuras, son un modo de contrariar a la muerte y de dar nacimiento a una representación que transcurrirá en el espacio de la memoria.

La potente poesía de Arístides Vargas inscribe esta obra en esa tradición simbolista que invita al espectador a ver en el escenario, no la recreación de la realidad que nos rodea, sino la manifestación de un "espacio interior" poblado de fantasmas y de objetos lábiles, interioridad a la que vanamente buscaríamos un "afuera". En "La edad de la ciruela", sin embargo, el afuera tensa los anhelos de una familia compuesta por "tantas mujeres que uno las confunde todo el tiempo", como dice la tía Adriática. Cada integrante de ese gineceo a la vez inquieto y estático está signada por la imposibilidad de volar o por la enorme dificultad de hacerlo, de abandonar el ciruelo familiar antes que el fruto pase de la madurez a la descomposición.

Detención perpetua

Resueltas a poner fin a los estragos del tiempo, las hermanas-niñas deciden, tras juzgar sumariamente a ese enemigo despiadado, condenarlo no a muerte pero sí a perpetua detención. Sin embargo, el remedio empeora las cosas: a la clausura espacial, las mujeres sumarán el encierro en un instante eterno que las obligará a repetir incesantemente unos gestos ínfimos (Blanquita, la criada, deberá fregar para siempre el mismo vaso de vidrio que quedó pegado a su mano izquierda...).

¿Qué queda por hacer con el tiempo, entonces, dadas las malas consecuencias de alterar su paso implacable? La solución es, quizá, la que ya habían encontrado los antiguos griegos: superponer a la rígida cronometría la modulación de un "tiempo cualitativo" marcado por el kairós, el momento oportuno, el instante vital en que cada ciruela decide si habrá de transmutarse en vino o aceptar que sólo nació para vinagre. El tiempo de "volar" irá llegando entonces para cada una de las mujeres, aunque ese imaginario dominio será agridulce: no habrá ganancia sin pérdida y cada herida que se cierre estará acompañada por otra que se abre. Y así tendremos a las niñas-hermanas y a su madre -las últimas en abandonar el recinto familiar- mirando con melancolía, tras una cortina de lluvia, el sitio vacío que acaban de dejar atrás.

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