El país político aguarda con expectación el inicio de la primera semana de noviembre. La súbita muerte de Néstor Kirchner -preanunciada en realidad por los sofocones precedentes de este año- plantea nuevos problemas. La Presidenta empezó a recorrer el tramo final de su período , y con ella, una pléyade de mandatarios provinciales, entre ellos José Alperovich.
El péndulo de la política oscila entre la apertura a lo desconocido y el temor a la repetición del pasado. Nada de lo que construyó la tragedia isabelina del 24 de marzo de 1976 está en pie. Un sólido tejido democrático se erigió trabajosasamente desde 1983, que sobrevivió a las perturbaciones de orden económico e institucional.
Hace 27 años, exactamente, Raúl Alfonsín empezaba su tarea de reconstructor de las instituciones, con el triunfo del credo laico de la Constitución de 1853. La UCR demolió ese día la invencibilidad del peronismo en comicios abiertos y sin proscripciones.
Por esas vueltas de la historia, este 31 de octubre sorprende a la Presidenta ante el mayor desafío de su trayectoria política. Desde el 10 de diciembre de 2007 hasta el miércoles pasado existía una referencia de poder insoslayable: el matrimonio presidencial con su innegable proyección a todo el aparato gubernamental.
Con la muerte de Néstor se extinguió ese dato estructural de la vida pública. Esa dualidad que distinguía entre una jefatura de Estado encarnada en Kirchner y una jefatura de Gobierno personalizada en su esposa acaba de eclipsarse. Fue una situación que los manuales clásicos de derecho constitucional no preveían.
El veto de marzo
Al jefe de Estado que la política consagró al margen de la división de poderes constitucionales, recurrían ministros, gobernadores e intendentes. Agilizaba gestiones administrativas, repartos de fondos e impartía castigos. Hasta nombramientos se paralizaban por su presión disfrazada de sugerencia. La autonomía federal era letra muerta porque nadie se atrevía a objetar sus disposiciones.
Vaya, a título de ejemplo, la fallida incorporación del abogado Francisco Sassi Colombres a la Corte Suprema de Justicia, pese a que contaba con la venia de la Legislatura. Alperovich -que había remitido el pedido de acuerdo- retrocedió ante el llamado telefónico de Néstor, quien había sido el receptor de quejas de organismos de derechos humanos, ante cuya opinión permaneció indiferente la Casa de Gobierno.
El almanaque indica que el 14 de marzo de 2008 se registró la renuncia del letrado que patrocinó a Alperovich en el juicio que liquidó la cláusula de juramento religioso exigido por la Constitución de 1990. El gobernador acató al jefe de Estado real y recompensó a Sassi Colombres con otra función clave: la intervención a la Caja Popular de Ahorros.
Otro escenario
La Presidenta vuelve a su despacho para comandar la transición. Puede mantener el discurso político combativo o abrir canales de diálogo para hacer menos conflictivo el tránsito hasta las elecciones de octubre. Optar por el primer rumbo, implicará aislarse con una lógica sectaria. Si fuere por el otro camino, habilitaría la mesa para la negociación pragmática. Sin embargo, los radicales que rondaron por la Casa Rosada, durante las exequias de Néstor, se fueron con la impresión que prevalecerá el discurso de choque. La Presidenta nos ignoró, rezongan. Ricardo Alfonsín es uno de los que prevé que no se alterará mucho el actual paisaje político.
Intentarán imponer la agenda que la oposición prometió sancionar en el Congreso en las elecciones de 2009, aunque antes deberán cohesionar algo más que matices. Exponer posiciones propias no es ser destituyente, piensa la mayoría dentro de ese partido. La oposición, que no es una sino múltiple, deberá acomodarse en un escenario en el que Kirchner dejó de ser el blanco fijo. Además de protestar contra la Casa Rosada, deberá ofertar programas y figuras con prestigio público.
Mirada cautelosa
Ante el nuevo ciclo, los gobernadores renovaron sus juramentos de fidelidad con la Presidenta. Late siempre el germen de la liga de gobernadores, que limitó la capacidad de decisión de los presidentes débiles. De modo informal, en Buenos Aires, hablaron de los tiempos nuevos.
Alperovich -como muchos de sus pares oficialistas y radicales k- obrará con prudencia. Cristina Fernández, desde el atril y con los hechos, marcará el norte de la brújula oficialista. Sin embargo, la serie de elecciones provinciales despegadas de las presidenciales de octubre de 2011 genera un contexto que la Casa Rosada no puede ignorar. Los jefes territoriales quieren preservar sus bastiones, protegiéndose de los vaivenes que experimente la administración federal.
Entre Buenos Aires y Río Gallegos, fueron y volvieron las versiones. Cristina 2011. Esta consigna pretende congelar el debate interno, pero volaron los rumores sobre el postulante a la vicepresidencia. Unos sugirieron Alperovich y otros Jorge Capitanich (Chaco ), como eventuales copilotos cristinistas. La conjetura se desvanece cuando en los mentideros políticos se preguntan cuántos votos agregarán ellos a Cristina.
Alperovich -de quien se dice que también mantiene contactos con Eduardo Duhalde- se refugia, como otros de sus pares, en el distrito. El aparato justicialista lo domina a voluntad. Ni siquiera se admitió el simulacro de comicios internos frente a una lista de dirigentes de inserción incomparable con la masividad del alperovichismo. Siempre es bueno legitimarse con una victoria, admitía un empinado hombre del Gobierno que discrepaba con la estrategia. Se renuevan autoridades provinciales en diciembre.
Corazón impulsivo
Domingo Amaya congenió desde siempre con Kirchner. El paraguas del ex presidente lo guareció más de una vez de las furias alperovichistas. Ahora el intendente proyecta incorporarlo al panteón de los hombres públicos distinguidos en Tucumán con el nombre de arterias. Un segmento de la avenida Roca cederá su denominación para acoger el de Kirchner, debido a que el Concejo Deliberante votará la ordenanza sin hesitar. Amaya no procedió con la prudencia que lo caracteriza en sus actos, sino que actuó impulsado por el corazón. La administración justicialista del municipio capital no mostró igual sensibilidad política con el ex presidente Raúl Alfonsín, a quien se le negó un módico homenaje.
El péndulo de la política oscila entre la apertura a lo desconocido y el temor a la repetición del pasado. Nada de lo que construyó la tragedia isabelina del 24 de marzo de 1976 está en pie. Un sólido tejido democrático se erigió trabajosasamente desde 1983, que sobrevivió a las perturbaciones de orden económico e institucional.
Hace 27 años, exactamente, Raúl Alfonsín empezaba su tarea de reconstructor de las instituciones, con el triunfo del credo laico de la Constitución de 1853. La UCR demolió ese día la invencibilidad del peronismo en comicios abiertos y sin proscripciones.
Por esas vueltas de la historia, este 31 de octubre sorprende a la Presidenta ante el mayor desafío de su trayectoria política. Desde el 10 de diciembre de 2007 hasta el miércoles pasado existía una referencia de poder insoslayable: el matrimonio presidencial con su innegable proyección a todo el aparato gubernamental.
Con la muerte de Néstor se extinguió ese dato estructural de la vida pública. Esa dualidad que distinguía entre una jefatura de Estado encarnada en Kirchner y una jefatura de Gobierno personalizada en su esposa acaba de eclipsarse. Fue una situación que los manuales clásicos de derecho constitucional no preveían.
El veto de marzo
Al jefe de Estado que la política consagró al margen de la división de poderes constitucionales, recurrían ministros, gobernadores e intendentes. Agilizaba gestiones administrativas, repartos de fondos e impartía castigos. Hasta nombramientos se paralizaban por su presión disfrazada de sugerencia. La autonomía federal era letra muerta porque nadie se atrevía a objetar sus disposiciones.
Vaya, a título de ejemplo, la fallida incorporación del abogado Francisco Sassi Colombres a la Corte Suprema de Justicia, pese a que contaba con la venia de la Legislatura. Alperovich -que había remitido el pedido de acuerdo- retrocedió ante el llamado telefónico de Néstor, quien había sido el receptor de quejas de organismos de derechos humanos, ante cuya opinión permaneció indiferente la Casa de Gobierno.
El almanaque indica que el 14 de marzo de 2008 se registró la renuncia del letrado que patrocinó a Alperovich en el juicio que liquidó la cláusula de juramento religioso exigido por la Constitución de 1990. El gobernador acató al jefe de Estado real y recompensó a Sassi Colombres con otra función clave: la intervención a la Caja Popular de Ahorros.
Otro escenario
La Presidenta vuelve a su despacho para comandar la transición. Puede mantener el discurso político combativo o abrir canales de diálogo para hacer menos conflictivo el tránsito hasta las elecciones de octubre. Optar por el primer rumbo, implicará aislarse con una lógica sectaria. Si fuere por el otro camino, habilitaría la mesa para la negociación pragmática. Sin embargo, los radicales que rondaron por la Casa Rosada, durante las exequias de Néstor, se fueron con la impresión que prevalecerá el discurso de choque. La Presidenta nos ignoró, rezongan. Ricardo Alfonsín es uno de los que prevé que no se alterará mucho el actual paisaje político.
Intentarán imponer la agenda que la oposición prometió sancionar en el Congreso en las elecciones de 2009, aunque antes deberán cohesionar algo más que matices. Exponer posiciones propias no es ser destituyente, piensa la mayoría dentro de ese partido. La oposición, que no es una sino múltiple, deberá acomodarse en un escenario en el que Kirchner dejó de ser el blanco fijo. Además de protestar contra la Casa Rosada, deberá ofertar programas y figuras con prestigio público.
Mirada cautelosa
Ante el nuevo ciclo, los gobernadores renovaron sus juramentos de fidelidad con la Presidenta. Late siempre el germen de la liga de gobernadores, que limitó la capacidad de decisión de los presidentes débiles. De modo informal, en Buenos Aires, hablaron de los tiempos nuevos.
Alperovich -como muchos de sus pares oficialistas y radicales k- obrará con prudencia. Cristina Fernández, desde el atril y con los hechos, marcará el norte de la brújula oficialista. Sin embargo, la serie de elecciones provinciales despegadas de las presidenciales de octubre de 2011 genera un contexto que la Casa Rosada no puede ignorar. Los jefes territoriales quieren preservar sus bastiones, protegiéndose de los vaivenes que experimente la administración federal.
Entre Buenos Aires y Río Gallegos, fueron y volvieron las versiones. Cristina 2011. Esta consigna pretende congelar el debate interno, pero volaron los rumores sobre el postulante a la vicepresidencia. Unos sugirieron Alperovich y otros Jorge Capitanich (Chaco ), como eventuales copilotos cristinistas. La conjetura se desvanece cuando en los mentideros políticos se preguntan cuántos votos agregarán ellos a Cristina.
Alperovich -de quien se dice que también mantiene contactos con Eduardo Duhalde- se refugia, como otros de sus pares, en el distrito. El aparato justicialista lo domina a voluntad. Ni siquiera se admitió el simulacro de comicios internos frente a una lista de dirigentes de inserción incomparable con la masividad del alperovichismo. Siempre es bueno legitimarse con una victoria, admitía un empinado hombre del Gobierno que discrepaba con la estrategia. Se renuevan autoridades provinciales en diciembre.
Corazón impulsivo
Domingo Amaya congenió desde siempre con Kirchner. El paraguas del ex presidente lo guareció más de una vez de las furias alperovichistas. Ahora el intendente proyecta incorporarlo al panteón de los hombres públicos distinguidos en Tucumán con el nombre de arterias. Un segmento de la avenida Roca cederá su denominación para acoger el de Kirchner, debido a que el Concejo Deliberante votará la ordenanza sin hesitar. Amaya no procedió con la prudencia que lo caracteriza en sus actos, sino que actuó impulsado por el corazón. La administración justicialista del municipio capital no mostró igual sensibilidad política con el ex presidente Raúl Alfonsín, a quien se le negó un módico homenaje.
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