En el Berlín de los años 20 el arte era claramente una herramienta política. Y pese a que Ute Lemper es de los 60 y que empezó a los 16 en una banda punk, nunca dejó de lado la irreverencia, la sátira y la oscuridad de las canciones que elige, por ejemplo, de Kurt Weill y de Bertolt Brecht. De este último, y de su "Opera de tres centavos" tomó Ute a Jenny y la trajo al escenario del teatro San Martín el viernes, cuando empezaba a expirar el 50º Septiembre Musical.
Una solera negra con sobrio bordado brilloso pegada al cuerpo contuvo su longilínea figura y le permitió usar el espacio escénico a sus anchas con recursos de danza y actorales. La bella supo sacar partida de los tacos aguja y el largo ruedo irregular fue un riesgo calculado.
Llamó la atención que esta vez, a diferencia de su exitosa visita en 2007, haya traído tan sólo dos -pero eximios- acompañantes. Vana Gierig en el piano y Héctor Castro en el bandoneón siguieron a la diva a pie juntillas.
Una boa de plumas bermellón le bastó para ir y venir del cabaret berlinés a una calle de Nueva Orleáns -tocando la trompeta con su voz-; del "Angel azul" al "Gorrión de París", con Cave, Waits y Costello resonando. Le cantó -con letra propia- a la caída del Muro de Berlín. Trajo a su Jenny al Río de la Plata para que pudiera aducir que era María, de Buenos Aires. Y no se privó de insistir -con obstinado acento alemán- en dos temas de Piazzolla.
Todo lo hizo en diversos idiomas, con su personalidad arrolladora y con una voz excepcional en amplitud de registro y en generosas condiciones técnicas, cuyos momentáneos desbordes superó con carisma.
Si bien al show le sobró brillo, en la primera mitad la estructura de las canciones se repetía y ello trajo cierta monotonía que se rompió con la conexión a la tierra del tango.
Al final Lemper pisó el territorio del music hall, que domina, calzándose un honguito -a falta de bastón- y trepando su metro noventa al piano, tal como la Pfeiffer de los Baker Boys. De ese modo el público, al que había hecho silbar recordando a Louis Armstrong, fue conquistado arrobadoramente una vez más por la artista total. Tanto, que el bis todo se puso azul para que Ute, como Brel, suplicara: "Ne me quitte pas".
Una solera negra con sobrio bordado brilloso pegada al cuerpo contuvo su longilínea figura y le permitió usar el espacio escénico a sus anchas con recursos de danza y actorales. La bella supo sacar partida de los tacos aguja y el largo ruedo irregular fue un riesgo calculado.
Llamó la atención que esta vez, a diferencia de su exitosa visita en 2007, haya traído tan sólo dos -pero eximios- acompañantes. Vana Gierig en el piano y Héctor Castro en el bandoneón siguieron a la diva a pie juntillas.
Una boa de plumas bermellón le bastó para ir y venir del cabaret berlinés a una calle de Nueva Orleáns -tocando la trompeta con su voz-; del "Angel azul" al "Gorrión de París", con Cave, Waits y Costello resonando. Le cantó -con letra propia- a la caída del Muro de Berlín. Trajo a su Jenny al Río de la Plata para que pudiera aducir que era María, de Buenos Aires. Y no se privó de insistir -con obstinado acento alemán- en dos temas de Piazzolla.
Todo lo hizo en diversos idiomas, con su personalidad arrolladora y con una voz excepcional en amplitud de registro y en generosas condiciones técnicas, cuyos momentáneos desbordes superó con carisma.
Si bien al show le sobró brillo, en la primera mitad la estructura de las canciones se repetía y ello trajo cierta monotonía que se rompió con la conexión a la tierra del tango.
Al final Lemper pisó el territorio del music hall, que domina, calzándose un honguito -a falta de bastón- y trepando su metro noventa al piano, tal como la Pfeiffer de los Baker Boys. De ese modo el público, al que había hecho silbar recordando a Louis Armstrong, fue conquistado arrobadoramente una vez más por la artista total. Tanto, que el bis todo se puso azul para que Ute, como Brel, suplicara: "Ne me quitte pas".







