La gente espera una conducción decidida que marque un rumbo

Por Graciela Romer, socióloga, analista y titular de su propia consultora. (Exclusivo para LA GACETA).

27 Abril 2002
El escenario del país es tremendamente difícil. Estamos frente a un cuadro de desconfianza generalizada y de falta de certidumbre de la población, después de vivir una etapa recesiva de cuatro años.
La situación social es dramática, con un cuadro inédito para el país. Estamos con cerca del 50% de la población debajo de la línea de pobreza, lo que equivale a 14 o 15 millones de personas que hoy deben ser consideradas pobres.
A esto se suma un Estado que presenta claras dificultades para poder absorber estas demandas y con una situación de quiebre fiscal absoluto.
Así, la marcha del Gobierno nacional es muy dificultosa. Además, el cambio de gabinete y, sobre todo, el cambio de ministro de Economía (área sobre la cual pivotean todas las expectativas) obedece a la necesidad de poder recrear esas expectativas, tanto hacia afuera (organismos e inversores), como a nivel interno.
Esto va a depender del nuevo ministro y de la posición desde la que encare un programa económico que sea capaz de satisfacer ambas demandas.

En una encrucijada
Tal vez la dificultad más cierta de un gobierno que lleva casi cuatro meses es encontrar un camino que lo lleve a buen puerto. Compensa en algo su morosidad en aportar soluciones el hecho de haber asumido en una situación interna de emergencia, y con un contexto internacional inhóspito que no actúa como en oportunidades anteriores.
Es cierto que el Senado, al no votar el nuevo Plan Bonex, precipitó la renuncia de Remes, pero también es cierto que el no avanzar en el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional ya había debilitado su imagen.
Ahora hay que ver qué hace el nuevo ministro y desde qué posición enfrenta las demandas, en especial del FMI que, aparentemente, recibió con beneplácito el abroquelamiento de los gobernadores, en un acuerdo que los compromete. Es de esperar que esta sea la última oportunidad para encontrar las medidas conducentes que permitan estabilizar el cuadro de situación económico y político del país. Esta última etapa debiera generar en la Argentina condiciones favorables para una elección presidencial en 2003.
El aceleramiento de los comicios en un marco de alta inestabilidad, como el actual, es sumamente riesgoso. Evaluemos simplemente lo que pasó en Francia y la respuesta de la población.

Mirar hacia adentro
También es interesante analizar lo que ocurrió en San Juan. En esta provincia la decisión del gobernador, Alfredo Avelín, de adelantar las elecciones, no mermó la conflictividad social sino que la exacerbó.
Acelerar las elecciones representa más apelar a soluciones mágicas, que aportar hechos concretos.
Por eso es imprescindible tomar conciencia de que el problema de la Argentina no se soluciona simplemente con llamar a las urnas, como sabía pensarse en décadas anteriores.
Hoy, la población espera más que nada una conducción decidida, que sea capaz de expresar un rumbo. Más allá de la grave situación en la que está el país, el nivel de incertidumbre que se instaló en la sociedad está muy marcado por esta visión generalizada de que no se sabe hacia dónde se va.
La gente no sólo no ve la luz al final del túnel, sino que tampoco ve el túnel por el que tiene que ir, para que, al menos en el largo plazo, se pueda llegar a algún lugar aceptable.

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