28 Abril 2002 Seguir en 
La economía argentina pasó en poco más de una década de una enorme crisis cuyo síntoma más evidente fue la hiperinflación a una crisis todavía peor, signada por una suerte de hiperdesconfianza en la autoridad política, que abarca todos los niveles de gobierno y todos los poderes del Estado, extendiéndose al conjunto de la dirigencia empresarial y gremial.
Y de la misma manera que el combate contra la hiperinflación requiere de mediadas extremas, como cambiar la moneda nacional o declararla convertible en una moneda más confiable como el dólar, para salir de esta crisis de hiperdesconfianza hace falta un cambio radical de la autoridad actual, en todos los niveles y poderes del Estado.
Siguiendo la analogía del combate contra la hiperinflación, como alternativa al cambio generalizado de las autoridades actuales por otras elegidas por el propio pueblo argentino, aparece la propuesta de elegir para el manejo de la política económica argentina a técnicos holandeses o de cualquier otro país "serio", capaz de engendrar dirigentes sólidos y creíbles.
Esta última alternativa tiene un sospechoso parecido a la solución "mágica" ensayada repetidamente por la sociedad argentina a través de los golpes de Estado y las dictaduras que le siguieron, cuyo fracaso fue evidente también en el plano de la economía nacional. Por lo demás, si le sumamos a esta implantación de autoridades extranjeras, la adopción de una moneda extranjera como medio de intercambio y unidad de cuenta, además de la elección de bancos y leyes financieras extranjeras para canalizar el ahorro nacional, el resultado final se acerca bastante a una derrota lisa y llana de nuestra comunidad nacional, incapaz de resolver los problemas económicos sin perder buena parte de la soberanía.
Si queremos defender nuestra soberanía y nuestra democracia, lo que la crisis actual nos requiere es un cambio global, democrático y rápido de nuestros gobernantes. Sólo después de la instalación en el poder de autoridades nacionales, provinciales y municipales que despierten un mínimo de confianza, lo mismo que jueces y legisladores nuevos, puede nuestra sociedad comenzar verdaderamente a revertir esta crisis, cuyo raíz supera largamente el dominio de la economía.
Un rol inútil
Para emprender esta tarea, de muy poco nos sirven los consejos banales del FMI, institución creada no para aconsejar acerca del diseño de políticas económicas nacionales, sino para servir de prestamista de última instancia ante crisis severas de balanza de pagos de un país miembro. Si esta institución no cuenta con los fondos necesarios, o los tiene pero no los quiere destinar a la Argentina a pesar de la corresponsabilidad que les cabe en nuestra crisis, el rol que puede jugar en aras de solucionar nuestra crisis es, en el mejor de los casos, totalmente inútil.
Y de la misma manera que el combate contra la hiperinflación requiere de mediadas extremas, como cambiar la moneda nacional o declararla convertible en una moneda más confiable como el dólar, para salir de esta crisis de hiperdesconfianza hace falta un cambio radical de la autoridad actual, en todos los niveles y poderes del Estado.
Siguiendo la analogía del combate contra la hiperinflación, como alternativa al cambio generalizado de las autoridades actuales por otras elegidas por el propio pueblo argentino, aparece la propuesta de elegir para el manejo de la política económica argentina a técnicos holandeses o de cualquier otro país "serio", capaz de engendrar dirigentes sólidos y creíbles.
Esta última alternativa tiene un sospechoso parecido a la solución "mágica" ensayada repetidamente por la sociedad argentina a través de los golpes de Estado y las dictaduras que le siguieron, cuyo fracaso fue evidente también en el plano de la economía nacional. Por lo demás, si le sumamos a esta implantación de autoridades extranjeras, la adopción de una moneda extranjera como medio de intercambio y unidad de cuenta, además de la elección de bancos y leyes financieras extranjeras para canalizar el ahorro nacional, el resultado final se acerca bastante a una derrota lisa y llana de nuestra comunidad nacional, incapaz de resolver los problemas económicos sin perder buena parte de la soberanía.
Si queremos defender nuestra soberanía y nuestra democracia, lo que la crisis actual nos requiere es un cambio global, democrático y rápido de nuestros gobernantes. Sólo después de la instalación en el poder de autoridades nacionales, provinciales y municipales que despierten un mínimo de confianza, lo mismo que jueces y legisladores nuevos, puede nuestra sociedad comenzar verdaderamente a revertir esta crisis, cuyo raíz supera largamente el dominio de la economía.
Un rol inútil
Para emprender esta tarea, de muy poco nos sirven los consejos banales del FMI, institución creada no para aconsejar acerca del diseño de políticas económicas nacionales, sino para servir de prestamista de última instancia ante crisis severas de balanza de pagos de un país miembro. Si esta institución no cuenta con los fondos necesarios, o los tiene pero no los quiere destinar a la Argentina a pesar de la corresponsabilidad que les cabe en nuestra crisis, el rol que puede jugar en aras de solucionar nuestra crisis es, en el mejor de los casos, totalmente inútil.







