Una puesta que reverdeció el fervor lírico de los tucumanos

"La Traviata" emocionó por su fastuosa puesta en escena y por la depurada interpretación de los cantantes. Ferracani entregó una Violetta refinada que mereció la ovación final.

DUETO SOLVENTE. Ferracani (Violetta) y Ahualli (Giorgio) en el segundo acto. LA GACETA / FOTOS DE INE QUINTEROS ORIO
DUETO SOLVENTE. Ferracani (Violetta) y Ahualli (Giorgio) en el segundo acto. LA GACETA / FOTOS DE INE QUINTEROS ORIO
Por Gustavo Martinelli 28 Agosto 2010
En el arte verdadero nada es sencillo. Ni siquiera en aquellos clásicos que consiguen perdurar en el tiempo como diamantes de singular brillo. Ese es el caso de "La Traviata", la obra cumbre de Giuseppe Verdi, cuya sola mención convoca multitudes. La inolvidable ópera que todo cantante lírico aspira a protagonizar subió a escena el jueves, en el Teatro San Martín, en el arranque del Septiembre Musical. Y lo hizo con todo el esplendor posible. Más de 150 artistas en escena consiguieron que el público sintiera reverdecer -literalmente- su fervor lírico ante un espectáculo que desbordó calidad; no sólo en las interpretaciones de los cantantes, sino también en la fastuosa puesta en escena.

La visión del régisseurCarlos Palacios acentuó desde el primer acto los aspectos mundanos del drama verdiniano con una escenografía tradicional y algo barroca. Así, desde el clima de fiesta del primer acto, la puesta fue desnudando progresivamente el drama de los personajes centrales. La soprano Mónica Ferracani, sin fisuras en un papel por demás exigente, fue creciendo en intensidad a lo largo de la puesta, pasando del tono lírico liviano al dramático sin cargar las tintas ni traicionar su visión de una Violetta refinada. Y el público coronó su esfuerzo con aplausos y ovaciones en cada uno de los actos. Particularmente bella y dramática fue su interpretación de "Addio, del passato bei sogni ridenti", en el desenlace de la puesta, lo que provocó algunas lágrimas en la platea. Ferracani puso hasta su cuerpo al servicio de la historia, al punto que no tuvo reparos en caer desde la cama, ubicada en una elevada tarima, al piso del escenario en la escena de la muerte de Violetta. El público, inmerso en una quietud casi mística, la premió con una larga ovación.

El tenor Georg Ennaris, algo tenso en el primer acto, desbordó carisma y dramatismo en el segundo y tercero. Con un fraseo de muy buen gusto y una gran amplitud en el registro, logró componer un Alfredo atormentado y perdido por el amor de Violetta. Su dueto con el barítono tucumano Gustavo Ahualli -que interpretó a un Giorgio Germont que difícilmente vaya a ser olvidado- fue unos de los números más logrados de la velada. Sobre todo si se tiene en cuenta que Ahualli debió lidiar con un catarro que lo tenía a maltraer antes del estreno. En el escenario, sin embargo, entregó un personaje inolvidable por su actitud escénica entre digna y algo provinciana, tan en sintonía con la personalidad del compositor.

Las atmósferas
El resto del elenco acompañó a los protagonistas con solvencia. Salvo algunos baches entre el sonido de la orquesta y la voz de los cantantes, la puesta fue contundente. Particularmente en el famoso brindis, donde el coro reveló una depurada madurez que disparó la riqueza melódica de Verdi. La orquesta, hábilmente dirigida por Emir Omar Saúl, facilitó el lucimiento de los cantantes y acertó en el difícil trabajo de diferenciar la atmósfera de cada escena. Alegría festiva, renunciamiento doloroso, juego y desequilibrio emocional, lentitud y misterio de la muerte inevitable. Todo fue plasmado en una puesta que quedará grabada en la memoria de los tucumanos. Es de destacar la participación de los bailarines del Ballet Contemporáneo que dieron marco de fiesta al primer y tercer acto y (desnudo incluido) ayudaron a convocar el colorido espíritu de Verdi.

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