04 Julio 2010 Seguir en 
Por Ramón Leoni Pinto
En toda comunidad humana puede haber una obra de cultura, máxime en Tucumán que es uno de los centros más importantes del país.
Quienes viven en la provincia, o quienes llegan a ella desde otros puntos, pueden desarrollar una tarea de creación que no sólo es comprendida y apoyada por el medio, sino que se ve apuntalada por una tradición, nada desdeñable, que puede objetivarse en bibliotecas y archivos, con rico material, y en intelectuales de excelente nivel de preparación y perfectamente actualizados en comparación con los de Buenos Aires. El número de representaciones teatrales, exposiciones, conferencias, libros editados, etcétera, habla a las claras de la presencia de creadores y de un público capacitado para entenderlos. Estimo que en Tucumán existen posibilidades para la creación cultural. Ellas se encuentran limitadas por diversas razones entre las que cito: A) la emigración de valores que logran su consagración en otras ciudades. B) La falta de una promoción y ayuda a quienes pretenden crear. C) la imposibilidad que tiene el investigador de dedicarse a su tarea específica trabado por urgencias económicas.
Tucumán es una de las provincias que cuenta con una sólida e importante tradición cultural. Un tucumano fue quien mejor pensó la problemática nacional, tucumano fue el presidente que solucionó el pleito de la Capital Federal y tucumano fue el militar que integró geográficamente el país. Alberdi, Avellaneda y Roca fueron quienes, afirmados en una cosmovisión nueva de la realidad superaron el espíritu de facción y se convirtieron en hombres portadores de nuevas ideas que estaban fundadas en tradiciones y anhelos políticos-culturales extraños a los ideólogos del litoral. Junto a ellos debemos recordar a Jacques y Groussac que encuentran acogida en nuestra ciudad para realizar un cambio en la política educativa nacional. Liberani funda un museo de ciencias naturales y hace trabajos de investigación que son reconocidos por Ameghino como precursores en la especialidad, mientras Miguel Lillo apuntala los estudios científicos con rigor sumo. Estos nombres representan al Tucumán cultural anterior al siglo.
La generación de 1910 -acumulativa de la anterior- realiza a posteriori una labor que no ha sido valorada acabadamente. Ernesto Padilla impide que ideólogos de turno destruyan -en 1902- la célula básica de la sociabilidad nacional. Juan B. Terán abre nuevos horizontes en los estudios históricos, agonizantes por el apriorismo dogmático, funda un centro de estudios que rompe con la tradicional orientación en la materia y da vida a la Universidad, pragmática y regional que el medio reclamaba. Ricardo Rojas, más con sentimiento que lucidez, ataca al positivismo imperante que, en actitud mimética y extranjerizante, aderezaba errores ajenos y postulaba quimeras a contrapelo de la realidad propia. Alberto Rougés, con método, inteligencia y prospectiva, replantea filosóficamente el tema de nuestro destino nacional -preso de concepciones materialistas- y habla de la sociedad como ser espiritual, indivisible; como una totalidad sucesiva en la que pasado, presente y futuro encontraban sentido y destino. Consecuentemente con ello pensó y ejecutó planes educativos en potencia, que se adelantaron a los que luego serían ideales de nuestros días.
Todos estos hombres, unidos en una generación que habló al país, publicaron libros y revistas de jerarquía, conmovieron dinámicamente a la sociedad y citaron el congreso de Ciencias Sociales (Tuc. 1916) que renovó la mentalidad de los argentinos. Apoyaron la labor de Alfonso Carrizo y Orestes Di Lullo y editaron los cancioneros populares dando otra imagen de lo que puede ser una cultura. Dejaron un mensaje para sus sucesores -ignorado tanto por el cosmopolitismo como por el folklorismo comercial- que no tuvo eco. A partir de entonces la cultura tucumana reconoce talentos individuales, grupos de indudable importancia, como La Carpa y Septentrión, pero no alcanza a totalizar los valores que tuvo la generación del centenario.
La Facultad de Filosofía inicia una nueva etapa. Conjuga en Tucumán una cantidad de maestros inolvidables que forman a pensadores que hoy tienen una jerarquía indudable en el campo de la filosofía, letras, historia. Contrata a profesores que permanecen largos años o se radican definitivamente en nuestra ciudad. La vida de la Facultad, inorgánica, despareja, criticable, con todos los defectos que pueda señalársele, ha tenido gran importancia.
Ramón Leoni Pinto - Nació en Santiago pero vivió y murió en Tucumán. Fue director del archivo de LA GACETA y uno de los grandes historiadores de la provincia. Era miembro de la Academia Nacional de la Historia.
En toda comunidad humana puede haber una obra de cultura, máxime en Tucumán que es uno de los centros más importantes del país.
Quienes viven en la provincia, o quienes llegan a ella desde otros puntos, pueden desarrollar una tarea de creación que no sólo es comprendida y apoyada por el medio, sino que se ve apuntalada por una tradición, nada desdeñable, que puede objetivarse en bibliotecas y archivos, con rico material, y en intelectuales de excelente nivel de preparación y perfectamente actualizados en comparación con los de Buenos Aires. El número de representaciones teatrales, exposiciones, conferencias, libros editados, etcétera, habla a las claras de la presencia de creadores y de un público capacitado para entenderlos. Estimo que en Tucumán existen posibilidades para la creación cultural. Ellas se encuentran limitadas por diversas razones entre las que cito: A) la emigración de valores que logran su consagración en otras ciudades. B) La falta de una promoción y ayuda a quienes pretenden crear. C) la imposibilidad que tiene el investigador de dedicarse a su tarea específica trabado por urgencias económicas.
Tucumán es una de las provincias que cuenta con una sólida e importante tradición cultural. Un tucumano fue quien mejor pensó la problemática nacional, tucumano fue el presidente que solucionó el pleito de la Capital Federal y tucumano fue el militar que integró geográficamente el país. Alberdi, Avellaneda y Roca fueron quienes, afirmados en una cosmovisión nueva de la realidad superaron el espíritu de facción y se convirtieron en hombres portadores de nuevas ideas que estaban fundadas en tradiciones y anhelos políticos-culturales extraños a los ideólogos del litoral. Junto a ellos debemos recordar a Jacques y Groussac que encuentran acogida en nuestra ciudad para realizar un cambio en la política educativa nacional. Liberani funda un museo de ciencias naturales y hace trabajos de investigación que son reconocidos por Ameghino como precursores en la especialidad, mientras Miguel Lillo apuntala los estudios científicos con rigor sumo. Estos nombres representan al Tucumán cultural anterior al siglo.
La generación de 1910 -acumulativa de la anterior- realiza a posteriori una labor que no ha sido valorada acabadamente. Ernesto Padilla impide que ideólogos de turno destruyan -en 1902- la célula básica de la sociabilidad nacional. Juan B. Terán abre nuevos horizontes en los estudios históricos, agonizantes por el apriorismo dogmático, funda un centro de estudios que rompe con la tradicional orientación en la materia y da vida a la Universidad, pragmática y regional que el medio reclamaba. Ricardo Rojas, más con sentimiento que lucidez, ataca al positivismo imperante que, en actitud mimética y extranjerizante, aderezaba errores ajenos y postulaba quimeras a contrapelo de la realidad propia. Alberto Rougés, con método, inteligencia y prospectiva, replantea filosóficamente el tema de nuestro destino nacional -preso de concepciones materialistas- y habla de la sociedad como ser espiritual, indivisible; como una totalidad sucesiva en la que pasado, presente y futuro encontraban sentido y destino. Consecuentemente con ello pensó y ejecutó planes educativos en potencia, que se adelantaron a los que luego serían ideales de nuestros días.
Todos estos hombres, unidos en una generación que habló al país, publicaron libros y revistas de jerarquía, conmovieron dinámicamente a la sociedad y citaron el congreso de Ciencias Sociales (Tuc. 1916) que renovó la mentalidad de los argentinos. Apoyaron la labor de Alfonso Carrizo y Orestes Di Lullo y editaron los cancioneros populares dando otra imagen de lo que puede ser una cultura. Dejaron un mensaje para sus sucesores -ignorado tanto por el cosmopolitismo como por el folklorismo comercial- que no tuvo eco. A partir de entonces la cultura tucumana reconoce talentos individuales, grupos de indudable importancia, como La Carpa y Septentrión, pero no alcanza a totalizar los valores que tuvo la generación del centenario.
La Facultad de Filosofía inicia una nueva etapa. Conjuga en Tucumán una cantidad de maestros inolvidables que forman a pensadores que hoy tienen una jerarquía indudable en el campo de la filosofía, letras, historia. Contrata a profesores que permanecen largos años o se radican definitivamente en nuestra ciudad. La vida de la Facultad, inorgánica, despareja, criticable, con todos los defectos que pueda señalársele, ha tenido gran importancia.
Ramón Leoni Pinto - Nació en Santiago pero vivió y murió en Tucumán. Fue director del archivo de LA GACETA y uno de los grandes historiadores de la provincia. Era miembro de la Academia Nacional de la Historia.
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