Pensando la cultura hace cuatro décadas

Aquí reunimos los textos publicados en 1968. Algunos arrojan un diagnóstico alarmante y otros rescatan aspectos estimulantes para el quehacer cultural. Las distintas miradas nos ayudan a reflexionar sobre un tema que sigue manteniendo plena vigencia.

04 Julio 2010
Algo irreflexivo y pedestre llamado cultura

Por Arturo Alvarez Sosa

Las posibilidades que ofrece Tucumán para una obra de cultura son las mismas que las de cualquier parte del mundo. Pero, en el caso particular del Jardín (¿por qué no, Edén?) de la República, la obra de cultura, como el tiempo, como su voluble clima subtropical, es irreflexiva y pedestre. La cultura (y aun no dejó de serlo) es un pasatiempo, un aderezo, un fatal aburrimiento cotidiano que estalla, a veces, en fiestas patrias con héroes y desfiles, retóricos y engolados discursos, escarapelas y refrigerios.
A principios del siglo XX, por merced de la desolación de Juan B. Terán y Miguel Lillo, la cultura abandonó los emperifollos de los salones, por los vademécumes de la Universidad y el rigor de la ciencia, en la crispación de la inteligencia. Esa generación dejó algunos textos, pensamientos, vaticinios, frases célebres, que todavía triscan aturdidos, aburridos catedráticos y alumnos. La virtud, el ejemplo del trabajo tesonero, visionario, el descaro creador, degeneró en esa cosa ociosa y maldiciente, mediocre que hoy se pavonea por los predios universitarios y en los entreactos del teatro San Martín luciendo el diente de oro de la prosperidad.
Entre esa vegetación, aireada por las solapas de los libros (nunca leídos o apenas entrevistos) y el periodismo, el acto de creación personal es escamoteo permanente. El poeta (llámese escritor, novelista o plástico), condenado de antemano por una sociedad que lo menosprecia incesantemente, incapaz de soportar la virulencia de su don revolucionario, deserta su vocación en manos de la burocracia estatal, cuando no es usado como espantapájaros de la libertad de prensa. En el caso de que emigre, el peligro es mayor. Las tentaciones de ese tono menor de la literatura que es hoy el periodismo, pueden transformarlo en espadachín o palafrenero, que para el caso lo mismo da, de los intereses económicos que manejan a la prensa porteña. Triste destino el suyo, entonces. Lúcido trompeteador de adjetivos, verbalismos y sustantivos, gracias a una endiablada capacidad para plagiar a troche y moche cuanto hay de nuevo en las revistas extranjeras, llegará a despreciar, empalado en la cúspide de su ilusorio poder, a sus ojerosos coterráneos, a la provincia: la de encandiladas siestas y arácnidas moras turcas.   
Esto en cuanto a algunas inteligencias trasterradas. Más triste (aquellos reciben al menos una buena paga) es el destino de los que se quedan en la provincia, sometidos al falso éxito de un único poema, al diapasón de la primeriza prosa. La imaginación inicial, el ímpetu juvenil, acaba bien pronto en senilidad literaria. Los que se salvan de la arterioesclerosis cultural, del relumbrón provinciano, escriben y publican, pero no pasa nada, el escaso público capacitado para leerlos y asimilar su mensaje, no es capaz ni siquiera de cometer el esfuerzo, completamente alucinado por el sonsonete de las revistas de noticias en boga.
Por lo demás, si un 70 por ciento de la población se aburguesa o empobrece en el analfabetismo, y cerca de un 20 por ciento padece de ignorancia de la palabra escrita, cómo hablar siquiera de una tradición cultural. Cuantitativamente, como un bien que nutre y vivifica al pueblo, la cultura es un eufemismo, una nadería, un despojo que sólo deslumbra a los empresarios, a los industriales que, aunque desdeñan, porque no leen, a los escritores y, porque no ven, a los artistas plásticos, no cesan de cotorrear a los cuatro vientos que Tucumán es un foco vivo de cultura. Por supuesto, salvo mezquinas excepciones, ellos nunca han hecho nada, ni siquiera el ademán de llevarse la mano al bolsillo para dar una limosna, por eso que llaman la cultura de la provincia.  
La historia de la cultura en Tucumán es la historia de la irrealidad en que han vivido, y viven, los factores del poder, que, por un lado, a calzón quitado niegan la existencia del hambre y la ignorancia entre la mayoría de nuestros obreros, y, por el otro, inflan el globo de la cultura con el recuerdo de la generación de Lillo o el genio desteñido de uno que otro visitante académico, cuya influencia no hizo más que enardecer tibiamente el caldo de los ateneos y peñas literarias.
Todo este proceso deviene con la complicidad neutralizante de los egresados de la universidad, los profesionales que, lejos de avivar el fuego de la autocrítica generadora de cambios y progresos, esconden el bulto, escalonados unos sobre otros en la pirámide económico-social.
Esta mezcolanza creó un falso estado de derecho que ha tenido la funesta virtud de paralizar el poder revolucionario de la inteligencia. ¿Acaso la misma creación de la universidad y las bibliotecas no fue un acto tardío como fenómeno cultural en Latinoamérica? Pero, el desafío de los hombres del 1900 cayó en saco roto. La pedantería ilustrada y la ingeniería iletrada han fosilizado lo que debió ser el centro generador de cultura en el norte del país.

Arturo Alvarez Sosa - Periodista y poeta; ex secretario de redacción de LA GACETA. Entre sus libros se destacan "Estado natural" y "Campo de creación". En 2006 el Fondo Nacional de las Artes publicó una antología de su obra.

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