Fusilen al moderador

Muchos de los comentarios de los lectores en los diarios digitales forman parte de operaciones mediáticas de grupos interesados.

Federico Türpe
Por Federico Türpe 18 Junio 2010
"Parados sobre banquitos invisibles, levantan dedos acusadores. Dan lecciones de periodismo, historia y alta política. Se ubican a la izquierda o a la derecha de la pantalla. Depende el día, depende el tema. Siempre tienen razón. Quien no piense como ellos está equivocado. Quien no acuerde con sus opiniones es el enemigo, o un escriba pagado por el Gobierno, o un mercenario bancado por la oposición y las multinacionales, un agente de la patria mediática, un miembro de la sinarquía internacional o un comunista solapado. Depende el tema, depende el día. Como decía mi abuela: cree el ladrón que todos son de su condición". Así describió el periodista Reynaldo Sietecase a los "lectores" que comentan notas en los medios digitales, a quienes denomina, sin eufemismos, "los fachos de la red".

Son un dolor de cabeza para los diarios, un problema, un motivo de preocupación, pero también de pena. Son una necesidad porque generan tráfico, más lecturas, participación e igualdad democrática. Son parte de una realidad que llegó para quedarse, aunque aún no acaba de regularse. "Un ejército de anónimos cultores del ataque ve en el espacio de lectores un ring ideal para desatar sus pasiones más bajas, odios y frustraciones", escribió Pablo Perantuono, en la edición de abril de Newsweek.

Porque esta mayoría anónima es la responsable de la hostilidad verbal permanente, la que calumnia, injuria, difama, elige la confrontación antes que el debate y arrastra a la condición humana a sus niveles más decadentes. Por el contrario, la minoría que opina con nombre y apellido, que da la cara, que se atreve a felicitar cuando siente que debe hacerlo o a criticar cuando opina distinto o algo no le gusta, está conformada por los pocos lectores del esfuerzo, los que construyen, los escasos que viven con coraje, en una sociedad repleta de hombres agazapados en el miedo.

Todos conspiramos
"Se indignan por el hambre pero abominan de los hambrientos. Se conmueven por la desigualdad pero repudian los métodos de reclamo popular. Creen que todo aporte del Estado a los sectores carecientes es como darles margaritas a los chanchos. Afirman que todo dirigente social está comprado. Que todos los empleados públicos son vagos. Gozan con la división. Creen que estamos en guerra y que es necesario elegir bando. No rescatan nada de nadie. Ven en cada error una conspiración", agregó Sietecase.

El periodista Leandro Zanoni, uno de los blogueros más exitosos del país, describió al comentarista anónimo como a "aquel que, sin dar a conocer su identidad, paradójicamente exige a gritos coraje y valentía. No se anima a dar su nombre y apellido, pero reclama ética y valor en los temas tratados".

Los moderadores de LA GACETA.com -con 60.000 comentarios mensuales, el doble que The Washington Post- soportan insultos y amenazas constantes en su insalubre tarea de morigerar la violencia, mientras conviven con niveles de imbecilidad y mediocridad espantosos. Lo paradójico, como afirma Zanoni, es que quienes con virulencia denuncian que son censurados, cometen el primer y mayor de los actos de censura conocido: el anonimato. El emisor que priva al receptor de su identidad lo condena a la peor de las censuras; de allí en más todo mensaje carece de valor.

Operame que me gusta
Hasta aquí, podemos presumir que tanta diatriba sin firma se origina en temerosos lectores que, amparados en el anonimato, se protegen del poder inescrupuloso y denuncian injusticias y calamidades que los medios ocultan en complicidad con el mismo infierno. Sin embargo, muchos forman parte de operaciones políticas, empresarias y hasta de grupos civiles con intereses y objetivos específicos.

Estas ciberpatotas se han enfrentado en temas puntuales como la pelea entre el Gobierno y Clarín, el campo contra la 125, el matrimonio gay, la despenalización de la marihuana, la pedofilia en la Iglesia, el aborto, las recientes elecciones en la UNT, las protestas de los autoconvocados, los juicios a represores y la Ley de Medios, entre muchos otros.

"¿Por qué si nosotros tenemos tantas dudas, ellos sólo exhiben certezas?", se pregunta Sietecase. Porque ellos no quieren debatir, sino imponer e instalar sus ideas. "Es la inventiva tecnológica que no sólo acierta con los mecanismos de control sino que también abre espacios de libertad. Y la libertad no es siempre linda, ni siquiera inteligente", concluye el filósofo Tomás Abraham.

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