14 Junio 2010 Seguir en 
Los modales son acciones externas de cada persona, con que se hace notar y se singulariza entre las demás, y que permiten conocer su buena o mala educación. Están directamente relacionados con la urbanidad, que es cortesanía, comedimiento, atención y buen modo, según el Diccionario de la Real Academia Española.
Hasta la década de 1960, en la escuela primaria solían enseñarse normas de urbanidad. En la mayoría de los hogares había un manual que enseñaba cómo comportarse en diferentes situaciones y lugares, desde cómo hablar a cómo vestirse. Hasta los años 70 en los colegios secundarios se dictaba la materia Instrucción Cívica, cuyo nombre varió luego por el de Educación Democrática, que orientaba sobre conducirse en la sociedad y sobre normas básicas; así como se estudiaba la Constitución Nacional.
Luego se planteó la necesidad de reformular los planes educativos por considerarlos obsoletos y estas "antiguallas" pasaron a retiro, tal vez porque era necesario adaptarse a un nuevo mundo cada vez más cambiante y había normas que habían caído en desuso.
De ese modo, lo que se consideraba incorrecto comenzó a ser mejor visto, lo que era anormal se fue transformando en normal, como bien señaló la lectora Silvia Neme de Mejail en la sección Cartas de nuestra edición de ayer. Los ejes de la educación se desplazaron. Hasta avanzada la década de 1970, la maestra era considerada tradicionalmente la segunda madre y su palabra era respetada por los alumnos y sus padres. Esta imagen se desvirtuó raudamente hasta el punto que la violencia se fue apoderando del ámbito educativo y el docente se convirtió en ocasiones en víctima de las agresiones verbales y también físicas de los estudiantes y de sus progenitores.
Hubo una serie de factores que influyeron en esta pérdida de valores que hasta no hace mucho eran considerados esenciales para las relaciones humanas. El hecho de que tanto el hombre como la mujer deban tener hasta dos o más ocupaciones para poder redondear un salario digno llevó a que en muchos casos, se descuidara a los hijos que pasan parte de su tiempo solos; y en el afán de sentirse menos culpables por ese abandono, los padres se vuelven concesivos. Dejan de lado el rol que les compete para intentar ser amigos de sus hijos, es decir sus pares. De esa manera, se descuidó la educación que debe comenzar por casa. Es allí donde se aprendía a respetar al prójimo, especialmente a los ancianos, y la palabra era llevada a la práctica con las acciones de nuestros mayores.
En nuestro suplemento de Actualidad, abordamos esta crisis de los buenos modales. La falta de respeto por los demás se percibe en todos los niveles, desde los recintos legislativos -donde nuestros representantes deberían dar el ejemplo- y los templos religiosos hasta las instituciones públicas, los medios de transporte y los teatros. Una pedagoga que fue vicedecana de la Facultad de Filosofía y Letras señaló que "no se trata de imponer la norma propia, sino de establecer convenciones generales, como sucedió en el contexto de los derechos humanos", mientras una dama que alcanzó prestigio divulgando las reglas de urbanidad dijo que todo cuesta mucho más si no se posee buenos modales. "Desde conseguir un trabajo hasta construir amistades. La persona educada mantiene sus principios hasta la sepultura y el que carece de ella siempre puede aprender lo que le falta. No hay seres superiores o inferiores. Todos nacemos del útero materno: el rey y el pordiosero. Sólo la educación distingue a los seres humanos", explicó. Si se pretende que Tucumán se convierta en una potencia turística y se desea erradicar el espíritu transgresor que nos caracteriza, deberíamos tal vez barajar y educar de nuevo.
Hasta la década de 1960, en la escuela primaria solían enseñarse normas de urbanidad. En la mayoría de los hogares había un manual que enseñaba cómo comportarse en diferentes situaciones y lugares, desde cómo hablar a cómo vestirse. Hasta los años 70 en los colegios secundarios se dictaba la materia Instrucción Cívica, cuyo nombre varió luego por el de Educación Democrática, que orientaba sobre conducirse en la sociedad y sobre normas básicas; así como se estudiaba la Constitución Nacional.
Luego se planteó la necesidad de reformular los planes educativos por considerarlos obsoletos y estas "antiguallas" pasaron a retiro, tal vez porque era necesario adaptarse a un nuevo mundo cada vez más cambiante y había normas que habían caído en desuso.
De ese modo, lo que se consideraba incorrecto comenzó a ser mejor visto, lo que era anormal se fue transformando en normal, como bien señaló la lectora Silvia Neme de Mejail en la sección Cartas de nuestra edición de ayer. Los ejes de la educación se desplazaron. Hasta avanzada la década de 1970, la maestra era considerada tradicionalmente la segunda madre y su palabra era respetada por los alumnos y sus padres. Esta imagen se desvirtuó raudamente hasta el punto que la violencia se fue apoderando del ámbito educativo y el docente se convirtió en ocasiones en víctima de las agresiones verbales y también físicas de los estudiantes y de sus progenitores.
Hubo una serie de factores que influyeron en esta pérdida de valores que hasta no hace mucho eran considerados esenciales para las relaciones humanas. El hecho de que tanto el hombre como la mujer deban tener hasta dos o más ocupaciones para poder redondear un salario digno llevó a que en muchos casos, se descuidara a los hijos que pasan parte de su tiempo solos; y en el afán de sentirse menos culpables por ese abandono, los padres se vuelven concesivos. Dejan de lado el rol que les compete para intentar ser amigos de sus hijos, es decir sus pares. De esa manera, se descuidó la educación que debe comenzar por casa. Es allí donde se aprendía a respetar al prójimo, especialmente a los ancianos, y la palabra era llevada a la práctica con las acciones de nuestros mayores.
En nuestro suplemento de Actualidad, abordamos esta crisis de los buenos modales. La falta de respeto por los demás se percibe en todos los niveles, desde los recintos legislativos -donde nuestros representantes deberían dar el ejemplo- y los templos religiosos hasta las instituciones públicas, los medios de transporte y los teatros. Una pedagoga que fue vicedecana de la Facultad de Filosofía y Letras señaló que "no se trata de imponer la norma propia, sino de establecer convenciones generales, como sucedió en el contexto de los derechos humanos", mientras una dama que alcanzó prestigio divulgando las reglas de urbanidad dijo que todo cuesta mucho más si no se posee buenos modales. "Desde conseguir un trabajo hasta construir amistades. La persona educada mantiene sus principios hasta la sepultura y el que carece de ella siempre puede aprender lo que le falta. No hay seres superiores o inferiores. Todos nacemos del útero materno: el rey y el pordiosero. Sólo la educación distingue a los seres humanos", explicó. Si se pretende que Tucumán se convierta en una potencia turística y se desea erradicar el espíritu transgresor que nos caracteriza, deberíamos tal vez barajar y educar de nuevo.







