Furcios, olvidos y confusiones

11 Junio 2010
Explicado y estudiado por los psicólogos, festejado y celebrado por quienes lo presencian y temido por actores y locutores, el furcio es una amenaza latente para todo aquel que tenga que hacer uso de la palabra en público. Las charlas en los camarines de teatro o en cualquier reunión de actores suelen derivar hacia el relato de numerosas anécdotas en las que queda en claro que muchas veces no se dice precisamente lo que se quería expresar.

Hay distintas clases de furcios: están las simples alteraciones de las palabras, que determinan la creación espontánea de vocablos sumamente originales. "Es la aurola que anuncia la aulora" (por "es la alondra que anuncia la aurora) o "construiré la estuata más verenada en Venora" (por "construiré la estatua más venerada en Verona") son simpáticos atentados a sendos textos de Shakespeare que se dejaron escuchar en los escenarios tucumanos.

Hay furcios que la destreza del actor termina por corregir. Juan Tríbulo cuenta que el "Negro" Lavié alteró el célebre verso inicial del Martín Fierro: en lugar de "Aquí me pongo a cantar al compás de la vihuela", arrancó diciendo "Aquí me pongo a cantar al compás de la ? guitarra...", pero se recompuso y, en lugar de continuar como escribió Hernández "que al hombre que lo desvela...", salvó la rima al inventar "que al hombre que lo ¡desgarra!...", a la manera de un intrépido payador de antaño.

Hay furcios que surgen del olvido o la confusión de la letra. Me tocó asistir a uno inolvidable durante una de las representaciones de "Sacco y Vanzetti" en el teatro Orestes Caviglia. Uno de los actores tenía que hacer un inventario, y enumerar: "...manopla de bronce ? sombrero negro". Pero la memoria le jugó un feo truco, porque omitió la manopla, hizo una extraña síntesis y anunció con seguridad "sombrero de bronce", con lo que sumió en la perplejidad a los espectadores y a todos los que estábamos en escena.

Hay furcios que vulneran la trama de la pieza. En "Esperando a Godot", Vladimir y Estragón esperan inútilmente la presencia de Godot, que nunca aparece. Algunas interpretaciones aventuran que el personaje invisible es Dios, la Libertad o la esperanza de liberación. De cualquier manera, la espera es interminable e infructuosa... aunque, en la puesta que hizo Nuestro Teatro, ocurrió algo que el autor Samuel Beckett jamás imaginó. El actor que interpretaba a Pozo sufrió una inoportuna laguna mental y, en lugar de presentarse con el nombre de su personaje, declaró con gran convicción: "Yo soy Godot", con lo que pulverizó el andamiaje conceptual de la pieza.

Y hay furcios sencillamente geniales, que han entrado en la categoría de mito, como el de aquel actor que, interpretando a un vigía, debía anunciar "Ya se divisan la velas de Ayolas", y entró en la historia del teatro al exclamar a viva voz que había avistado ciertas partes privadas del físico de un tal Ayala.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios