Daniel Alberto Dessein escalando una torre de ejemplares de La Gaceta Literaria, con Tucumán de fondo. Fotocomposición de Lucrecia Aráoz.
30 Mayo 2010 Seguir en 

José Claudio Escribano, ex subdirector del diario La Nación, solía repetir que en nuestro siempre cambiante país hay solamente dos cosas inalterables. El Himno Nacional y LA GACETA Literaria. Una enorme carga de humor y de generosidad alimentaban ese comentario. Pero lo cierto es que la profecía, en cierta medida, se viene cumpliendo. Sigo en pie, desafiando la estadística, después de 59 años al frente de esta publicación. Y esa obstinación le han permitido a estas columnas, mal o bien, mantener una identidad a través del tiempo.
El suplemento se ha aggiornado, pero sigue conservando el espíritu original. Es otro y el mismo. Como decía Samuel Schkolnik en estas páginas, LA GACETA Literaria debe su consistencia a una armonía que no sólo tolera sino que se alimenta de lo diverso. Con sucesivas metamorfosis creció y sigue creciendo, mejorando su genética a través del cruce de ideas distintas.
Los 50 me sorprendieron y, antes de poder digerir que tantas décadas han pasado, constato que los 60 me esperan a la vuelta de la esquina. Trato de procesar todo lo que ocurrió en estos años. Para aferrarme a alguna imagen pienso en la Torre de Babel que conforman todos los ejemplares que se han editado de estas columnas. Imagino que tengo la energía suficiente para recorrer los kilómetros que separan la cima del suelo y para releer las múltiples páginas que conforman cada peldaño. A medida que asciendo, pienso en Borges y en su biblioteca. Me reencuentro con amigos entrañables, con hermanos que se habían ido, con nombres que ya no logro asociar a una cara, con enemigos que aprendí a estimar, con versos imborrables, con discusiones apasionadas, con ideas que me revelaron mundos que desconocía. Me asaltan dudas. Pienso que la construcción fue un exceso, temo que pueda desmoronarse en cualquier momento, que todo haya sido en vano. Oigo voces en lenguas diferentes. Pero me percato de que integran un coro que genera la música más bella que haya escuchado. Siento que se acaban mis fuerzas, que no puedo llegar a la cumbre, que no hay cumbre. Sin embargo, de pronto, llego. Miro el paisaje y ya no me sorprenden los abultados aniversarios. Comprendo que, desde hace mucho tiempo, estoy en el cielo.
© LA GACETA
* Publicado el 24 de Agosto de 2008.
El suplemento se ha aggiornado, pero sigue conservando el espíritu original. Es otro y el mismo. Como decía Samuel Schkolnik en estas páginas, LA GACETA Literaria debe su consistencia a una armonía que no sólo tolera sino que se alimenta de lo diverso. Con sucesivas metamorfosis creció y sigue creciendo, mejorando su genética a través del cruce de ideas distintas.
Los 50 me sorprendieron y, antes de poder digerir que tantas décadas han pasado, constato que los 60 me esperan a la vuelta de la esquina. Trato de procesar todo lo que ocurrió en estos años. Para aferrarme a alguna imagen pienso en la Torre de Babel que conforman todos los ejemplares que se han editado de estas columnas. Imagino que tengo la energía suficiente para recorrer los kilómetros que separan la cima del suelo y para releer las múltiples páginas que conforman cada peldaño. A medida que asciendo, pienso en Borges y en su biblioteca. Me reencuentro con amigos entrañables, con hermanos que se habían ido, con nombres que ya no logro asociar a una cara, con enemigos que aprendí a estimar, con versos imborrables, con discusiones apasionadas, con ideas que me revelaron mundos que desconocía. Me asaltan dudas. Pienso que la construcción fue un exceso, temo que pueda desmoronarse en cualquier momento, que todo haya sido en vano. Oigo voces en lenguas diferentes. Pero me percato de que integran un coro que genera la música más bella que haya escuchado. Siento que se acaban mis fuerzas, que no puedo llegar a la cumbre, que no hay cumbre. Sin embargo, de pronto, llego. Miro el paisaje y ya no me sorprenden los abultados aniversarios. Comprendo que, desde hace mucho tiempo, estoy en el cielo.
© LA GACETA
* Publicado el 24 de Agosto de 2008.
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