30 Mayo 2010 Seguir en 

-¿Qué es? -me dijo.
-¿Qué es qué? -le pregunté.
-Eso, el ruido ese.
-Es el silencio.
(Juan Rulfo, El llano en llamas)
Fue el lunes. A media mañana. El celular tenía que sonar por una sencilla razón: los lunes a media mañana suena. El llama siempre a esa hora y por ello los lunes, ya estaba tácitamente establecido, tenían que ver con él. Y esperando ese telefonazo recibí la llamada que no hubiera querido recibir nunca. La que tenía la noticia más ingrata. Más injusta. Casi absurda. Pero la hicieron. Me llamaron y me dijeron que había muerto un hombre por el que valía la pena llorar.
Ahora me doy cuenta de que cuando a uno lo descolocan como periodista con una noticia, simultáneamente, lo están reubicando sin escalas como hijo de vecino. Porque en contra de toda objetividad históricamente reclamada, en contra de toda neutralidad académicamente profesada, me asaltó un pensamiento único, simplísimo, barrial, tan políticamente incorrecto como absolutamente sincero: ¿por qué no se moría otro? ¿Por qué, habiendo tanto mal nacido dando vuelta, no se moría uno de esos y, en cambio, sí se tenía que morir Daniel Alberto?
Sin embargo, se había muerto un hombre al que le cabía un calificativo reservado para tan pocas personas que rara vez se lo ocupa adecuadamente: él era un ser humano "mayor". Y esto no porque fuera grande sino porque tenía grandeza. La gente habla mucho de la grandeza pero con eufemismos. Lo hace cuando reclama "estar a la altura de las circunstancias". Como él sí lo estaba, miraba los grandes acontecimientos, y hablaba de ellos, en un tono sinceramente anecdótico.
Así, como si fueran pequeñas delicias de la vida cotidiana, contaba sobre su encuentro, cuando era muy joven, con Juan Domingo Perón. Sobre las diarias charlas que mantuvo con Arturo Frondizi cuando cubrió la gira por Europa del último intelectual que presidió la Argentina. Sobre su encuentro con Charles de Gaulle con los Campos Elíseos de fondo. Hablaba del asunto, además, no porque anduviera reviviendo glorias pasadas: las del presente le alcanzaban para empacharse (el segundo Kónex de Platino en 2008, el primer premio de ADEPA, y nada menos que en Derechos Humanos, en 2009). Tocaba el tema, en realidad, porque se disparaban cuando su interlocutor reparaba en que bajo el vidrio de su escritorio estaba, entre muchos recuerdos con distintos formatos, su tarjeta de acreditación periodística expedida por Francia, en la cual se consignaba a la Argentina como provincia de Brasil. Daniel Alberto siempre se adelantó a su tiempo.
Su despacho era sobrio de solemnidad. Su escritorio de madera oscura, con su poltrona de un lado y otras dos en el frente, estaba precedido por un par de sillones para entrevistas. A un costado, las colecciones de LA GACETA Literaria. En la pared, una foto de don Alberto García Hamilton y un crucifijo. Ahí me invitó en 2007, una tarde como ya varias otras en las que intercambiábamos comentarios y críticas literarias. Me contó que 20 años son nada pero que 60 años en el periodismo no son poca cosa y que por eso ahora contaba, "a Dios gracias", con el inestimable aporte de su hijo, Daniel. Sólo así, me aseveró, podía afianzar el suplemento dominical en la nueva etapa que había encarado a comienzos de la década de 2000: convertirlo verdaderamente en una publicación de periodismo cultural, entendiendo como tal que todo hecho de actualidad, con el debido enfoque, podía estar en la Literaria. Después me preguntó si estaba dispuesto, bajo su dirección, a coordinar la edición de las páginas. Ese era Daniel Alberto: podía ofrecer la tarea más prestigiosa como si fuera un pedido.
El lunes se murió un hombre que tenía don de gente.
Durante estos últimos años lo vi estoico. Lo vi despidiendo a varios de sus amigos. Víctor Massuh, Gennie Valentié, Tomás Eloy Martínez? Eso no mellaba en modo alguno sus apasionamientos. En Buenos Aires fuimos a la premiere de Nixon vs. Frost, de la que salió indignado por el "contrabando ideológico" y la idea de que presentaran al ex presidente norteamericano "apenas" como un estadista equivocado. Pero las varias despedidas que afrontó sí le contagiaron un dejo de tristeza. "Me he convertido en un hombre que ya no necesita agenda", me dijo el año pasado, apretándome el corazón. "Casi todos los que están anotados en mi directorio telefónico ya han partido", me aseguró con todo el dolor que pudo. Sin embargo, ni siquiera entonces lo vi quebrarse.
El lunes se murió un hombre entero.
Todos los días le daba pelea a un mal que quería arrebatarle la salud y el buen talante. Nunca se dejó doblegar. Y no es una frase de ocasión.
En febrero, una parrilla crepitante nos reunió en Pinamar. Estaba entusiasmado por los pormenores que había desencadenado un incidente casero. Daniel Alberto conservaba la envidiable costumbre de responder personalmente y de manera manuscrita toda su correspondencia, tarea que durante su estancia en la playa, en la misma casa que alquilaba desde hacía décadas, realizaba durante las tardes en un escritorio sobre el que se desplomó una pesada biblioteca amurada a la pared. Ese día, milagrosamente, había salido a caminar. Llamó al propietario del inmueble, un matarife de Buenos Aires, para hacer el reclamo y el hombre quedó en mandar a "alguien" para ocuparse del asunto. Pero el enviado, en lugar de presentarse para dar una solución, dijo que venía a ver "qué más habían roto". Así que Daniel Alberto, directamente, lo puso de patitas en la calle. "¿Usted no sabe quién soy yo?", le preguntó el desalojado. "Sí se queda un segundo más, usted sí va a saber quién soy yo", le respondió Dessein. Al otro día, el desconocido mandó sus disculpas en un curioso formato: varios kilos de carne de primera calidad. Después de describirlo, le mostramos la foto del susodicho en Internet. Así fue como, por única vez, el director de LA GACETA Literaria tuvo trato con Alberto Samid.
"Para el 'Tigre' Daniel Alberto", comienza diciendo la primera línea del libro que le dedicó el ex gobernador Lázaro Barbieri con su propio puño y letra. Pero él era infinitamente más que un guapo del 900.
El lunes se murió un hombre digno.
Lo bueno es que, además de luchar, disfrutaba de los triunfos. Durante toda la década se manifestó como un padre orgulloso. En 2009 lo entusiasmó el sexagésimo aniversario de LA GACETA Literaria. Y este año me llamó un lunes para decirme dos palabras: "me caso".
El lunes se murió un hombre enamorado.
Llamaba todos los lunes para ensayar un diálogo mínimo pero ritual. "¿Cómo anduvo el número de ayer?", preguntaba invariablemente. "Se hizo un tremendo papel, director", era, más que la respuesta, la contraseña para comenzar a intercambiar impresiones sobre la Literaria y anticipos sobre el próximo número.
Este lunes no llamó. Llamaron otros para decir que él ya no llamaría. La noticia me descolocó a 8.000 kilómetros de dónde él se quedó. Qué largo es el brazo del desconsuelo?
Qué ganas de atender pero no para hablar de la Literaria sino para hablar de él y de su vida y decirle "hiciste tremendo papel, director"...
Que ganas de que nunca llegara este lunes que solamente tuvo que ver con él?
Qué aturdidor es el silencio.
Puta madre: el lunes se murió un hombre bueno.
© LA GACETA
Alvaro Aurane - Editor de Política de LA GACETA, coordinador de LA GACETA Literaria. En este momento está en Colombia becado por la Fundación Nuevo Periodismo, que preside Gabriel García Márquez.
-¿Qué es qué? -le pregunté.
-Eso, el ruido ese.
-Es el silencio.
(Juan Rulfo, El llano en llamas)
Fue el lunes. A media mañana. El celular tenía que sonar por una sencilla razón: los lunes a media mañana suena. El llama siempre a esa hora y por ello los lunes, ya estaba tácitamente establecido, tenían que ver con él. Y esperando ese telefonazo recibí la llamada que no hubiera querido recibir nunca. La que tenía la noticia más ingrata. Más injusta. Casi absurda. Pero la hicieron. Me llamaron y me dijeron que había muerto un hombre por el que valía la pena llorar.
Ahora me doy cuenta de que cuando a uno lo descolocan como periodista con una noticia, simultáneamente, lo están reubicando sin escalas como hijo de vecino. Porque en contra de toda objetividad históricamente reclamada, en contra de toda neutralidad académicamente profesada, me asaltó un pensamiento único, simplísimo, barrial, tan políticamente incorrecto como absolutamente sincero: ¿por qué no se moría otro? ¿Por qué, habiendo tanto mal nacido dando vuelta, no se moría uno de esos y, en cambio, sí se tenía que morir Daniel Alberto?
Sin embargo, se había muerto un hombre al que le cabía un calificativo reservado para tan pocas personas que rara vez se lo ocupa adecuadamente: él era un ser humano "mayor". Y esto no porque fuera grande sino porque tenía grandeza. La gente habla mucho de la grandeza pero con eufemismos. Lo hace cuando reclama "estar a la altura de las circunstancias". Como él sí lo estaba, miraba los grandes acontecimientos, y hablaba de ellos, en un tono sinceramente anecdótico.
Así, como si fueran pequeñas delicias de la vida cotidiana, contaba sobre su encuentro, cuando era muy joven, con Juan Domingo Perón. Sobre las diarias charlas que mantuvo con Arturo Frondizi cuando cubrió la gira por Europa del último intelectual que presidió la Argentina. Sobre su encuentro con Charles de Gaulle con los Campos Elíseos de fondo. Hablaba del asunto, además, no porque anduviera reviviendo glorias pasadas: las del presente le alcanzaban para empacharse (el segundo Kónex de Platino en 2008, el primer premio de ADEPA, y nada menos que en Derechos Humanos, en 2009). Tocaba el tema, en realidad, porque se disparaban cuando su interlocutor reparaba en que bajo el vidrio de su escritorio estaba, entre muchos recuerdos con distintos formatos, su tarjeta de acreditación periodística expedida por Francia, en la cual se consignaba a la Argentina como provincia de Brasil. Daniel Alberto siempre se adelantó a su tiempo.
Su despacho era sobrio de solemnidad. Su escritorio de madera oscura, con su poltrona de un lado y otras dos en el frente, estaba precedido por un par de sillones para entrevistas. A un costado, las colecciones de LA GACETA Literaria. En la pared, una foto de don Alberto García Hamilton y un crucifijo. Ahí me invitó en 2007, una tarde como ya varias otras en las que intercambiábamos comentarios y críticas literarias. Me contó que 20 años son nada pero que 60 años en el periodismo no son poca cosa y que por eso ahora contaba, "a Dios gracias", con el inestimable aporte de su hijo, Daniel. Sólo así, me aseveró, podía afianzar el suplemento dominical en la nueva etapa que había encarado a comienzos de la década de 2000: convertirlo verdaderamente en una publicación de periodismo cultural, entendiendo como tal que todo hecho de actualidad, con el debido enfoque, podía estar en la Literaria. Después me preguntó si estaba dispuesto, bajo su dirección, a coordinar la edición de las páginas. Ese era Daniel Alberto: podía ofrecer la tarea más prestigiosa como si fuera un pedido.
El lunes se murió un hombre que tenía don de gente.
Durante estos últimos años lo vi estoico. Lo vi despidiendo a varios de sus amigos. Víctor Massuh, Gennie Valentié, Tomás Eloy Martínez? Eso no mellaba en modo alguno sus apasionamientos. En Buenos Aires fuimos a la premiere de Nixon vs. Frost, de la que salió indignado por el "contrabando ideológico" y la idea de que presentaran al ex presidente norteamericano "apenas" como un estadista equivocado. Pero las varias despedidas que afrontó sí le contagiaron un dejo de tristeza. "Me he convertido en un hombre que ya no necesita agenda", me dijo el año pasado, apretándome el corazón. "Casi todos los que están anotados en mi directorio telefónico ya han partido", me aseguró con todo el dolor que pudo. Sin embargo, ni siquiera entonces lo vi quebrarse.
El lunes se murió un hombre entero.
Todos los días le daba pelea a un mal que quería arrebatarle la salud y el buen talante. Nunca se dejó doblegar. Y no es una frase de ocasión.
En febrero, una parrilla crepitante nos reunió en Pinamar. Estaba entusiasmado por los pormenores que había desencadenado un incidente casero. Daniel Alberto conservaba la envidiable costumbre de responder personalmente y de manera manuscrita toda su correspondencia, tarea que durante su estancia en la playa, en la misma casa que alquilaba desde hacía décadas, realizaba durante las tardes en un escritorio sobre el que se desplomó una pesada biblioteca amurada a la pared. Ese día, milagrosamente, había salido a caminar. Llamó al propietario del inmueble, un matarife de Buenos Aires, para hacer el reclamo y el hombre quedó en mandar a "alguien" para ocuparse del asunto. Pero el enviado, en lugar de presentarse para dar una solución, dijo que venía a ver "qué más habían roto". Así que Daniel Alberto, directamente, lo puso de patitas en la calle. "¿Usted no sabe quién soy yo?", le preguntó el desalojado. "Sí se queda un segundo más, usted sí va a saber quién soy yo", le respondió Dessein. Al otro día, el desconocido mandó sus disculpas en un curioso formato: varios kilos de carne de primera calidad. Después de describirlo, le mostramos la foto del susodicho en Internet. Así fue como, por única vez, el director de LA GACETA Literaria tuvo trato con Alberto Samid.
"Para el 'Tigre' Daniel Alberto", comienza diciendo la primera línea del libro que le dedicó el ex gobernador Lázaro Barbieri con su propio puño y letra. Pero él era infinitamente más que un guapo del 900.
El lunes se murió un hombre digno.
Lo bueno es que, además de luchar, disfrutaba de los triunfos. Durante toda la década se manifestó como un padre orgulloso. En 2009 lo entusiasmó el sexagésimo aniversario de LA GACETA Literaria. Y este año me llamó un lunes para decirme dos palabras: "me caso".
El lunes se murió un hombre enamorado.
Llamaba todos los lunes para ensayar un diálogo mínimo pero ritual. "¿Cómo anduvo el número de ayer?", preguntaba invariablemente. "Se hizo un tremendo papel, director", era, más que la respuesta, la contraseña para comenzar a intercambiar impresiones sobre la Literaria y anticipos sobre el próximo número.
Este lunes no llamó. Llamaron otros para decir que él ya no llamaría. La noticia me descolocó a 8.000 kilómetros de dónde él se quedó. Qué largo es el brazo del desconsuelo?
Qué ganas de atender pero no para hablar de la Literaria sino para hablar de él y de su vida y decirle "hiciste tremendo papel, director"...
Que ganas de que nunca llegara este lunes que solamente tuvo que ver con él?
Qué aturdidor es el silencio.
Puta madre: el lunes se murió un hombre bueno.
© LA GACETA
Alvaro Aurane - Editor de Política de LA GACETA, coordinador de LA GACETA Literaria. En este momento está en Colombia becado por la Fundación Nuevo Periodismo, que preside Gabriel García Márquez.
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