Se fue el Director

Daniel Alberto Dessein, fundador y director de estas páginas, murió el lunes de esta semana. Dedicó la mayor parte de su vida a forjar el suplemento

Daniel Alberto Dessein retratado por Aldo Sessa. Daniel Alberto Dessein retratado por Aldo Sessa.
30 Mayo 2010
Mi padre derrumbó Wall Street

Por Daniel Dessein
Para LA GACETA - Tucumán

Nunca entendió la farsa social. Cada vez que le decían "¿cómo le va?" o "buen día", él contestaba "muy mal" o "no tan bueno, está anunciado tormenta". Eso quebraba las convenciones urbanas y obligaba a su interlocutor a detenerse e iniciar un diálogo imprevisto. Esa respuesta fuera de los esquemas interrumpía los planes de quien pretendía no ser más que un fugaz interlocutor, un repartidor de decenas de saludos veloces en su recorrido diario por la vía pública. Papá era como Bartleby, el inmortal personaje de Melville que ante una solicitud de su jefe responde "preferiría no hacerlo". Bartleby y él destruían la lógica de los presupuestos.
Las circunstanciales víctimas de las respuestas de mi padre necesitaban llegar rápidamente a un banco, a su trabajo o a una cita con un amante. El no era consciente de que esos saludos que recibía eran parte de una convención social que eliminaba la connotación literal de las frases. Eran frases vacías cuyo auténtico mensaje era "la paz sea contigo, estoy apurado pero quiero ser un ciudadano que vive en armonía dentro de la comunidad". Esa lógica marcaba que el intercambio debía limitarse a dos frases breves y análogas para continuar el paso.
El fue responsable directo - aunque no llegó a saberlo - de la quiebra de quince empresas, de siete divorcios, cuatro despidos por demora in itinere, ocho accidentes domésticos y tres úlceras sangrantes por ingesta de comida pasada. Ninguna de sus víctimas tenía un interés específico en el parte meteorológico o en el estado físico o anímico de mi padre. Nadie, en general, quiere saber el estado del tiempo ni del prójimo sino es a través del noticiero o de las necrológicas del diario. La gente, simplemente, pretende respetar los códigos sociales conjugando una serie de mentiras tácitamente pautadas y legitimadas. Pero a veces, parafraseando a Borges, basta que un solo hombre no responda a lo que se espera de él para que se derrumbe el universo.
Un día mi padre hizo algo insólito. Después de recibir una catarata de reproches de mi parte, se cruzó en una calle de Buenos Aires con Peter Dougall,  un destacado agente financiero del banco Goldman Sachs. Dougall le preguntó, casi sin detenerse, cómo andaba. Mi padre le dijo "muy bien" y siguió. Lo que yo ignoraba, al igual  que Dougall y sus víctimas, es que el equilibrio del mundo que conocíamos pasaba por ese hombre que debía romper sistemáticamente las convenciones. Dougall iba caminando a su hotel a hacer una llamada a su banco para vender  las acciones de Lehman Brothers, su mayor cliente. Esa llamada inició el derrumbe bursátil que provocó la crisis global. Si mi padre lo hubiera retenido diez segundos, la bolsa de Nueva York habría cerrado antes de que Dougall lograra hacer su llamada. En esa hipótesis contrafáctica no se hubiese desatado la estampida que determinó el colapso en ciernes del capitalismo global.  Pero Dougall pudo hacer su llamada. Como en la teoría del caos, cuando mi padre batió por primera vez sus alas de optimismo sobre el Río de la Plata, desató un huracán que arrasó Manhattan y marcó el fin de una era.

La tentación de existir
Los filósofos que más le gustaban a mi padre eran Protágoras y Gorgias, los íconos del escepticismo. El relativismo, el pesimismo y la angustia provocada por la ausencia de bastones para apoyarnos en nuestro camino por la vida, impregnaban su forma de concebir la realidad. Pero él no era protagonista de tragedias auténticas; tenía una existencia ordenada, tranquila, sin riesgos. Todo fue así hasta que un día la muerte tocó su puerta con la forma de un informe médico que decía adenocarcinoma y, segundos más tarde y diccionario mediante, cáncer. Le di la noticia, empezaron los tratamientos y, entonces sí, las averiguaciones para seguir los consejos de Cioran, el heredero de Gorgias, el apóstol filosófico del suicidio.
Yo sabía que se iba a matar, sospechaba cómo e incluso cuándo lo haría. Tenía agendada una operación para extraer parte del tumor. Ese era el límite, la fecha de inicio de un sufrimiento que él consideraba inútil, absurdo.
Cuando yo era chico me había regalado un ejemplar de El club de los suicidas, la historia de Stevenson en la que los que quieren morir, y no se animan a hacerlo por mano propia, van a buscar ayuda. Por eso, al encontrarlo en el café Bahía junto a Deltrieri, el guardia de nuestro edificio que había sido despedido por su adicción al alcohol, no me sorprendí. Sabía que estaba pactando su propia muerte; un final rápido e indoloro.
Sí me sorprendí, dos semanas más tarde, cuando entré al cuarto de mi padre y lo vi parado frente al espejo, terminándose de acomodar el nudo de su corbata. Fuimos juntos a la clínica, mi madre lo ayudó a desvestirse, a lavarse con pervinox y a ponerse una bata verde. Las enfermeras entraron, lo pusieron en una camilla y él levantó el puño derecho en señal de despedida. Dos horas más tarde, el profeta del quietismo y la queja murió. La larva que había sido toda su vida se convirtió en mariposa, batió sus alas y fue feliz. "Acabo de aprender que puedo enfrentar al dolor y a la muerte, a los dos grandes fantasmas, con los ojos abiertos. ¿A qué le puedo temer, entonces? Por primera vez, soy libre", me dijo después de salir indemne de la operación y, desde ese momento, empezó a decírselo al mundo.

La otra muerte
Hay dos cuentos de Borges que lo fascinaban: La otra muerte y Un milagro secreto. Dos historias en las que sus protagonistas logran agregarle a sus vidas un capítulo no previsto en el guión original y, de ese modo, corregirlas y otorgarles un nuevo sentido.
Después de la operación, mi padre tiró los textos de Gorgias, se reencontró con su fe religiosa, se casó con mi madre, adoptó un chico de la calle, multiplicó sus proyectos, hizo la paz con el mundo, abrazó la felicidad que antes no había podido encontrar. Vivió con una intensidad extraordinaria. Y la muerte, un día, se presentó como un rayo, sin anuncios ni torturas, como él quería. Como si la promesa de su pacto fallido con Deltrieri la hubiese cumplido Dios.  
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