20 Marzo 2010 Seguir en 
"Cuando la alquilamos sabíamos en lo que nos metíamos y que la retribución monetaria no sería buena, peor no nos esperábamos tanto. No cerramos antes por respeto a don Pedro Aredes, y por eso llegamos hasta el final del contrato", explica Sergio López, quien junto a su socio Claudio Estaracio administró El alto de la lechuza durante los tres últimos años, no resistió más.
El problema, dice, es que la presión de los organismos del Estado es demasiado pesada. "El Ipla nos clausuró dos veces la peña porque eran las 4.10 y había un par de mesas ocupadas. Ya estaba cerrado, pero no podíamos echar al público. El público de El alto es gente grande a la que no podés maltratar así porque quiere terminarse su consumición", señala a modo de ejemplo. De nada sirvió que dejaran de vender bebidas alcohólicas a las 3.30. "El cliente se quedaba igual", recuerda.
Otro problema, común a locales con espectáculos en vivo en la capital tucumana, fue la falta de reglas claras en cuanto a la habilitación. "Los pedidos cambiaban según el inspector que llegaba, y aunque tuvieras todo en regla siempre aparecía algo nuevo... es sabido que si se les ocurre que tenés que tener las paredes rosa, las tenés que pintar inmediatamente", ironiza.
López fue claro al respecto, al sostener que "no quedaba otra que transar", aunque prefirió no profundizar en ese dato.
"Además siempre hubo mucha prepotencia y una falta total de criterios en los procedimientos", se queja.
Más allá de eso, comercialmente todo fue cuesta arriba. "Por un lado, no podés cobrar un derecho de espectáculo muy caro, y entonces terminás dándole al músico $ 200. Eso nos daba vergüenza, peor no había forma de mejorar", dice. Y en cuanto a la consumición, señala que muchos clientes "pasaban la noche con seis empanadas y un vino".
López y Estaracio invirtieron dinero y esfuerzo en esos tres años, y él no se arrepiente. Sí dice que le hubiera gustado que las cosas fueran de otro modo y que aprendió mucho. "Un lugar como este, que es la peña más antigua del país, debería tener algún tipo de subsidio o de ayuda del Estado por su valor histórico", señala.
También explica que debería ser considerado parte del recorrido formal de turismo en la capital. El público, en cambio, sí le dio el valor que merece la peña, al punto de llevarse sin permiso las cartas en las que se contaba la historia del lugar con fotos históricas.
"Nosotros éramos asiduos concurrentes a El alto, amigos de mucha gente que lo frecuentaba, y por eso quisimos reabrirla. Pero nos dimos con un cumulo de cosas muy desgastantes", dice quien además, padeció el cansancio de trabajar de noche y de día, porque es ingeniero electrónico y cumple funciones en una fábrica.
"Todo a pulmón y con mucho en contra"
"Sí, lamentablemente fui el último en cantar ahí. Pero espero que se reabra pronto", señaló el Mono Villafañe, quien a principios de los 70, "cuando era chango", empezó a ir con sus amigos a cantar. "El problema con El alto de la lechuza es el mismo que afecta a todo el arte en Tucumán: no hay una política cultural", denunció. Como ejemplo, citó el caso de Salta y, puntualmente, el de la peña Balderrama. "A nadie se le ocurriría dejarla caer, todos los salteños saltarían para defenderla aunque esté al lado de un canal... Ellos defienden su espacio y su cultura. Acá hay que hacer todo a pulmón y con mucho en contra", apuntó.
El problema, dice, es que la presión de los organismos del Estado es demasiado pesada. "El Ipla nos clausuró dos veces la peña porque eran las 4.10 y había un par de mesas ocupadas. Ya estaba cerrado, pero no podíamos echar al público. El público de El alto es gente grande a la que no podés maltratar así porque quiere terminarse su consumición", señala a modo de ejemplo. De nada sirvió que dejaran de vender bebidas alcohólicas a las 3.30. "El cliente se quedaba igual", recuerda.
Otro problema, común a locales con espectáculos en vivo en la capital tucumana, fue la falta de reglas claras en cuanto a la habilitación. "Los pedidos cambiaban según el inspector que llegaba, y aunque tuvieras todo en regla siempre aparecía algo nuevo... es sabido que si se les ocurre que tenés que tener las paredes rosa, las tenés que pintar inmediatamente", ironiza.
López fue claro al respecto, al sostener que "no quedaba otra que transar", aunque prefirió no profundizar en ese dato.
"Además siempre hubo mucha prepotencia y una falta total de criterios en los procedimientos", se queja.
Más allá de eso, comercialmente todo fue cuesta arriba. "Por un lado, no podés cobrar un derecho de espectáculo muy caro, y entonces terminás dándole al músico $ 200. Eso nos daba vergüenza, peor no había forma de mejorar", dice. Y en cuanto a la consumición, señala que muchos clientes "pasaban la noche con seis empanadas y un vino".
López y Estaracio invirtieron dinero y esfuerzo en esos tres años, y él no se arrepiente. Sí dice que le hubiera gustado que las cosas fueran de otro modo y que aprendió mucho. "Un lugar como este, que es la peña más antigua del país, debería tener algún tipo de subsidio o de ayuda del Estado por su valor histórico", señala.
También explica que debería ser considerado parte del recorrido formal de turismo en la capital. El público, en cambio, sí le dio el valor que merece la peña, al punto de llevarse sin permiso las cartas en las que se contaba la historia del lugar con fotos históricas.
"Nosotros éramos asiduos concurrentes a El alto, amigos de mucha gente que lo frecuentaba, y por eso quisimos reabrirla. Pero nos dimos con un cumulo de cosas muy desgastantes", dice quien además, padeció el cansancio de trabajar de noche y de día, porque es ingeniero electrónico y cumple funciones en una fábrica.
"Todo a pulmón y con mucho en contra"
"Sí, lamentablemente fui el último en cantar ahí. Pero espero que se reabra pronto", señaló el Mono Villafañe, quien a principios de los 70, "cuando era chango", empezó a ir con sus amigos a cantar. "El problema con El alto de la lechuza es el mismo que afecta a todo el arte en Tucumán: no hay una política cultural", denunció. Como ejemplo, citó el caso de Salta y, puntualmente, el de la peña Balderrama. "A nadie se le ocurriría dejarla caer, todos los salteños saltarían para defenderla aunque esté al lado de un canal... Ellos defienden su espacio y su cultura. Acá hay que hacer todo a pulmón y con mucho en contra", apuntó.
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