Además de decirlo, hay que demostrarlo

Los mejores esfuerzos para recuperar a los chicos de calle se debilitan si no hay un mensaje claro.

Por Magena Valentié 16 Marzo 2010
Un niño que nace en una familia pudiente tiene todo lo que se puede comprar con dinero. Pero si él cree que no ocupa un lugar importante en la vida de sus padres, es como si le faltara todo. Por el contrario, un chico de condición humilde, necesita muchas cosas, pero si se siente valorado, lo tiene todo. En la educación de niños y adolescentes esta relación es tan directa que funciona casi como un mandato.
La Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia del Ministerio de Desarrollo Social contabilizó 141 chicos que deambulan en la calle, pidiendo limosna o vendiendo estampitas y limpiando vidrios. Pero la impresión general es que son muchos más. Lo cierto es que desde julio de 2007, esta dirección desarrolla un programa de recuperación de chicos en situación de calle (LA GACETA, 15/3). Una tráfic recorre la ciudad en busca de estos adolescentes, a los que invita a talleres de actividades que se desarrollan en un centro de día ubicado en la avenida Francisco de Aguirre al 600. Les inculcan la necesidad de volver a la escuela, y además un equipo interdisciplinario trabaja con el chico y la familia. A veces los operadores realizan duras negociaciones con los padres -planes sociales y becas mediante- para conseguir el compromiso de que no manden a sus hijos a la calle.
El centro de día está ubicado justo entre dos institutos de menores de fuerte connotación social, el Roca, de adolescentes en conflicto con la ley, y el Belgrano, para chicos con problemas de conducta, violencia familiar o simplemente pobreza.
Sería difícil encontrar un mejor lugar para estigmatizarlos. Una simple lectura bastaría para interpretar qué lugar se le asigna a los niños y adolescentes que deambulan por la calle. Los propios profesionales del programa solicitaron al gobierno el cambio de la sede hacia un lugar más céntrico, como el que ocupaba hace algunos años, donde hoy es la central de Patrulla Urbana, en Maipú al 400. 
Lo más coherente sería que el programa funcionara donde circula el 83% de los niños en situación de calle. Esto, además, facilitaría su traslado a los talleres.
También cabe decir que el edificio actual deja mucho que desear. Está improlijo, deteriorado y viejo. Al lado, el instituto Belgrano, donde concurren otros chicos a un proyecto de vivero, conserva su antiguo aspecto carcelario.
Además, el programa cuenta con una sola tráfic para realizar el trabajo de todos los días, recorrer la ciudad, visitar a las familias y acudir a los llamados del teléfono 102 cuando algún vecino alerta sobre la presencia de algún chico durmiendo a la intemperie. Un solo móvil no alcanza, reconocen los empleados.
En suma, la Provincia dedica tiempo, esfuerzos y recursos para rescatar a los de la calle pero cae en contradicción con su discurso no verbal, que acaso llega a tener más peso que la palabra. Un lugar cómodo, luminoso y en buen estado ayudaría a transmitir ese mensaje que levanta la autoestima.
Las mejores estrategias   profesionales pierden fuerza, si no se las acompaña con un mensaje claro desde el Estado. La sociedad, mediante las políticas de estado, debería poder transmitirles a los chicos que son sujetos de derecho para que ellos puedan ejercerlos.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios