El vecino y su actitud respecto de la ciudad

13 Marzo 2010
Por mucho esfuerzo que una municipalidad haga para mejorar su jurisdicción, siempre su labor quedará incompleta -y hasta  esterilizada en gran medida- si no cuenta con la colaboración del directo destinatario del esfuerzo, que es el habitante de la ciudad. La afirmación suena un tanto obvia. Pero se hace forzoso repetirla, cuando se echa una mirada, por superficial que sea, a lo que ocurre en muchos sectores de San Miguel de Tucumán. Hablamos tanto del centro como de los barrios.
Desde ya que, legalmente, están a cargo de la Comuna varios servicios, por cuya prestación el vecino abona una tasa. Pero hay muchas otras medidas que ese vecino debe tomar por sí mismo, y no toma, para mejorar el exterior de su vivienda. Alguna de ellas, como el mantenimiento de la vereda en buenas condiciones, es una exigencia que la Municipalidad puede forzarlo a cumplir, por medio de intimaciones seguidas de multa. Pero el organismo no tiene el mismo "imperium" para lograr otras, que están libradas a la buena voluntad del habitante.
A ellas queremos referirnos, a través de algunos ejemplos. En pleno centro de la ciudad, existen edificaciones de varios pisos en cuya planta baja funcionan negocios. Pero, cuando el transeúnte mira más arriba de la marquesina, percibe que las plantas superiores están totalmente abandonadas. El muro no se pinta desde hace décadas, las ventanas aparecen destrozadas, los balcones cubiertos de herrumbre. A veces, el propietario ni siquiera ha revocado esa parte del frente.
Baldomero Fernández Moreno compuso el famoso poema "Setenta balcones y ninguna flor", pensando en Buenos Aires. Podría aplicarse perfectamente a San Miguel de Tucumán. En la inmensa mayoría de los edificios de altura, no existen plantas ni flores en los balcones, a pesar de que, como todos sabemos, lograr que crezca una planta en Tucumán es lo más sencillo del mundo. No sólo faltan flores. Muchas veces es deplorable el estado de abandono y de suciedad que esos espacios muestran. Como si al propietario no le importase que el lugar donde reside sugiera, a quienes pasan, nada más que dejadez e indiferencia.
Es igualmente habitual el desaliño de muchos pequeños jardines del frente, convertidos en yuyales, cuando no en depósito de escombros. A cada paso se ven puertas de calle descascaradas y cortinas de enrollar que reclaman desde hace años una mano de pintura. Cuando cesa la actividad de un local comercial, hasta que alguien vuelve a alquilarlo, el dueño se considera liberado de los elementales requerimientos de higiene. Se limita a cerrarlo con reja y candado, y poco a poco se va convirtiendo en receptáculo de la basura callejera.
En las zonas donde la vereda está organizada en parte con baldosas y en parte con césped, este último sector suele ser, muy a menudo, un yuyal cuyo crecimiento al frentista no parece incomodarle. A pesar de que vulnera la higiene de su casa, daña claramente su estética y, en última instancia, habla muy poco a favor de su condición de vecino preocupado por el buen aspecto exterior del hogar.
La enumeración dista de ser exhaustiva, pero de ella puede sacarse elocuente material de reflexión. Nos parece que una ciudad limpia y grata a la vista de quienes la habitan y de quienes la visitan, debiera ser propósito constante de todos. Si cada vecino acercara, en la medida de sus posibilidades, un aporte concreto en esa dirección, San Miguel de Tucumán tendría un aspecto mucho mejor que el que posee.
La Municipalidad podría estimular un cambio profundo de actitud en el tema. Recordamos que hace muchos años, por ejemplo, realizó un exitoso concurso para premiar el balcón que tuviera las mejores flores como ornamento. Acaso iniciativas de ese tipo resultarían apropiadas para mejorar la urbe que habitamos y a la cual, se supone, queremos y valoramos. Conviene pensarlo.

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