11 Marzo 2010 Seguir en 
"Pensé que era una broma, hasta que me mostró el arma", contó Soledad, empleada de un drugstore ubicado en Maipú y Mendoza. Ayer, a las 15.10, la mujer fue víctima de un robo, en pleno microcentro tucumano.
La empleada contó que un hombre se acercó al mostrador del negocio y le dijo que le diera el dinero, ya que se trataba de un asalto. "No le creí. Cuando vi la pistola, me puse nerviosa", dijo Soledad.
"Yo estaba sentada detrás. El delincuente no me vio. Creía que se trataba de una cargada", comentó otra empleada del local, que prefirió no identificarse. Según ella, no había clientes en ese momento y el asaltante actuó a cara descubierta. "Estaba bien vestido, por eso no le creía", agregó. Cuando le pidió el dinero, Soledad le contestó al hombre que se lo habían llevado, ya que minutos antes habían realizado una rendición de cuentas. "Estaba escuchando música con mi celular. Me pidió que le entregue el teléfono", afirmó la empleada. De acuerdo a su relato, ella le suplicó al delincuente que le permita quedarse con el chip. "A él no le iba a servir. Así que le entregué solamente el aparato", afirmó.
Las empleadas comentaron que el asaltante estuvo unos siete minutos en el negocio. "Justo pasó un policía por la vereda. No lo llamé porque tenía miedo que me dispare. Obviamente que él se hizo el tonto. Desde afuera debe haber parecido que era un comprador más", dijo la empleada.
El ladrón salió corriendo con el botín (el teléfono celular), se subió a un auto azul que lo esperaba al otro lado de la calle, y se dio rápidamente a la fuga. "Salí y le avisé a un policía, pero el ladrón ya se había escapado", contó la joven.
Visiblemente nerviosa, la empleada acababa de retornar al local, luego de hacer la denuncia, cuando dialogó con LA GACETA. Contó que el movimiento de público baja sensiblemente a esa hora en el microcentro.
"Nosotros, incluso, aprovechamos para comer. En ese momento había dos empleados que estaban en el depósito", comentó. Una de esas empleadas, que tampoco brindó su nombre, dijo que normalmente suele haber un miembro de la patrulla urbana en esa esquina. "Justo en ese momento no había nadie", manifestó. "Es un sacrificio trabajar durante ocho horas todos los días. Hay que aguantar el humor de los clientes, las caras que te ponen. No es justo que venga alguien y pretenda ganarse su vida arruinando la de los demás", finalizó Soledad.
La empleada contó que un hombre se acercó al mostrador del negocio y le dijo que le diera el dinero, ya que se trataba de un asalto. "No le creí. Cuando vi la pistola, me puse nerviosa", dijo Soledad.
"Yo estaba sentada detrás. El delincuente no me vio. Creía que se trataba de una cargada", comentó otra empleada del local, que prefirió no identificarse. Según ella, no había clientes en ese momento y el asaltante actuó a cara descubierta. "Estaba bien vestido, por eso no le creía", agregó. Cuando le pidió el dinero, Soledad le contestó al hombre que se lo habían llevado, ya que minutos antes habían realizado una rendición de cuentas. "Estaba escuchando música con mi celular. Me pidió que le entregue el teléfono", afirmó la empleada. De acuerdo a su relato, ella le suplicó al delincuente que le permita quedarse con el chip. "A él no le iba a servir. Así que le entregué solamente el aparato", afirmó.
Las empleadas comentaron que el asaltante estuvo unos siete minutos en el negocio. "Justo pasó un policía por la vereda. No lo llamé porque tenía miedo que me dispare. Obviamente que él se hizo el tonto. Desde afuera debe haber parecido que era un comprador más", dijo la empleada.
El ladrón salió corriendo con el botín (el teléfono celular), se subió a un auto azul que lo esperaba al otro lado de la calle, y se dio rápidamente a la fuga. "Salí y le avisé a un policía, pero el ladrón ya se había escapado", contó la joven.
Visiblemente nerviosa, la empleada acababa de retornar al local, luego de hacer la denuncia, cuando dialogó con LA GACETA. Contó que el movimiento de público baja sensiblemente a esa hora en el microcentro.
"Nosotros, incluso, aprovechamos para comer. En ese momento había dos empleados que estaban en el depósito", comentó. Una de esas empleadas, que tampoco brindó su nombre, dijo que normalmente suele haber un miembro de la patrulla urbana en esa esquina. "Justo en ese momento no había nadie", manifestó. "Es un sacrificio trabajar durante ocho horas todos los días. Hay que aguantar el humor de los clientes, las caras que te ponen. No es justo que venga alguien y pretenda ganarse su vida arruinando la de los demás", finalizó Soledad.







