El anuncio de Martín Lousteau les cayó como un balde de agua fría. Las retenciones a la exportación de soja ya habían subido dos veces en un año. Por eso, las palabras del entonces ministro de Economía de la Nación, de que a partir de ese momento serían móviles, los dejó helados.
Hasta hace dos años, los ruralistas de todo el país -ya fueran los que integraban alguna de las cuatro grandes entidades agrarias o los independientes- eran como actores de reparto: la película del avance estatal ya había comenzando hacía rato, pero ellos sólo aparecían en escena espasmódicamente y como personajes con escasa fuerza. Pero el agua helada que les tiró encima Lousteau los espabiló y rápidamente la Sociedad Rural Argentina, las Confederaciones Rurales Argentinas, la Federación Agraria Argentina y la Confederación Intercooperativa Agropecuaria (Coninagro) conformaron la Mesa de Enlace. Ese conjunto de dirigentes con ideologías distintas, de representados de diferentes sectores del agro y con enfrentamientos históricos diversos, logró estrechar sus manos y hacer escuchar su voz.
La Mesa de Enlace hizo historia por lo que consiguió para el campo (frenó la aplicación de la Resolución 125), por lo que representaron para hasta el entonces casi invencible kirchnerismo (la protesta hizo mella en la buena imagen que hasta el momento tenía el matrimonio K) y por lo que significaron para la oposición (Julio Cobos pasó a ser la figura preponderante de la oposición con su voto "no positivo" al proyecto oficial de retenciones).
Pero al cúmulo de logros se agregaron falencias que les fueron echadas en cara por propios y por ajenos. La radicalización de la protesta que lideraron algunos de ellos terminó pareciéndose a la prepotencia kirchnerista para mover las retenciones a su antojo. Con Alfredo de Angeli a la cabeza, algunos grupos ruralistas adquirieron posiciones que rozaron con lo ilegal y con lo práctico. En el primer punto, cortaron rutas por tanto tiempo que pusieron en peligro el abastecimiento de alimentos y entorpecieron en demasía la libre circulación. Si la queja del campo, entre otras cuestiones, apuntó a una actitud cuasi ilegal por parte del Gobierno nacional, lo lógico era reclamar cumpliendo con lo que marca la legalidad. En lo que se refiere a lo práctico, la dureza de algunas posturas terminó minando el apoyo popular que al principio de su lucha habían conseguido. Gran parte de la sociedad se hartó de los gritos, de los piquetes y de los reclamos que comenzaron involucrando a toda la población, pero terminaron dejando la sensación de que no era más que un reclamo sectorial.
En ese punto, el reclamo agrario también mostró la hilacha. Con inteligencia, al advertir el desagrado social la Mesa de Enlace, tras el voto "no positivo", optó por moderar su protesta y por encarar acciones que no afectaran al resto de la ciudadanía. Su decisión fue acertada. Sin embargo, quedó flotando una sensación rara entre una gran parte de la familia agropecuaria en todo el país: se consiguió frenar el alza de las retenciones, pero los pequeños productores continuaron con problemas financieros, la lechería sigue en crisis, los ganaderos (en especial los pequeños y los medianos) están casi fundidos y las economías regionales olvidadas en la lista de reclamos del ahora -en lo político- poderoso campo argentino.
Por ello, por estos días la Mesa de Enlace conmemorará un aniversario con sabor agridulce, porque su voz se escucha y resuena con fuerza hasta en el Congreso de la Nación (la dirigencia agraria logró 18 escaños en Diputados, uno de ellos -Juan Casañas- tucumano), pero las bases, los pequeños productores del interior del país, están disconformes. Los líderes de las entidades plantean, con lógica y razón, dar pelea a través del Parlamento. Pero los deangelis viven otra realidad, una de vacas flacas y problemas urgentes, que los empuja cada vez más cerca de las rutas que antaño supieron copar.
El desafío, dos años después de aquel 11 de marzo histórico, es no reaccionar 24 meses después, como lo hicieron gracias a la 125. El cada cual atiende su juego que desde 2002 (tras la devaluación, cuando el campo comenzó a ser rentable nuevamente) y hasta 2008 practicaron los ruralistas los llevó a una situación límite; los obligó a participar activamente de la cosa pública. Algunos viejos dirigentes del agro tucumano aún suspiran y debaten sobre qué distinto hubiese sido todo para el sector si mucho antes de los Kirchner, o apenas llegados ellos al poder, se hubiesen organizado y pugnado por sus derechos o por bancas en el Congreso. Quizás hoy no se hablaría de crisis lechera, ganadera o granaria. Quizás se aplicarían otras políticas para el campo. Quizás, como en Brasil, tendrían un bloque más poderoso en el Parlamento. Pero todo ello ya pasó y los quizás sirven de poco. O de mucho. Tendrán valía si lo pasado sirve para fortalecer lo futuro. Para que, de aquí en más, los dirigentes del campo sean como hormigas, que sin prisa pero sin pausa, construyen lo suyo y no sólo se movilizan cuando les patean el hormiguero.
Hasta hace dos años, los ruralistas de todo el país -ya fueran los que integraban alguna de las cuatro grandes entidades agrarias o los independientes- eran como actores de reparto: la película del avance estatal ya había comenzando hacía rato, pero ellos sólo aparecían en escena espasmódicamente y como personajes con escasa fuerza. Pero el agua helada que les tiró encima Lousteau los espabiló y rápidamente la Sociedad Rural Argentina, las Confederaciones Rurales Argentinas, la Federación Agraria Argentina y la Confederación Intercooperativa Agropecuaria (Coninagro) conformaron la Mesa de Enlace. Ese conjunto de dirigentes con ideologías distintas, de representados de diferentes sectores del agro y con enfrentamientos históricos diversos, logró estrechar sus manos y hacer escuchar su voz.
La Mesa de Enlace hizo historia por lo que consiguió para el campo (frenó la aplicación de la Resolución 125), por lo que representaron para hasta el entonces casi invencible kirchnerismo (la protesta hizo mella en la buena imagen que hasta el momento tenía el matrimonio K) y por lo que significaron para la oposición (Julio Cobos pasó a ser la figura preponderante de la oposición con su voto "no positivo" al proyecto oficial de retenciones).
Pero al cúmulo de logros se agregaron falencias que les fueron echadas en cara por propios y por ajenos. La radicalización de la protesta que lideraron algunos de ellos terminó pareciéndose a la prepotencia kirchnerista para mover las retenciones a su antojo. Con Alfredo de Angeli a la cabeza, algunos grupos ruralistas adquirieron posiciones que rozaron con lo ilegal y con lo práctico. En el primer punto, cortaron rutas por tanto tiempo que pusieron en peligro el abastecimiento de alimentos y entorpecieron en demasía la libre circulación. Si la queja del campo, entre otras cuestiones, apuntó a una actitud cuasi ilegal por parte del Gobierno nacional, lo lógico era reclamar cumpliendo con lo que marca la legalidad. En lo que se refiere a lo práctico, la dureza de algunas posturas terminó minando el apoyo popular que al principio de su lucha habían conseguido. Gran parte de la sociedad se hartó de los gritos, de los piquetes y de los reclamos que comenzaron involucrando a toda la población, pero terminaron dejando la sensación de que no era más que un reclamo sectorial.
En ese punto, el reclamo agrario también mostró la hilacha. Con inteligencia, al advertir el desagrado social la Mesa de Enlace, tras el voto "no positivo", optó por moderar su protesta y por encarar acciones que no afectaran al resto de la ciudadanía. Su decisión fue acertada. Sin embargo, quedó flotando una sensación rara entre una gran parte de la familia agropecuaria en todo el país: se consiguió frenar el alza de las retenciones, pero los pequeños productores continuaron con problemas financieros, la lechería sigue en crisis, los ganaderos (en especial los pequeños y los medianos) están casi fundidos y las economías regionales olvidadas en la lista de reclamos del ahora -en lo político- poderoso campo argentino.
Por ello, por estos días la Mesa de Enlace conmemorará un aniversario con sabor agridulce, porque su voz se escucha y resuena con fuerza hasta en el Congreso de la Nación (la dirigencia agraria logró 18 escaños en Diputados, uno de ellos -Juan Casañas- tucumano), pero las bases, los pequeños productores del interior del país, están disconformes. Los líderes de las entidades plantean, con lógica y razón, dar pelea a través del Parlamento. Pero los deangelis viven otra realidad, una de vacas flacas y problemas urgentes, que los empuja cada vez más cerca de las rutas que antaño supieron copar.
El desafío, dos años después de aquel 11 de marzo histórico, es no reaccionar 24 meses después, como lo hicieron gracias a la 125. El cada cual atiende su juego que desde 2002 (tras la devaluación, cuando el campo comenzó a ser rentable nuevamente) y hasta 2008 practicaron los ruralistas los llevó a una situación límite; los obligó a participar activamente de la cosa pública. Algunos viejos dirigentes del agro tucumano aún suspiran y debaten sobre qué distinto hubiese sido todo para el sector si mucho antes de los Kirchner, o apenas llegados ellos al poder, se hubiesen organizado y pugnado por sus derechos o por bancas en el Congreso. Quizás hoy no se hablaría de crisis lechera, ganadera o granaria. Quizás se aplicarían otras políticas para el campo. Quizás, como en Brasil, tendrían un bloque más poderoso en el Parlamento. Pero todo ello ya pasó y los quizás sirven de poco. O de mucho. Tendrán valía si lo pasado sirve para fortalecer lo futuro. Para que, de aquí en más, los dirigentes del campo sean como hormigas, que sin prisa pero sin pausa, construyen lo suyo y no sólo se movilizan cuando les patean el hormiguero.






