10 Marzo 2010 Seguir en 
Ocioso sería destacar la importancia que los museos tienen en la vida cultural de una comunidad. Aparte del sabido valor científico de los elementos que atesora -y que interesan prácticamente a todas las disciplinas- cumple el museo una serie amplia y variada de roles: desde afirmar la identidad de un pueblo al mostrarle los testimonios de su pasado, hasta disparar en quien los visita inquietudes y curiosidades.
En otro orden, además, pocas atracciones turísticas son comparables al museo. Bien conocemos la dimensión que esto tiene en Europa, desde época inmemorial, como también es sabido que la seducción de tales centros, lejos de disminuir, tiende notoriamente a crecer. Por eso a cada rato nos enteramos de países que realizan cuantiosas inversiones para contar con museos nuevos, o para mejorar de raíz los existentes.
Es lamentable que no ocurra así entre nosotros. Los edificios nuevos y específicamente construidos para museos en la Argentina, pueden contarse con los dedos; aunque no sea justo olvidar que una de las excepciones está en Tucumán, con el que la Fundación Lillo se apresta a habilitar. El mayor número funciona en inmuebles antiguos, con las deficiencias inevitables de esa localización. Y no parecen interesar a las instituciones privadas: casi todos pertenecen al Estado, que suele destinarles el último lugar, al elaborar el presupuesto oficial de gastos e inversiones.
En ese contexto, y con específica referencia a nuestro medio, interesa comentar apreciaciones que la museóloga Sara Peña de Bascary hizo durante la entrevista que publicamos el domingo. Expresó que los tucumanos no se interesan por sus museos, porque directamente no los conocen, ya que no los visitan. Con alguna excepción, hasta ha caído en desuso la costumbre de las escuelas, de llevar a sus alumnos para recorrerlos. Observó que los únicos que ingresan a los museos son los turistas, y piensa que en esa indiferencia local por el patrimonio, puede residir una de las causas del escaso presupuesto que poseen.
Se trata de una cuestión digna de meditarse. Parece evidente que necesitamos con urgencia formar una "cultura de los museos". Tarea que debe iniciarse en las escuelas y colegios, por medio de frecuentes y detenidas visitas a esos centros, complementadas con clases específicas sobre su patrimonio. Cabe suponer que los frutos serían notables: se graba mucho más en el interés de un escolar, por ejemplo, la Batalla de Tucumán, si en vez de leer un texto puede apreciar objetos, imágenes y documentos de época sobre el suceso.
El Estado tiene que dotar de presupuestos dignos a esas instituciones. Pero también la comunidad debiera apoyarlas, con aportes de sus empresas y comercios, y con donaciones particulares, como las que son cosa común en Europa y en Estados Unidos. Porque un Museo no sólo requiere dinero para pagar sueldos y servicios, conservar lo que tiene y exhibirlo más o menos decorosamente. Debe estar en aptitud de adquirir nuevas piezas; de restaurar las que posee; de costear actividades científicas vinculadas con su patrimonio; de equiparse con las tecnologías informáticas modernas; de contar con bibliotecas especializadas y depósitos especialmente acondicionados para su caudal, etcétera.
En suma, gobierno y pueblo están en deuda con estas instituciones, cuya vida transcurre en el silencio y gracias al esfuerzo de sus encargados. Solemos mencionar con orgullo su existencia, pero en los hechos no las visitamos ni las apoyamos, a pesar de que involucran aspectos entrañables de nuestra cultura. Este año del Bicentenario está íntimamente vinculado con el patrimonio histórico de la Nación y de las provincias. Sería la ocasión adecuada para iniciar, en ese sentido, una nueva etapa.
En otro orden, además, pocas atracciones turísticas son comparables al museo. Bien conocemos la dimensión que esto tiene en Europa, desde época inmemorial, como también es sabido que la seducción de tales centros, lejos de disminuir, tiende notoriamente a crecer. Por eso a cada rato nos enteramos de países que realizan cuantiosas inversiones para contar con museos nuevos, o para mejorar de raíz los existentes.
Es lamentable que no ocurra así entre nosotros. Los edificios nuevos y específicamente construidos para museos en la Argentina, pueden contarse con los dedos; aunque no sea justo olvidar que una de las excepciones está en Tucumán, con el que la Fundación Lillo se apresta a habilitar. El mayor número funciona en inmuebles antiguos, con las deficiencias inevitables de esa localización. Y no parecen interesar a las instituciones privadas: casi todos pertenecen al Estado, que suele destinarles el último lugar, al elaborar el presupuesto oficial de gastos e inversiones.
En ese contexto, y con específica referencia a nuestro medio, interesa comentar apreciaciones que la museóloga Sara Peña de Bascary hizo durante la entrevista que publicamos el domingo. Expresó que los tucumanos no se interesan por sus museos, porque directamente no los conocen, ya que no los visitan. Con alguna excepción, hasta ha caído en desuso la costumbre de las escuelas, de llevar a sus alumnos para recorrerlos. Observó que los únicos que ingresan a los museos son los turistas, y piensa que en esa indiferencia local por el patrimonio, puede residir una de las causas del escaso presupuesto que poseen.
Se trata de una cuestión digna de meditarse. Parece evidente que necesitamos con urgencia formar una "cultura de los museos". Tarea que debe iniciarse en las escuelas y colegios, por medio de frecuentes y detenidas visitas a esos centros, complementadas con clases específicas sobre su patrimonio. Cabe suponer que los frutos serían notables: se graba mucho más en el interés de un escolar, por ejemplo, la Batalla de Tucumán, si en vez de leer un texto puede apreciar objetos, imágenes y documentos de época sobre el suceso.
El Estado tiene que dotar de presupuestos dignos a esas instituciones. Pero también la comunidad debiera apoyarlas, con aportes de sus empresas y comercios, y con donaciones particulares, como las que son cosa común en Europa y en Estados Unidos. Porque un Museo no sólo requiere dinero para pagar sueldos y servicios, conservar lo que tiene y exhibirlo más o menos decorosamente. Debe estar en aptitud de adquirir nuevas piezas; de restaurar las que posee; de costear actividades científicas vinculadas con su patrimonio; de equiparse con las tecnologías informáticas modernas; de contar con bibliotecas especializadas y depósitos especialmente acondicionados para su caudal, etcétera.
En suma, gobierno y pueblo están en deuda con estas instituciones, cuya vida transcurre en el silencio y gracias al esfuerzo de sus encargados. Solemos mencionar con orgullo su existencia, pero en los hechos no las visitamos ni las apoyamos, a pesar de que involucran aspectos entrañables de nuestra cultura. Este año del Bicentenario está íntimamente vinculado con el patrimonio histórico de la Nación y de las provincias. Sería la ocasión adecuada para iniciar, en ese sentido, una nueva etapa.






