Las cenizas de dos tucumanos ilustres

09 Marzo 2010
Honrar la memoria de los grandes servidores del país, tiene que constituir parte obligada de la conmemoración del Bicentenario. Y ese deber de gratitud y de reconocimiento se hace aún más urgente, si cabe, cuando  se refiere a quienes actuaron precisamente en la época en que nacía nuestra patria, entre las sangrientas luchas que le demandó librarse del dominio español.
Nos interesan, en este caso, dos próceres: el doctor Bernardo de Monteagudo y el doctor Ildefonso de las Muñecas. Son hombres que, nacidos en Tucumán, tienen indiscutible estatura argentina y latinoamericana. El ámbito en que ejercieron su acción excede largamente el marco tucumano y argentino, como lo ilustran de sobra sus biografías.
Monteagudo actuó en la insurrección de Chuquisaca de 1809 y fue secretario del Ejército del Norte. Luego, en Buenos Aires, como periodista, encarnó al más ardiente defensor de la empresa independientista. El general San Martín lo asoció a su campaña libertadora, primero como auditor y secretario de guerra, y luego como su ministro, en el gobierno del Perú. Un cobarde atentado cerró su carrera en una calle de Lima, en 1825.
Por su lado, el doctor Muñecas se convirtió, en el Alto Perú, en uno de los líderes de la insurrección de los indígenas contra los realistas, conocida como "Guerra de las republiquetas". Comandó a su gente en batallas y sobre todo en audaces operaciones de guerrilla, que atormentaban constantemente a los ejércitos reales. Colaboró con Rondeau y con Arenales. El general San Martín, en su proclama a los altoperuanos de 1814, los incitaba a seguir el ejemplo de Muñecas. Capturado finalmente por los realistas, lo ultimaron sin juicio alguno dos días antes de nuestra declaración de la Independencia, el 7 de julio de 1816.
No se trata de rendir homenaje a estos próceres con placas y discursos, aunque eso también deba hacerse. La cuestión es que debemos tomar medidas para que los restos de ambos sean guardados como corresponde, cosa que hasta hoy no ocurre.
En el caso de Monteagudo, hace dos años nuestro diario, en su columna de evocación histórica, denunció que sus restos -traídos de Lima en 1918 por la fragata Sarmiento- carecen aún de tumba propia. Se hallan en la parte posterior del mausoleo del general Pablo Ricchieri, en la Recoleta. Marca esa ubicación una minúscula placa, al lado de la cual dejan apoyadas sus escobas los obreros del cementerio.
En el caso de Muñecas, sus restos están en la iglesia de Huaqui, y el Gobierno de Bolivia ha consentido en devolverlos al país. En junio de 2008 y a pedido de la Cancillería, la Academia Nacional de la Historia se expidió favorablemente en tal sentido. Pero los trámites quedaron en ese punto, según nuestras noticias.
Parece obvio que Tucumán debe adoptar las providencias dirigidas a que vuelvan a la tierra donde nacieron, las cenizas de Monteagudo y de Muñecas. Para que se las guarde en un marco de dignidad y para que la ciudadanía pueda tributarles su homenaje. Hablamos de traer los restos de ambos próceres a Tucumán y colocarlos en mausoleos adecuados, que deben emplazarse, nos parece, en nuestro cementerio histórico, que es el del Oeste. Esto en lugar de ubicarlos en edificios, como se hizo desacertadamente con el féretro del doctor Juan Bautista Alberdi en 1991.
Es importante subrayar que los mausoleos deben estar indefectiblemente listos antes de que se traigan los restos. Para que no se reitere lo que sucedió con las cenizas de Lola Mora, que debieron aguardar veinte años, en un cantero de la Casa de la Cultura, hasta que se habilitó, en el cementerio del Oeste, un tumba digna para la gran artista.
Cumplir estos tributos de gratitud no demanda ningún costo importante y sí una sostenida diligencia en los trámites. Sería significativo encarar, este año del Bicentenario, esa tarea de innegable justicia.

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