LA GACETA
"Tenía pensado conseguir algo de dinero para expandir un poco el negocio, porque las ventas andan bien, pero la verdad es que me atemoriza lo que puede pasar en el país, porque se teme que el Gobierno nacional no dispondrá de recursos para cubrir sus déficits, y todo se termine desplomando". La visión de la coyuntura de un pequeño empresario del rubro alimenticio grafica de alguna manera la sensación que invade por estos días a quienes acostumbran a arriesgar su capital para hacer negocios. La consigna parece ser "esperar hasta que aclare".
O sea, no necesariamente la economía anda mal, o contraída. Lo que preocupa es la incertidumbre y la noción de que en cualquier momento las autoridades nacionales podrían declararse en retirada, y dejar el tendal. La situación de rebeldía en la que incurrió la presidenta Cristina Kirchner, cuando deslizó que no acatará el fallo judicial que le prohibía hacer uso de las reservas del Banco Central para pagar deudas, no hizo otra cosa que acentuar la sensación de inestabilidad, la peor enemiga de los proyectos a mediano y largo plazo. El estado de crispación que trasunta el oficialismo gobernante pone muy nerviosos a los inversores.
La gente común, en especial la clase media, no se olvida de que en cada crisis política grave en la Argentina, los que terminaron pagando siempre fueron los que confiaban en el sistema, en especial los ahorristas. Esta vez, sin embargo, los bancos están líquidos y soportan un nivel de endeudamiento en sus carteras relativamente bajo, de forma que no se esperan sobresaltos desde este ámbito, salvo que se produzca un caos generalizado que arrase con todo.
Como un fantasma del pasado, la inflación se aparece para revivir viejos miedos en quienes tienen cierta cantidad de años, y para generar pánico entre quienes se iniciaron con la estabilidad de los 90. La población observa con gran preocupación que los precios suben en forma sostenida, y no sabe si gastar el dinero para ganarle a la inflación, o si guardar para contar con recursos para afrontar una posible crisis futura. El problema es que ni el colchón ni los bancos pueden ganarle a la inflación. Tal vez por eso algunas entidades financieras que operan con tarjetas de crédito salieron a promover el consumo con plásticos en cómodas cuotas sin interés a través de grandes cadenas de artículos para el hogar. Una verdadera tentación en tiempos de inflación creciente y de gran inestabilidad política.
En Tucumán, los grandes proyectos están paralizados, y sólo avanzan obras encaradas con anterioridad, o las que no se pueden posponer. Hay indicios de problemas en la cadena de pagos, pero por ahora nada contundente. La inminencia de las cosechas de soja, limón y caña renueva las expectativas: las campañas son sinónimo de dinero fresco. Y para abonar aún más estas buenas señales, en los principales sectores productivos de la provincia se cree que los procesos a punto de empezar se presentan con pronósticos de saludable rentabilidad, diferente a los comienzos de otras temporadas.
Pero esta especie de "luz al final del túnel" no alcanza para compensar el desasosiego que invade a las actividades en general. En las últimas semanas, volvió a cobrar vigencia el ya tradicional reclamo empresario contra la presión fiscal en la provincia, que el sector privado considera demasiado alta, mientras que el Gobierno insiste en que se ubica dentro de la media nacional. Suele suceder que cuando los números no cierran o cuando el panorama de la economía se presenta poco claro resurgen las quejas contra los impuestos.
Como en tantas otras ocasiones, ser empresario en la Argentina vuelve a ser una actividad de alto riesgo, en el que cada paso que se da puede ser el último. Además de los cálculos de rentabilidades o de pérdidas, la estrategia de hoy parece centrarse en estar muy atentos a lo que pasa en el plano político nacional.
O sea, no necesariamente la economía anda mal, o contraída. Lo que preocupa es la incertidumbre y la noción de que en cualquier momento las autoridades nacionales podrían declararse en retirada, y dejar el tendal. La situación de rebeldía en la que incurrió la presidenta Cristina Kirchner, cuando deslizó que no acatará el fallo judicial que le prohibía hacer uso de las reservas del Banco Central para pagar deudas, no hizo otra cosa que acentuar la sensación de inestabilidad, la peor enemiga de los proyectos a mediano y largo plazo. El estado de crispación que trasunta el oficialismo gobernante pone muy nerviosos a los inversores.
La gente común, en especial la clase media, no se olvida de que en cada crisis política grave en la Argentina, los que terminaron pagando siempre fueron los que confiaban en el sistema, en especial los ahorristas. Esta vez, sin embargo, los bancos están líquidos y soportan un nivel de endeudamiento en sus carteras relativamente bajo, de forma que no se esperan sobresaltos desde este ámbito, salvo que se produzca un caos generalizado que arrase con todo.
Como un fantasma del pasado, la inflación se aparece para revivir viejos miedos en quienes tienen cierta cantidad de años, y para generar pánico entre quienes se iniciaron con la estabilidad de los 90. La población observa con gran preocupación que los precios suben en forma sostenida, y no sabe si gastar el dinero para ganarle a la inflación, o si guardar para contar con recursos para afrontar una posible crisis futura. El problema es que ni el colchón ni los bancos pueden ganarle a la inflación. Tal vez por eso algunas entidades financieras que operan con tarjetas de crédito salieron a promover el consumo con plásticos en cómodas cuotas sin interés a través de grandes cadenas de artículos para el hogar. Una verdadera tentación en tiempos de inflación creciente y de gran inestabilidad política.
En Tucumán, los grandes proyectos están paralizados, y sólo avanzan obras encaradas con anterioridad, o las que no se pueden posponer. Hay indicios de problemas en la cadena de pagos, pero por ahora nada contundente. La inminencia de las cosechas de soja, limón y caña renueva las expectativas: las campañas son sinónimo de dinero fresco. Y para abonar aún más estas buenas señales, en los principales sectores productivos de la provincia se cree que los procesos a punto de empezar se presentan con pronósticos de saludable rentabilidad, diferente a los comienzos de otras temporadas.
Pero esta especie de "luz al final del túnel" no alcanza para compensar el desasosiego que invade a las actividades en general. En las últimas semanas, volvió a cobrar vigencia el ya tradicional reclamo empresario contra la presión fiscal en la provincia, que el sector privado considera demasiado alta, mientras que el Gobierno insiste en que se ubica dentro de la media nacional. Suele suceder que cuando los números no cierran o cuando el panorama de la economía se presenta poco claro resurgen las quejas contra los impuestos.
Como en tantas otras ocasiones, ser empresario en la Argentina vuelve a ser una actividad de alto riesgo, en el que cada paso que se da puede ser el último. Además de los cálculos de rentabilidades o de pérdidas, la estrategia de hoy parece centrarse en estar muy atentos a lo que pasa en el plano político nacional.






