08 Marzo 2010 Seguir en 
Felizmente superados los problemas salariales que tensaban la relación de los docentes con el Gobierno de la Provincia, hoy se inicia el período lectivo en Tucumán. No es uno más, un nuevo "día entre los días", a poco que se medite. El adulto más cargado de años y de decepciones, no puede dejar de sentir que algo se mueve en su sentimiento y en sus recuerdos más entrañables, cuando ve reiniciarse el ir y volver de los niños a la escuela.
Es como una evidencia de que, por revueltos que estén el mundo y la vida de la gente que lo habita, hay algo que no cambia. La generación tierna se encamina, un año más, rumbo a las aulas. Allí la espera una enorme estructura de personas dispuestas a entregarles conocimientos y, al mismo tiempo, a prepararlos para desarrollar en el futuro una existencia que los haga sentirse seres dignos y útiles a sus semejantes.
Por más críticas y quejas que se disparen al sistema educativo, si hay algo que no puede negarse es que cubre todo el país. Hasta en los más alejados y apartados rincones, puede verse una escuela, a veces conmovedoramente humilde, en cuyo techo flamea la bandera nacional y en cuyo interior se realiza un esfuerzo formativo digno de todo reconocimiento. Esto además de la tarea social que los establecimientos cumplen por añadidura.
Magna misión es la del maestro. Juan B. Terán marcaba como urgencia nacional -hace ya más de ocho décadas- la necesidad de "espiritualizar nuestra escuela". Sostenía que el fin de la enseñanza "no puede estar encerrado en la formación de una salud robusta, en la capacidad práctica para la vida, en la adquisición científica, en el desarrollo del sentimiento estético, si son concebidos como fines en sí. Han de ser considerados, al contrario, como colaboraciones para formar un ser moral, con libertad y con responsabilidad, es decir proyectado en un plano trascendente".
Hemos asentado apreciaciones, otras veces, sobre la importancia clave que reviste la acción del hogar en muchos terrenos relativos a la formación de los menores. En ninguno de ellos esto se plantea con tanta nitidez como en la apertura del año lectivo. Se ha repetido muchas veces que la acción de la escuela no reemplaza a la del hogar, sino que ambas deben complementarse recíprocamente.
Pero tan indiscutible verdad debe ir más allá de la enunciación y plasmarse realmente en la práctica. No basta que los padres tomen los recaudos enderezados a que sus hijos vayan a educarse, como es, últimamente, su concreta obligación legal. Existe otra tarea que también se inicia hoy. Consiste en nada menos que crear el ambiente y tomar las medidas para que las horas que se pasan en la escuela tengan verdaderamente fruto.
Instalar hábitos de estudio regulares; interiorizarse a conciencia de las tareas que prescribe el maestro y acompañar al hijo para que solucione por sí mismo sus dificultades; disponer una razonable división entre las horas dedicadas al estudio y las dedicadas a la diversión; fomentar las amistades escolares positivas y desalentar las que no lo sean, constituyen, por ejemplo, actividades que los jefes de hogar tienen obligación de ejecutar, aun superando el natural cansancio con que llegan a su casa tras la jornada de trabajo.
Ha de experimentar el menor la sensación de que su educación es cosa de gran importancia para sus padres. Y éstos deben demostrarlo, también, en la periódica entrevista con los preceptores, así como en la disposición a participar en toda actividad donde la escuela requiera su concurso. Ello además de evidenciar una actitud de solidaridad y de respaldo con todo lo que disponen los maestros respecto del aprendizaje.
En fin, comienzan las clases y, con ellas, se inicia también en el hogar un período que requiere atención, preocupación, vigilancia. Los progenitores deben asumirlo y llenarlo a conciencia.
Es como una evidencia de que, por revueltos que estén el mundo y la vida de la gente que lo habita, hay algo que no cambia. La generación tierna se encamina, un año más, rumbo a las aulas. Allí la espera una enorme estructura de personas dispuestas a entregarles conocimientos y, al mismo tiempo, a prepararlos para desarrollar en el futuro una existencia que los haga sentirse seres dignos y útiles a sus semejantes.
Por más críticas y quejas que se disparen al sistema educativo, si hay algo que no puede negarse es que cubre todo el país. Hasta en los más alejados y apartados rincones, puede verse una escuela, a veces conmovedoramente humilde, en cuyo techo flamea la bandera nacional y en cuyo interior se realiza un esfuerzo formativo digno de todo reconocimiento. Esto además de la tarea social que los establecimientos cumplen por añadidura.
Magna misión es la del maestro. Juan B. Terán marcaba como urgencia nacional -hace ya más de ocho décadas- la necesidad de "espiritualizar nuestra escuela". Sostenía que el fin de la enseñanza "no puede estar encerrado en la formación de una salud robusta, en la capacidad práctica para la vida, en la adquisición científica, en el desarrollo del sentimiento estético, si son concebidos como fines en sí. Han de ser considerados, al contrario, como colaboraciones para formar un ser moral, con libertad y con responsabilidad, es decir proyectado en un plano trascendente".
Hemos asentado apreciaciones, otras veces, sobre la importancia clave que reviste la acción del hogar en muchos terrenos relativos a la formación de los menores. En ninguno de ellos esto se plantea con tanta nitidez como en la apertura del año lectivo. Se ha repetido muchas veces que la acción de la escuela no reemplaza a la del hogar, sino que ambas deben complementarse recíprocamente.
Pero tan indiscutible verdad debe ir más allá de la enunciación y plasmarse realmente en la práctica. No basta que los padres tomen los recaudos enderezados a que sus hijos vayan a educarse, como es, últimamente, su concreta obligación legal. Existe otra tarea que también se inicia hoy. Consiste en nada menos que crear el ambiente y tomar las medidas para que las horas que se pasan en la escuela tengan verdaderamente fruto.
Instalar hábitos de estudio regulares; interiorizarse a conciencia de las tareas que prescribe el maestro y acompañar al hijo para que solucione por sí mismo sus dificultades; disponer una razonable división entre las horas dedicadas al estudio y las dedicadas a la diversión; fomentar las amistades escolares positivas y desalentar las que no lo sean, constituyen, por ejemplo, actividades que los jefes de hogar tienen obligación de ejecutar, aun superando el natural cansancio con que llegan a su casa tras la jornada de trabajo.
Ha de experimentar el menor la sensación de que su educación es cosa de gran importancia para sus padres. Y éstos deben demostrarlo, también, en la periódica entrevista con los preceptores, así como en la disposición a participar en toda actividad donde la escuela requiera su concurso. Ello además de evidenciar una actitud de solidaridad y de respaldo con todo lo que disponen los maestros respecto del aprendizaje.
En fin, comienzan las clases y, con ellas, se inicia también en el hogar un período que requiere atención, preocupación, vigilancia. Los progenitores deben asumirlo y llenarlo a conciencia.






