06 Marzo 2010 Seguir en 
No es necesario acumular argumentos para demostrar lo que todo el mundo conoce. En ese orden, figura el hecho de que las adicciones constituyen el máximo flagelo de la sociedad contemporánea, aquí y en todo el planeta. Flagelo que no sólo se mantiene, sino que crece peligrosamente, a pesar de los esfuerzos que los gobiernos e instituciones hacen para contrarrestarlo.
De esa realidad, surge como un obvio imperativo la exigencia de contar con las instituciones adecuadas, para que los enfermos adictos puedan ser sometidos a las correspondientes terapias. Porque hace ya muchos años que expertos y especialistas han demostrado que, para poder salir de una adicción -cosa que no siempre se logra-, el afectado tiene que recibir una serie de tratamientos específicos, que solamente los centros idóneos pueden proporcionar.
Así las cosas, parece evidente que en una comunidad que aspira a organizar modernamente sus servicios de salud, los temas de referencia deben constituir, en la época en que estamos viviendo, una prioridad fundamental.
En nuestra edición de ayer, se informa el inquietante estado de la cuestión en Tucumán. La Justicia se aprestaba a trasladar ocho reos del penal de Villa Urquiza al hospital psiquiátrico Obarrio, para que se los desintoxique por su adicción a las drogas. Sin embargo, la directora de esta última institución, declaró a LA GACETA que no está en condiciones de recibirlos. Su sala de enfermos agudos está colmada, y solamente existen allí 16 camas.
Asimismo, la directora recordó que el Obarrio se especializa en otro tipo de asistencia, que no está vinculada específicamente con las adicciones. Por eso sería necesario, dijo, que cada interno que se reciba -cuando esto sea posible- vaya acompañado por un oficial. El destacamento del hospital cuenta con un solo policía, y puede generar tensiones mezclar en el mismo ámbito pacientes que padezcan problemas de abuso de drogas con, por ejemplo, los afectados por determinados trastornos de personalidad.
Lo que surge de todo esto es que Tucumán no tiene capacidad suficiente para encarar la terapia por adicciones, en forma específica. Debe enviar esos enfermos a un centro, el Obarrio, que no sólo posee un exiguo número de camas sino que, además, no está organizado para aplicar las terapias que los casos de drogadicción exigen.
Es decir que, mientras en la calle el problema de la droga no hace más que incrementarse de manera exponencial, y afecta desde los niños hacia arriba, no nos hemos puesto en aptitud de enfrentar semejante cuadro. No tenemos instalados centros que posean esa especialidad y que cuenten, al mismo tiempo, con la adecuada capacidad de internación para un eficaz tratamiento. Al parecer, la realidad ha pasado por encima de nosotros y nos supera.
Creemos que una situación de esa naturaleza resulta sobremanera preocupante. Su reversión debe entenderse, reiteramos, como una acuciante prioridad. Tucumán tiene que contar con esos centros de atención y tratamiento que actualmente le faltan. Sabido es que en nuestro medio existen los profesionales debidamente capacitados para ese particular cometido.
No se nos escapa que una dotación como la sugerida, habrá de representar un considerable esfuerzo económico para las arcas del Estado. Pero se trata de esa índole de obras que deben ejecutarse a costa de cualquier sacrificio, porque en ellas está involucrada nada menos que la salud de la población, en especial la de los jóvenes.
Corresponde, entonces, abocarse con urgencia al problema, y buscar la financiación del caso. Somos responsables, ante la generación presente y las venideras, de asumir los problemas de adicción y de enfrentarlos de manera contundente y práctica. No puede prolongarse por más tiempo el cuadro actual.
De esa realidad, surge como un obvio imperativo la exigencia de contar con las instituciones adecuadas, para que los enfermos adictos puedan ser sometidos a las correspondientes terapias. Porque hace ya muchos años que expertos y especialistas han demostrado que, para poder salir de una adicción -cosa que no siempre se logra-, el afectado tiene que recibir una serie de tratamientos específicos, que solamente los centros idóneos pueden proporcionar.
Así las cosas, parece evidente que en una comunidad que aspira a organizar modernamente sus servicios de salud, los temas de referencia deben constituir, en la época en que estamos viviendo, una prioridad fundamental.
En nuestra edición de ayer, se informa el inquietante estado de la cuestión en Tucumán. La Justicia se aprestaba a trasladar ocho reos del penal de Villa Urquiza al hospital psiquiátrico Obarrio, para que se los desintoxique por su adicción a las drogas. Sin embargo, la directora de esta última institución, declaró a LA GACETA que no está en condiciones de recibirlos. Su sala de enfermos agudos está colmada, y solamente existen allí 16 camas.
Asimismo, la directora recordó que el Obarrio se especializa en otro tipo de asistencia, que no está vinculada específicamente con las adicciones. Por eso sería necesario, dijo, que cada interno que se reciba -cuando esto sea posible- vaya acompañado por un oficial. El destacamento del hospital cuenta con un solo policía, y puede generar tensiones mezclar en el mismo ámbito pacientes que padezcan problemas de abuso de drogas con, por ejemplo, los afectados por determinados trastornos de personalidad.
Lo que surge de todo esto es que Tucumán no tiene capacidad suficiente para encarar la terapia por adicciones, en forma específica. Debe enviar esos enfermos a un centro, el Obarrio, que no sólo posee un exiguo número de camas sino que, además, no está organizado para aplicar las terapias que los casos de drogadicción exigen.
Es decir que, mientras en la calle el problema de la droga no hace más que incrementarse de manera exponencial, y afecta desde los niños hacia arriba, no nos hemos puesto en aptitud de enfrentar semejante cuadro. No tenemos instalados centros que posean esa especialidad y que cuenten, al mismo tiempo, con la adecuada capacidad de internación para un eficaz tratamiento. Al parecer, la realidad ha pasado por encima de nosotros y nos supera.
Creemos que una situación de esa naturaleza resulta sobremanera preocupante. Su reversión debe entenderse, reiteramos, como una acuciante prioridad. Tucumán tiene que contar con esos centros de atención y tratamiento que actualmente le faltan. Sabido es que en nuestro medio existen los profesionales debidamente capacitados para ese particular cometido.
No se nos escapa que una dotación como la sugerida, habrá de representar un considerable esfuerzo económico para las arcas del Estado. Pero se trata de esa índole de obras que deben ejecutarse a costa de cualquier sacrificio, porque en ellas está involucrada nada menos que la salud de la población, en especial la de los jóvenes.
Corresponde, entonces, abocarse con urgencia al problema, y buscar la financiación del caso. Somos responsables, ante la generación presente y las venideras, de asumir los problemas de adicción y de enfrentarlos de manera contundente y práctica. No puede prolongarse por más tiempo el cuadro actual.






