04 Marzo 2010 Seguir en 
El ochenta por ciento de los homicidios perpetrados en Tucumán, de acuerdo a estadísticas de la Policía, están vinculados con el consumo de alcohol. Hemos dedicado al tema una extensa nota en la sección Policiales de ayer.
En realidad, no es un secreto para nadie. A cada momento, la información sobre los delitos violentos se acompaña con el dato de que uno o todos sus protagonistas habían bebido más de lo prudente. Ya se sabe que la ingesta de alcohol dispara una serie de efectos peligrosos dentro del organismo. Uno de los profesionales consultados señaló que "a nivel cerebral, el alcohol inhibe los procesos que se gestan en el lóbulo frontal, sector ligado al control de los impulsos y al comportamiento social, entre otras funciones". Entonces, "una persona que de por sí es violenta, lo es mucho más cuando bebe, porque no tiene freno: se le inhibió la función de controlarse, y se convierte en un caballo desbocado".
No es la primera vez que el inquietante tema del abuso de bebidas ocupa nuestro comentario. Es conocido que, desde el poder público, existen una serie de normas tendientes a controlar el asunto. Ellas van desde la prohibición de expendio de bebidas a menores, o el control de alcoholemia en los automovilistas, hasta otras como la limitación de horario en ese tipo de negocio, pasando por las antiguas ordenanzas policiales que definen la respectiva contravención. A esto deben sumarse, es justo reconocerlo, las campañas de concientización que periódicamente realiza el Estado, a través de carteles callejeros o por los medios de comunicación. Debe tenerse en cuenta que el abuso de alcohol está vinculado a situaciones de postración social, que sería sobreabundante describir.
Pero nos interesa en este tema -como en varios otros que ha tocado esta columna- subrayar la necesidad de un entorno hogareño donde no se fomente esa grave adicción. Se trata de un punto que entendemos de mayúscula importancia, y sobre el cual no suele insistirse demasiado.
Es evidente que en una familia donde ambos progenitores -o uno de ellos- ingiera demasiado alcohol como cosa normal, y comente despectivamente las recomendaciones de contención en la bebida, puede esperarse con certeza que los hijos, en algún momento, comenzarán a obrar de manera similar. Hay que recordar que, en nuestro tiempo, la salida nocturna juvenil registra una enorme frecuencia, y que ella tiene a la ingesta de alcohol como cortejo principal. Es sabido que los jóvenes, a pesar de los límites de horario, se las arreglan para regresar a sus hogares al amanecer. Pensar que en un tiempo tan prolongado no beberán alcohol, o lo harán con mesura, suena a ingenuidad.
En este panorama es que aparece fundamental la acción de los jefes de familia. En primer término, les corresponde dar el ejemplo sobre el consumo de alcohol con suma moderación; y sería mejor que directamente no beban. Al mismo tiempo, les atañe, en la conversación casera, exponer serenamente todo el universo de consecuencias penosas que aguardan al bebedor. Sobrados ejemplos tendrán para proporcionarles, subrayando situaciones cotidianas al respecto, de las que siempre son testigos en el barrio o entre sus relaciones, además de lo ilustrativas que resultan las informaciones de la crónica policial.
Además de esto, corresponde a los progenitores estar atentos a la conducta de sus hijos: calibrar qué tipo de amistades tienen, qué hábitos desarrollan y qué lugares frecuentan. Y, si tuvieran la desgracia de verificar que han empezado a adquirir el hábito de la bebida, tomar las inmediatas providencias para detener tal proceso, con toda la autoridad que poseen, además, por cierto, del auxilio profesional adecuado. Pensamos que, dentro de la prevención el alcoholismo que constituye preocupación de todos los gobiernos, es necesario tener muy en cuenta el aspecto hogareño que marcamos.
En realidad, no es un secreto para nadie. A cada momento, la información sobre los delitos violentos se acompaña con el dato de que uno o todos sus protagonistas habían bebido más de lo prudente. Ya se sabe que la ingesta de alcohol dispara una serie de efectos peligrosos dentro del organismo. Uno de los profesionales consultados señaló que "a nivel cerebral, el alcohol inhibe los procesos que se gestan en el lóbulo frontal, sector ligado al control de los impulsos y al comportamiento social, entre otras funciones". Entonces, "una persona que de por sí es violenta, lo es mucho más cuando bebe, porque no tiene freno: se le inhibió la función de controlarse, y se convierte en un caballo desbocado".
No es la primera vez que el inquietante tema del abuso de bebidas ocupa nuestro comentario. Es conocido que, desde el poder público, existen una serie de normas tendientes a controlar el asunto. Ellas van desde la prohibición de expendio de bebidas a menores, o el control de alcoholemia en los automovilistas, hasta otras como la limitación de horario en ese tipo de negocio, pasando por las antiguas ordenanzas policiales que definen la respectiva contravención. A esto deben sumarse, es justo reconocerlo, las campañas de concientización que periódicamente realiza el Estado, a través de carteles callejeros o por los medios de comunicación. Debe tenerse en cuenta que el abuso de alcohol está vinculado a situaciones de postración social, que sería sobreabundante describir.
Pero nos interesa en este tema -como en varios otros que ha tocado esta columna- subrayar la necesidad de un entorno hogareño donde no se fomente esa grave adicción. Se trata de un punto que entendemos de mayúscula importancia, y sobre el cual no suele insistirse demasiado.
Es evidente que en una familia donde ambos progenitores -o uno de ellos- ingiera demasiado alcohol como cosa normal, y comente despectivamente las recomendaciones de contención en la bebida, puede esperarse con certeza que los hijos, en algún momento, comenzarán a obrar de manera similar. Hay que recordar que, en nuestro tiempo, la salida nocturna juvenil registra una enorme frecuencia, y que ella tiene a la ingesta de alcohol como cortejo principal. Es sabido que los jóvenes, a pesar de los límites de horario, se las arreglan para regresar a sus hogares al amanecer. Pensar que en un tiempo tan prolongado no beberán alcohol, o lo harán con mesura, suena a ingenuidad.
En este panorama es que aparece fundamental la acción de los jefes de familia. En primer término, les corresponde dar el ejemplo sobre el consumo de alcohol con suma moderación; y sería mejor que directamente no beban. Al mismo tiempo, les atañe, en la conversación casera, exponer serenamente todo el universo de consecuencias penosas que aguardan al bebedor. Sobrados ejemplos tendrán para proporcionarles, subrayando situaciones cotidianas al respecto, de las que siempre son testigos en el barrio o entre sus relaciones, además de lo ilustrativas que resultan las informaciones de la crónica policial.
Además de esto, corresponde a los progenitores estar atentos a la conducta de sus hijos: calibrar qué tipo de amistades tienen, qué hábitos desarrollan y qué lugares frecuentan. Y, si tuvieran la desgracia de verificar que han empezado a adquirir el hábito de la bebida, tomar las inmediatas providencias para detener tal proceso, con toda la autoridad que poseen, además, por cierto, del auxilio profesional adecuado. Pensamos que, dentro de la prevención el alcoholismo que constituye preocupación de todos los gobiernos, es necesario tener muy en cuenta el aspecto hogareño que marcamos.






