No fue sólo un choque de dos placas

Por Nora Vázquez de Argiró - Ex legisladora tucumana

23 Febrero 2010
Es difícil describir lo que se siente al saber que en la misma isla donde uno espera pasar una semana de vacaciones estalló el infierno de un terremoto. Cuando CNN mostró las primeras imágenes, un número reducido de turistas se dirigieron equipaje en mano al lobby del hotel, reclamando que les consiguieran pasajes aéreos a cualquier parte, cualquier cosa que los llevara lejos del miedo. La mayoría se quedó: unos confiados en su fe, otros entregados a su destino, no sin preguntarse si en realidad no estarían bailando en la cubierta del Titanic.
¿Qué pasó para que el país que fue el primero de América latina en declarar la independencia después de Estados Unidos (1804), aventajando en 40 años a su vecina República Dominicana; el primero en abolir la esclavitud y en constituir una nación negra, continúe hoy sin poder dirigir su destino, más esclavo que nunca de la pobreza, la enfermedad y la corrupción? A poco uno comprende. En Haití no chocaron sólo dos placas; también chocaron dos culturas. Pasó que hubo demasiadas guerras, demasiadas ocupaciones e intervenciones extranjeras, demasiadas dictaduras con ansias de perpetuarse en el poder y escasos períodos de esperanza, frustrados por gobernantes que generaron y luego traicionaron la fe de su pueblo en la libertad y en la democracia.
Años de bastardear las instituciones, de perseguir ambiciones personales y establecer sólo una democracia formal. Vale la pena reflexionar sobre las consecuencias. Los gobernantes no tienen la culpa del terremoto; sí tienen la responsabilidad de no haber sabido generar las condiciones de crecimiento que permitieran dar una respuesta lo mejor organizada posible, para minimizar los daños. Hoy, en ese país de cerca de nueve millones de almas, el sueño predominante de los jóvenes es poder emigrar, luchando contra la xenofobia, a un país extranjero. Y conseguir un trabajo que les permita enviar algún dinero a sus familias, lejos de su cultura y de sus afectos.
De todas las terribles imágenes que mostró la televisión rescato una: un músico ciego, que en medio del desastre cantaba: "No tengo boca para hablar lo que pasa en Haití…Haití está sufriendo… ayuden a Haití". Se debe ayudar sin duda a generar un cambio, respetando su diversidad cultural, sin aprovechar la oportunidad para acrecentar la injerencia de países poderosos en su destino. Prefiero guardar en mi memoria la imagen de dos adolescentes hijos de un matrimonio extranjero, uno biológico, otro adoptado, originario de la isla, jugando felices en la playa. Ellos me ayudan a pensar que tal vez otro mundo sea posible.

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