"Martín Redrado quiere quedarse con las reservas para perjudicar al gobierno". "El gobierno quiere quedarse con las reservas en perjuicio del país". "La jueza es amiga de los de la oposición por lo tanto va a favorecer a Redrado". "La justicia va a favorecer el planteo de Poder Ejecutivo porque el gobierno los maneja".
Tienen exactamente los mismos argumentos. Apelan a los mismos recursos. Si la Justicia no les da la razón afirman que el magistrado es amigo del otro y por lo tanto no sirve la sentencia. Van y vienen por la senda de la verdad, pero sólo para pisotearla. La República Argentina se ha convertido en una comedia de enredos porque el prejuicio y la prepotencia son las herramientas preferidas. El diálogo, amigo del entendimiento y portero de la verdad, es un agujero negro donde cabe todo.
Mirar la televisión sin volumen fue, en los últimos días, un buen ejercicio para comprender lo que estaba pasando. Hubo un asalto con toma de rehenes para llevarse mucha plata. Las imágenes de cualquier atraco que se suele ver no eran muy distintas. Incluso la aparición de los jueces que siempre son llamados para auxiliar a la policía. La violencia y la agresividad eran las mismas.
Esta vez faltó el mediador. Tampoco hacía falta porque en la Argentina no hay ninguna intención de ponerse de acuerdo. Es inimaginable ver a Martín Redrado y a Cristina Fernández de Kirchner sentados en medio de la plaza tratando de llegar a una solución, por caminos legales y en beneficio de todos. Sólo se oirán acusaciones por las historias personales de cada uno o por sus compañeros de cruzadas (compartidos en algunos casos) pero no sobre los problemas que se deben superar. Cuando las verdades no son contrapuestas cara a cara las mentiras se zambullen y navegan con facilidad.
La Argentina ha demostrado en estos cuatro últimos días el grado de deterioro en el que cayó porque no hay justicia ni ley que sean respetadas como límites de conductas y, donde no hay límites, habrá desbordes.
Si se apaga el televisor las imágenes de la vida cotidiana muestran que la prepotencia, la violencia, la falta de respeto a la ley y a las buenas costumbres no están reservadas al poder; también andan en taxi, están en las peatonales o en el cordón de la vereda mientras se espera el ómnibus.
La moneda cayó de canto
Los adecuados modales institucionales no figuran en el ceremonial de la primera década del siglo XXI. Un paradigma kirchnerista es forzar todo a una intolerante instancia. "O están conmigo o no". "Y, si pierdo, nos vamos". Aquella noche en que Julio Cobos dio su no positivo, la reacción en la Casa Rosada no fue buscar razones, entender el mensaje o rescatar la experiencia. "Hagamos las valijas y les dejemos el infierno". Una pobre reacción para una persona a la que se le delegó todo en el cuarto oscuro.
Es la apuesta del jugadora todo o nada. Lo peligroso que se apuesta un país y la continuidad institucional que se apoya en la voluntad popular. La falta de madurez de los ciudadanos y, por lo tanto, de los medios y de otras estructuras intermedias de la sociedad hace que cada uno vaya eligiendo de qué lado atrincherarse. Es decir le siguen el juego a través de prejuicios e ignorancia, o, lo que es peor, por ¿simples? prebendas.
¿Por qué Cristina y su equipo buscaron tan ampulosa confrontación? La única explicación es la necesidad de jugar a cara o cruz. Y, en ese caso, la moneda suele caer de canto y todos pierden. La discusión de un país no puede circunscribirse a ganar, sino a seguir.

Independencia perdida
La dignidad del hombre se desparrama como cebo de vela con estos paradigmas. Unos minutos después de que se hizo público (otra innecesaria falta que desde Olivos se podría haber evitado) el pedido de renuncia a Redrado, el gobernador de Tucumán, José Alperovich, balbuceó que el presidente del Banco Central no debería dimitir. Algún "sijosesista" le advirtió que era la Presidenta la que tenía la voluntad de echarlo, entonces, ya no dudó y seguramente Redrado iba a entender que no podía estar con él aunque fuera la misma persona a la que consideró un amigo alguna vez.
El don de la independencia no les fue dado a los políticos actuales.
Son los mismos dirigentes que no han podido tapar el lado hueco de la política en épocas de vacas en engorde. Fueron vanas -o proselitistas- las promesas de una nueva política.
El clientelismo sigue siendo una hoguera alimentada por el Estado y por sus fogoneros cuyo fin parece ser quemar la libre voluntad. Para ello genera una dependencia política y económica entre tucumanos de status diferentes. La moneda de curso "legal" es simplemente un intercambio de favores.
Nadie puede sorprenderse en Tucumán de esta realidad. Es agua corriente que se fomenta desde los poderes más importantes. Son los principales actores de las intendencias, de los Concejos Deliberantes y de la Legislatura los que suelen alimentar estos sistemas con el único fin de tener voluntades (la esclavitud del siglo XXI) que les aseguren resultados electorales. No es nuevo, ya hubo empleados fantasmas, o trabajadores que cobraban un determinado monto pero luego de tenerlo en la mano estaban obligados a repartirlo a benefactores o empleadores.
El clientelismo tiene el rostro de los abusadores y afecta a las clases bajas y desamparadas. Se ha convertido en una institución informal, permanente y ubicua, tal cual la define Guillermo O'Donell (Contrapuntos, ensayos escogidos sobre el autoritarismo y democratización, de Editorial Paidós). Es decir que siempre está en algún lado.
Durante toda la semana que ya se fue se hicieron largas colas para que 12.000 tucumanos pudieran recibir su tarjeta para cobrar por el trabajo realizado en una cooperativa que debería tener un objetivo determinado.
En las diferentes filas la conversación entre los beneficiarios versaba sobre cuánto debía dejarle al puntero que lo había anotado o sobre cómo hacer para evitar el trabajo.
Estas cooperativas fueron bastardeadas. Antes de nacer -se cobró aún sin haber trabajado- se convirtieron en planes sociales. Ello implica que se recibe plata sin ninguna contraprestación. La mayoría de las cooperativas previstas se hicieron con el fin de hacer cordones cunetas y desmalezamientos. Hasta el propio gobernador elogió el sistema porque ahora se iban a limpiar los ingresos de la ciudad. ¿Y las obligaciones de municipios y comunas? Así se ha ido desvirtuando no sólo el concepto de trabajo sino también la transcendente contribución del Estado para sacar adelante la crisis ocupacional de la provincia.
La aparición de los Quiroga, esta especie de punteros armados, no sólo ayuda a conservar el clientelismo sino también demuestra cómo lo convierten en un "trabajo". Ayer había cientos de personas pidiendo la liberación para que puedan atender los cientos de comedores. Armas, comida, violencia, retenciones de dinero, votos, política, pobreza, miedo son ingredientes de un cóctel que sólo pueden beber aquellos que están acostumbrados a estos brebajes. Lo grave es que el Estado no puede ni hace -ni le conviene- el control sanitario de esta bebida y menos aún el antidoping, porque da votos.
Los Quiroga son un caso, pero ¿Cuántos Quiroga hay en Tucumán? Con distintas características, con armas o sin ellas, en las colas se escucharon decenas de quejas de seres humanos deshumanizados porque debían entregar lo que no tenían, o peor, lo que iban a tener.
Este sistema de subsistencia alimentaria muy difícil de transformar. No debe haber ningún proyecto ni plataforma que esté dispuesto a combatir el clientelismo para mejorar la calidad de vida. Por el contrario, figura entre las picardías y la viveza criolla que en vez de ayudar al bienestar se está comiendo los cimientos de una sociedad y de sus valores.







