La última página de Julio Ardiles Gray

A la muerte del entrañable escritor tucumano, Ana Ezcurra, su esposa, se acercó a la vieja máquina de escribir para espiar la página que había quedado puesta en el rollo. Entonces se encontró con un poema. No era de su marido, sino de Paul Valéry. Un poema de amor que él estaba traduciendo cuando le llegó la hora de partir. Por Alicia Dujovne Ortiz, para LA GACETA, Paris.

06 Dic 2009
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En la nota publicada por un diario de Buenos Aires, el 20 de agosto de 2009, para anunciar su muerte, se dice que sus amigos lo llamaban "el Chivo". Habrá sido antes, cuando Julio Ardiles Gray escribía para diarios de Tucumán como, sin ir más lejos, LA GACETA. Para quienes lo conocimos en La Opinión de Buenos Aires, antes de la gran dispersión que representó en 1977 la intervención de ese diario a manos de los militares, Ardiles era "el Tío". La misma nota asegura que el periodista y escritor tucumano, fundador del grupo La Carpa, había logrado escribir su larga saga, Los amigos lejanos, gracias a que era soltero: la soledad, decía, le permitió convivir durante años con los personajes de la nostalgia. Yo sólo comprendí el "exilio" de un tucumano en Buenos Aires cuando emprendí mi propia inmigración, la de una argentina en París, pero me alegré infinitamente de que el Tío Ardiles rompiera su voto de soltería casándose con la exquisita Ana Ezcurra, y que eso no le impidiera escribir hasta su último aliento.
A la muerte de Julio, Ana se acercó a la vieja máquina de escribir para espiar la página que había quedado puesta en el rollo, y se encontró con un poema. No era de su marido, sino de Paul Valéry: un poema de amor que Julio estaba traduciendo cuando le llegó la hora de partir. Algunos artículos de diarios franceses que estaban sobre el escritorio y, sobre todo, Corona & Coronilla, el libro póstumo del poeta francés, recientemente publicado, la pusieron sobre la pista de un descubrimiento: la aventura literaria y humana que fascinó al Ardiles octogenario fue una historia amorosa vivida por Valéry a partir de sus 67 abriles, y que no lo condujo a una muerte metafórica sino real.
Paul Valéry había conocido los desgarramientos de la pasión a los 21 años, en el momento apropiado  para conocerlos. A partir de ese insoportable sufrimiento, decidió imponerse a sí mismo el más estricto control: en La Jeune Parque, en Charmes, en Cimetiêre marin, su poesía rigurosa forma parte de la empresa de lucidez a la que resolvió consagrarse. Monsieur Teste, el hombre regido por la cabeza, es él. Valéry se casó, vivió durante toda su vida junto a su "fiel compañera", como suele llamársele a la esposa oficial, tuvo amantes como corresponde a una existencia aburguesada, se volvió mundano y se cubrió de títulos y honores.
Hasta que un día, cuando ya pisaba los 70 años, el amor le cayó encima como un rayo, partiéndole en zigzag esa cabeza clara, esa tête o teste a la que él había intentado preservar de toda tempestad. ¿Venganza de la vida que le cobra tributo al temeroso, al que no acepta sufrir, haciéndole pagar con creces su rechazo del dolor y del riesgo? Acaso la presencia de la guerra, que echaba por tierra toda certeza, influyó en el desencadenamiento de la tragedia. En todo caso, el elemento desencadenante tuvo un nombre, Jeanne Loviton, y un seudónimo curiosamente masculino, Jean Voilier.
Era escritora. Una de las raras fotografías que se le conocen muestran a una mujer de rasgos finos y nariz aguileña. Indiscernible como una esfinge, está sentada y cierra los ojos con una mezcla de arrogancia y serenidad. A su lado, de perfil, el poeta alza sus ojos hacia ella, extático, atormentado y con la boca abierta. Cualquiera que vea esa fotografía sin conocer la historia se dará cuenta de que la vida de ese anciano de rostro torturado depende de esa mujer; cualquiera que esté al tanto de que ese anciano es Valéry preferiría no haberla visto.
Jeanne o Jean accedió graciosamente a encontrarse con su célebre enamorado, cada domingo, durante siete años, y al final lo dejó por el editor Robert Denoël. Durante todos esos años Valéry le escribió poemas que corrigió con esmero, como siempre, y como si supiera que algún día saldrían a la luz, pero muy diferentes de aquel diamante puro en el que había tallado el resto de su obra. Poemas religiosos, donde el amante propone a la amada la fusión absoluta entre dos seres que se hacen uno. Poemas de adolescente ingenuo, traspasado por un deseo misterioso que lo impulsa a gozar pero también, o sobre todo, a temblar. Es un amor letal, porque la muerte se aproxima, y porque la mujer designada para que él vuelva a sentir el antiguo estremecimiento la trae en sus ojos.              
El poeta que se deja morir de amor no llegará jamás al fondo del enigma representado por Jean Voilier. Nosotros, por desgracia, sí. Años más tarde, la mujer fatal demostró dotes de comerciante al vender los originales de los poemas en pública subasta. Los compró la universidad Keio, del Japón, y allí quedaron hasta que hace muy poco, el editor Bernard de Fallois se enteró de su existencia y se apresuró a rescatarlos.         
Tengo ante mí la página tipeada por Ardiles, días antes de morir. Las diferencias entre el negro de cada letra me recuerdan el tiempo en que golpeábamos las teclas con una fuerza despareja, y tan humana, antes de que la computadora nos agrisara a todos por igual. El poema se intitula Salmo, es de 1938 y dice : "Y he aquí que la vieja palabra: TE AMO recobra su sentido, el sentido de YO TE TEMO como si fuera murmurado por el corazón a una divinidad en la cual uno no sabe si se hace o se deshace, se pronuncia y se declara, una fatalidad, una palabra entre las palabras que puede ser un golpe de maza".
Además del tesoro que representa esa página llena de correcciones a mano, me han quedado de Julio sus ojos entrecerrados, su cariño, su chispa, su gesto malicioso, su sonrisa y hasta sus orejas de Buda, su tonadita nunca perdida y ese modo regocijado y gritón con que decía, reclamando silencio: ’’¡Atendeme!’’. Nunca decía "oíme" o "escuchame", siempre "atendeme". Al leer esta página casi me dan ganas de contestarle que sí, Tío, que me callo, que le presto oídos, que le sigo agradeciendo su fervor juvenil, y que me honro en dar a conocer su refinada versión de un poema desconocido en nuestra lengua, porque a esta última picardía suya no podía negársele la debida atención.
© LA GACETA

Alicia Dujovne Ortiz - Escritora, ex consejera literaria de la editorial francesa Gallimard. Ejerció el periodismo en los diarios La Opinión y La Nación (de Buenos Aires), La Vanguardia (España) y Le Monde (Francia).

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