29 Noviembre 2009 Seguir en 
Cuando LA GACETA del domingo 30 de noviembre de 1947, con grandes letras, tituló su portada "Se resolvió dividir Palestina", pocos imaginarían que 62 años más tarde no sólo no se cumpliría la Resolución 181(II) que partía Palestina en dos estados independientes (uno árabe y otro judío y fijando un estatuto especial internacional para Jerusalén) sino que fue la semilla que más fructificó en conflictos y trágicas consecuencias para la región del Medio Oriente.
"La UN aprobó el plan", leemos en una bajada del título de tapa en LA GACETA, transcribiendo un despacho de la agencia UP (United Press) originada en Flushing Meadow, un sector de Nueva York en el que sesionó la Asamblea General. La muy detallada información da cuenta de "un acuerdo que bien puede considerarse trascendental y que tiende a poner término al ya largo período de turbulencia en Tierra Santa". Haciendo referencia a cómo se había votado en la Asamblea General de la ONU -la segunda desde su creación en 1945- al finalizar la II Guerra Mundial. La votación dio resultados a favor de la partición por 33 votos. 13 fueron las abstenciones, entre ellas la de Argentina, y 10 votos en contra (9 de países del bloque árabe y uno de Cuba).
El clima era el menos adecuado como para una resolución de las ONU de tamaña magnitud pretendiendo llevar "paz y seguridad" (las dos palabras siempre unidas y apelación recurrente en la Carta de Naciones Unidas). Se conocía el pensamiento anticipado de los árabes frente a la inminente determinación: "La Tierra Santa quedaría tienta en sangre antes de permitir la creación de un estado hebreo en el Medio Oriente".
La sucesión de reuniones y presiones previas a la votación en una sala colmada de representantes y público en Flushing Meadow (Nueva York) incluía una fórmula traída a la sede de la ONU precipitadamente, antes de la votación. Era la formulada casi con desesperación por los árabes que proponían la construcción de un estado federado de Palestina en el que pudieran coexistir dos parlamentos: uno hebreo y uno árabe. Era, en suma, una manera de plasmar en lo institucional la realidad que se venía viviendo en Palestina desde hace tiempo, desde antes del mandato de la Sociedad de las Naciones, donde su tejido social mostraba los signos de la convivencia -aunque no en todo el tiempo pacífica- entre judíos y árabes, con alguna reminiscencia de la España de moros, cristianos y judíos por largos siglos.
A partir de lo resuelto por la Asamblea General de la ONU del 29 de noviembre de 1947 se ahonda la división entre judíos y árabes y las guerras se suceden hasta nuestros días, de diferentes modos entre treguas, conferencias internacionales, las "Intifadas" los "Acuerdos de Oslo", el "Cuarteto para la paz en el MO" y la "hoja de ruta", tantas veces mencionados como tantas veces dejados de lado en los hechos. Un hecho singularísimo, estéril finalmente: la declaración de independencia en el exilio (desde Argel) por el Consejo Nacional Palestino del 15 de noviembre de 1988, en la que reconocía tácitamente a Israel al aceptar la Resolución 181 de partición de Palestina. Ni Reagan, presidente de los EEUU, ni Yitzak Shamir, premier israelí, prestaron oídos a semejante declaración. De haberlo hecho, hoy la realidad sería seguramente diferente, con la coexistencia de dos naciones -Israel y Palestina- y con sus límites geográficos reconocidos internacionalmente. Fue, en verdad, una oportunidad perdida. Una oportunidad perdida de la que debieran responsabilizarse todos los involucrados. Hasta la propia ONU.
"La UN aprobó el plan", leemos en una bajada del título de tapa en LA GACETA, transcribiendo un despacho de la agencia UP (United Press) originada en Flushing Meadow, un sector de Nueva York en el que sesionó la Asamblea General. La muy detallada información da cuenta de "un acuerdo que bien puede considerarse trascendental y que tiende a poner término al ya largo período de turbulencia en Tierra Santa". Haciendo referencia a cómo se había votado en la Asamblea General de la ONU -la segunda desde su creación en 1945- al finalizar la II Guerra Mundial. La votación dio resultados a favor de la partición por 33 votos. 13 fueron las abstenciones, entre ellas la de Argentina, y 10 votos en contra (9 de países del bloque árabe y uno de Cuba).
El clima era el menos adecuado como para una resolución de las ONU de tamaña magnitud pretendiendo llevar "paz y seguridad" (las dos palabras siempre unidas y apelación recurrente en la Carta de Naciones Unidas). Se conocía el pensamiento anticipado de los árabes frente a la inminente determinación: "La Tierra Santa quedaría tienta en sangre antes de permitir la creación de un estado hebreo en el Medio Oriente".
La sucesión de reuniones y presiones previas a la votación en una sala colmada de representantes y público en Flushing Meadow (Nueva York) incluía una fórmula traída a la sede de la ONU precipitadamente, antes de la votación. Era la formulada casi con desesperación por los árabes que proponían la construcción de un estado federado de Palestina en el que pudieran coexistir dos parlamentos: uno hebreo y uno árabe. Era, en suma, una manera de plasmar en lo institucional la realidad que se venía viviendo en Palestina desde hace tiempo, desde antes del mandato de la Sociedad de las Naciones, donde su tejido social mostraba los signos de la convivencia -aunque no en todo el tiempo pacífica- entre judíos y árabes, con alguna reminiscencia de la España de moros, cristianos y judíos por largos siglos.
A partir de lo resuelto por la Asamblea General de la ONU del 29 de noviembre de 1947 se ahonda la división entre judíos y árabes y las guerras se suceden hasta nuestros días, de diferentes modos entre treguas, conferencias internacionales, las "Intifadas" los "Acuerdos de Oslo", el "Cuarteto para la paz en el MO" y la "hoja de ruta", tantas veces mencionados como tantas veces dejados de lado en los hechos. Un hecho singularísimo, estéril finalmente: la declaración de independencia en el exilio (desde Argel) por el Consejo Nacional Palestino del 15 de noviembre de 1988, en la que reconocía tácitamente a Israel al aceptar la Resolución 181 de partición de Palestina. Ni Reagan, presidente de los EEUU, ni Yitzak Shamir, premier israelí, prestaron oídos a semejante declaración. De haberlo hecho, hoy la realidad sería seguramente diferente, con la coexistencia de dos naciones -Israel y Palestina- y con sus límites geográficos reconocidos internacionalmente. Fue, en verdad, una oportunidad perdida. Una oportunidad perdida de la que debieran responsabilizarse todos los involucrados. Hasta la propia ONU.







