28 Noviembre 2009 Seguir en 
JERUSALEN, (De nuestro enviado especial, Juan Quintero).- En estos dias del otoño, las tardes en Jerusalén abandonan la jornada mucho más temprano que lo que uno espera. Esa mezquindad acorta en parte el goce de un paseo por las calles, para seguir absorbiendo su belleza, que entra en los ojos desde todos los costados. De todos modos, la noche ofrece siempre un condimento especial a aquel que sale a conocer una ciudad de luces y sombras, cuyo nombre predomina en la historia de las grandes civilizaciones.
El blanco de los edificios es una de las características de Jerusalén. Ese blanco invasivo y cálido es el color de la piedra de Jerusalén, material imprescindible en las construcciones impuesto por una ley que data de hace varias centurias. El blanco se ve matizado con los colores de las flores de los jardines y el verde de los árboles. Estos son tantos que por sí solos ya son un espectáculo aparte.
A las 5 de la tarde, la noche parece tan cerca ..., y tan lejos. Las luces en las calles se encienden, como también las de los vehículos que las transitan. Sin embargo, la actividad en el mercado de la Ciudad Vieja se halla en pleno apogeo a lo largo de las calles y callecitas de los cuatro barrios con que conforman ese territorio especial, único: el barrio armenio, el cristiano, el judío y el musulman. Algunos comerciantes ofrecen sus productos como si se trataran de billetes de lotería; otros, mas recatados, se paran en la entrada de sus negocios y desde allí invitan a los paseantes a conocer los productos que tienen en sus locales.
El comerciante de la Ciudad Vieja reconoce casi inmediatamente la procedencia de los turistas y acomoda sin problemas su lengua para hablarle en su mismo idioma. "Messi", dijo uno de ellos mientras pasaba un grupo de argentinos. Adentro de su negocio de baratijas se oía la zamba Alfonsina y el mar, cantada por Mercedes Sosa. Tan cerca ella ... tan lejos.
La fiebre de compras es alta en el mercado de Jerusalén. Todo atrae y adquirir algo parece fácil y rápido en medio del hormigueo de gente. Pero no es así. Hay que practicar la costumbre milenaria del regateo, sin el cual una compra puede resultar decepcionante. El regateo es una tradición entre los comerciantes árabes, y si no lo hay no es negocio. Es tan cierto que hasta en los folletos turísticos se aconseja sobre como operar en el mercado.
"Cuando quiera una cosa, mire en silencio a los ojos al vendedor, para iniciar el ritual. El tiene que decir el primer precio y lo hará como apurando al cliente para que compre. Usted tiene ahora que bajar ese precio a la mitad, para que él responda que no, enojado. Así, comprador y vendedor se enredarán en un ida y vuelta de oferta y contraoferta, hasta arribar al precio final". Abundan consejos como este. En este pintoresco escenario es donde confluyen los lugares santos que hacen de Jerusalén una ciudad única.
Allí está el Muro Occidental, también llamado Muro de los Lamentos, único vestigio del Gran Templo destruido por los romanos en el año 70 d.C., hoy sitio de la memoria y de las plegarias del pueblo judío por la redención y la renovación. El profeta Isaías llamó al Templo "una casa para todas las naciones". Es un centro universal de espiritualidad que despierta emociones tanto de judíos como de no judíos. Todos son iguales ante al Muro. Más arriba, en el mismo sitio donde estuvo el Gran Templo, se alzan el Domo de la Roca y la mezquita de Al Aqsa, tercer lugar sagrado de los musulmanes después de La Meca y de Medina. Más allá, en la misma Ciudad Vieja, se encuentra el Santo Sepulcro, sobre el Gólgota, donde fue sacrificado Jesucristo. Es el lugar sagrado más sagrado de los cristianos. De cada uno de estos sitios emana una fuerza extraordinaria que se expande por el aire y llega a los espíritus. Tan cerca están el Domo de la Roca, la mezquita de Al Aqsa, el Muro de los Lamentos y el Santo Sepulcro, y tan lejos la paz que debería resultar de esta conjunción maravillosa.
Por estos tiempos, mientras judíos, musulmanes, cristianos y gente de todo el mundo recorren las calles de la Ciudad Vieja, el drama del desencuentro que sufre el Cercano Oriente transcurre sin cambios sustanciales, tal como viene sucediendo desde hace largos años. La ansiada paz entre judíos y palestinos parece estar tan cerca, como tan lejos.
El blanco de los edificios es una de las características de Jerusalén. Ese blanco invasivo y cálido es el color de la piedra de Jerusalén, material imprescindible en las construcciones impuesto por una ley que data de hace varias centurias. El blanco se ve matizado con los colores de las flores de los jardines y el verde de los árboles. Estos son tantos que por sí solos ya son un espectáculo aparte.
A las 5 de la tarde, la noche parece tan cerca ..., y tan lejos. Las luces en las calles se encienden, como también las de los vehículos que las transitan. Sin embargo, la actividad en el mercado de la Ciudad Vieja se halla en pleno apogeo a lo largo de las calles y callecitas de los cuatro barrios con que conforman ese territorio especial, único: el barrio armenio, el cristiano, el judío y el musulman. Algunos comerciantes ofrecen sus productos como si se trataran de billetes de lotería; otros, mas recatados, se paran en la entrada de sus negocios y desde allí invitan a los paseantes a conocer los productos que tienen en sus locales.
El comerciante de la Ciudad Vieja reconoce casi inmediatamente la procedencia de los turistas y acomoda sin problemas su lengua para hablarle en su mismo idioma. "Messi", dijo uno de ellos mientras pasaba un grupo de argentinos. Adentro de su negocio de baratijas se oía la zamba Alfonsina y el mar, cantada por Mercedes Sosa. Tan cerca ella ... tan lejos.
La fiebre de compras es alta en el mercado de Jerusalén. Todo atrae y adquirir algo parece fácil y rápido en medio del hormigueo de gente. Pero no es así. Hay que practicar la costumbre milenaria del regateo, sin el cual una compra puede resultar decepcionante. El regateo es una tradición entre los comerciantes árabes, y si no lo hay no es negocio. Es tan cierto que hasta en los folletos turísticos se aconseja sobre como operar en el mercado.
"Cuando quiera una cosa, mire en silencio a los ojos al vendedor, para iniciar el ritual. El tiene que decir el primer precio y lo hará como apurando al cliente para que compre. Usted tiene ahora que bajar ese precio a la mitad, para que él responda que no, enojado. Así, comprador y vendedor se enredarán en un ida y vuelta de oferta y contraoferta, hasta arribar al precio final". Abundan consejos como este. En este pintoresco escenario es donde confluyen los lugares santos que hacen de Jerusalén una ciudad única.
Allí está el Muro Occidental, también llamado Muro de los Lamentos, único vestigio del Gran Templo destruido por los romanos en el año 70 d.C., hoy sitio de la memoria y de las plegarias del pueblo judío por la redención y la renovación. El profeta Isaías llamó al Templo "una casa para todas las naciones". Es un centro universal de espiritualidad que despierta emociones tanto de judíos como de no judíos. Todos son iguales ante al Muro. Más arriba, en el mismo sitio donde estuvo el Gran Templo, se alzan el Domo de la Roca y la mezquita de Al Aqsa, tercer lugar sagrado de los musulmanes después de La Meca y de Medina. Más allá, en la misma Ciudad Vieja, se encuentra el Santo Sepulcro, sobre el Gólgota, donde fue sacrificado Jesucristo. Es el lugar sagrado más sagrado de los cristianos. De cada uno de estos sitios emana una fuerza extraordinaria que se expande por el aire y llega a los espíritus. Tan cerca están el Domo de la Roca, la mezquita de Al Aqsa, el Muro de los Lamentos y el Santo Sepulcro, y tan lejos la paz que debería resultar de esta conjunción maravillosa.
Por estos tiempos, mientras judíos, musulmanes, cristianos y gente de todo el mundo recorren las calles de la Ciudad Vieja, el drama del desencuentro que sufre el Cercano Oriente transcurre sin cambios sustanciales, tal como viene sucediendo desde hace largos años. La ansiada paz entre judíos y palestinos parece estar tan cerca, como tan lejos.







