08 Septiembre 2009 Seguir en 
Se sentaron todas juntas y a la hora de defender el diagnóstico que habían hecho no dudaron. Si bien no lo expresaron con esas palabras, las seis mujeres dejaron en claro que Pablo Antonio Amín no está loco y que puede comprender perfectamente la criminalidad de sus actos, es decir, sabe lo que está bien y lo que está mal.
La forense Yolanda Gordillo, la psiquiatra María Estela Suárez y las psicólogas Gabriela Serrano, María Estela Juárez, Silvina Neme, Lilia Rodríguez Fabio y María Inés Usandivaras entrevistaron a Amín durante noviembre y diciembre de 2007. Según ellas, Amín padece un trastorno límite y un trastorno antisocial de personalidad y tiene un alto grado de peligrosidad. Las especialistas ratificaron que el imputado no necesitaba internación hospitalaria. A raíz de este resultado, a Amín le dieron el alta médica del Hospital Obarrio y lo trasladaron al pabellón de máxima seguridad del penal de Villa Urquiza.
Suárez advirtió que se notaba que Amín "era un consumidor crónico y abusivo de cocaína". Serrano, en tanto, afirmó que "Amín presentaba conductas manipulativas para obtener beneficios". "El sabe lo que había hecho. Ninguno de los trastornos que padece alteran la capacidad de razonamiento", afirmó la especialista.
Gordillo advirtió que era probable que el homicidio hubiera sido deliberado. "Tienen una marcada impulsividad. Saben lo que está permitido o prohibido, pero la ley les es indiferente", dijo cuando graficó la conducta de las personas que sufrían los mismos trastornos que el santiagueño. Todas, además, hicieron hincapié en que el de Amín no era el caso de un psicótico. "El siente desprecio por las normas, y no tiene ningún tipo de remordimiento", remarcó Serrano. Suárez advirtió que cuando Amín llegó al Obarrio "estaba en un estado de ansiedad paranoide. Decía que veía cucarachas, y hacía como que las pisaba".
Las especialistas dieron a entender que Amín fabulaba o inventaba muchas cosas, como que escuchaba voces. "Se sentía perseguido", explicaron. Serrano también recordó que el santiagueño le había confesa que, para ascender en la empresa Herbalife, para la que trabajaba, había recurrido a maniobras irregulares "como inflar la cartera de clientes". Por eso, opinó la psicóloga, puede haber sufrido el síndrome de persecución ya que pensaba que podían llegar a descubrirlo.
La forense Yolanda Gordillo, la psiquiatra María Estela Suárez y las psicólogas Gabriela Serrano, María Estela Juárez, Silvina Neme, Lilia Rodríguez Fabio y María Inés Usandivaras entrevistaron a Amín durante noviembre y diciembre de 2007. Según ellas, Amín padece un trastorno límite y un trastorno antisocial de personalidad y tiene un alto grado de peligrosidad. Las especialistas ratificaron que el imputado no necesitaba internación hospitalaria. A raíz de este resultado, a Amín le dieron el alta médica del Hospital Obarrio y lo trasladaron al pabellón de máxima seguridad del penal de Villa Urquiza.
Suárez advirtió que se notaba que Amín "era un consumidor crónico y abusivo de cocaína". Serrano, en tanto, afirmó que "Amín presentaba conductas manipulativas para obtener beneficios". "El sabe lo que había hecho. Ninguno de los trastornos que padece alteran la capacidad de razonamiento", afirmó la especialista.
Gordillo advirtió que era probable que el homicidio hubiera sido deliberado. "Tienen una marcada impulsividad. Saben lo que está permitido o prohibido, pero la ley les es indiferente", dijo cuando graficó la conducta de las personas que sufrían los mismos trastornos que el santiagueño. Todas, además, hicieron hincapié en que el de Amín no era el caso de un psicótico. "El siente desprecio por las normas, y no tiene ningún tipo de remordimiento", remarcó Serrano. Suárez advirtió que cuando Amín llegó al Obarrio "estaba en un estado de ansiedad paranoide. Decía que veía cucarachas, y hacía como que las pisaba".
Las especialistas dieron a entender que Amín fabulaba o inventaba muchas cosas, como que escuchaba voces. "Se sentía perseguido", explicaron. Serrano también recordó que el santiagueño le había confesa que, para ascender en la empresa Herbalife, para la que trabajaba, había recurrido a maniobras irregulares "como inflar la cartera de clientes". Por eso, opinó la psicóloga, puede haber sufrido el síndrome de persecución ya que pensaba que podían llegar a descubrirlo.









