Habíamos estrenado en julio de 1981 una ambiciosa producción de "Cyrano de Bergerac" con el Teatro Estable de la Provincia. Bajo la dirección de Carlos Olivera, Pedro Sánchez encarnaba al narigudo espadachín poeta, Viviana Pereyra era su amada Roxana y yo interpretaba a Christian de Neuviellette, el joven también enamorado de Roxana que apela a la encendida pluma de Cyrano para conmover el corazón de la muchacha.
Sobre el final de la temporada, la Dirección de Cultura decidió invitar a grupos de estudiantes secundarios a las representaciones, a fin de poner al alcance de los alumnos el enorme texto de Edmond Rostand. Teníamos, entonces, funciones en las que había en la sala nutridos grupos de jovencitos no demasiado acostumbrados a frecuentar las plateas teatrales. Por lo tanto, estábamos acostumbrados a los murmullos y a los comentarios a viva voz, que se convertían en ruidosas manifestaciones de júbilo en las escenas románticas o en los duelos con florete.
En el cuarto acto de "Cyrano" se muestran las penurias de la tropa de mosqueteros sitiada en Arrás; sin embargo, el señor de Bergerac se las ingenia para atravesar diariamente las líneas enemigas al solo efecto de hacer llegar a Roxana las cartas de amor que ella cree han sido escritas por Christian, quien ignora el engaño urdido por Cyrano. El final del cuadro muestra a Christian, que acaba de advertir la maniobra del poeta, despidiéndose para ir a hacerse matar en el frente de batalla. Poco después, herido de muerte, el joven es conducido nuevamente a escena y expira en brazos de su amada.
Ante una de aquellas plateas de estudiantes bullangueros, tuve la mala fortuna de resbalar en lo alto de una tarima y caer de espaldas cuando hacía mi dramática salida. Alcancé a ocultarme entre bambalinas pero escuché claramente la exclamación de los adolescentes, que advirtieron mi caída. Minutos después, cuando mis compañeros me llevaban de vuelta hasta el proscenio para la escena de la muerte, se oyó exclamar a uno de los espectadores: "¡Cómo no se va a matar, con semejante golpe!".
Nunca me pareció tan lento el telón que caía para cerrar el cuarto acto y para tender un manto piadoso sobre mi lastimadísimo orgullo.







