Para después de las elecciones

La herencia para el futuro será tenebrosa.

09 Marzo 2003
El próximo gobierno se encontrará con una provincia que ha retrocedido. Instituciones fundamentales para el funcionamiento de la sociedad fueron quebradas por el mirandismo y sólo un firme proceso de estabilización logrará que la crisis se encarrile.
Existe una nueva sociedad que debe lidiar con asalariados que ganan poco dinero y con empresas que amenazan con irse o que se redimensionan, como Ades, de la multinacional Unilever, que dejó de fabricar jugos de soja y ahora sólo tritura tomates.
Hablar de crecimiento de la economía y de recuperar el liderazgo provincial significa tener las herramientas para enfrentar lo que se agravó:
La pobreza azota al 70% de la población.
Avanza el analfabetismo y hay 460.000 indigentes, con altos niveles de desnutrición.
Los problemas de empleo afectan a la mitad de los tucumanos.
El mercado doméstico continúa muy deprimido, como lo sufren miles de empresas tucumanas, lo que agrava la desocupación.
Más de 90.000 comprovincianos cobran subsidios del plan Jefas y Jefes de Hogar.
Siguen las complicaciones en el sistema educativo estatal, del que dependen 266.000 alumnos.
Tucumán es la provincia más cara del país. Los Bocade encarecen todos los productos y deprimen los salarios.
El régimen hospitalario está al borde del colapso.
La delincuencia parece fuera de control y hay grupos con creciente poder que actúan en base a sus propios intereses; son utilizados para controlar la seguridad y manejan mucho dinero.
El Estado tiene empleados fastidiados que cobran en tickets, bonos y cheques diferidos, y en el sector privado los ingresos no alcanzan. Ya no es un mérito pagar los sueldos cada 30 días.
Los políticos que pretenden ganar las elecciones no se encontrarán con un paraíso, sino con una realidad que se desmorona.
Es visible la descomposición de Tucumán. Se advierte en el caos urbano; en la caída del nivel educativo; en el deterioro de la infraestructura (calles, caminos); en el auge de la delincuencia; en la podredumbre que envuelve a las regulaciones estatales.
También se nota en el genocidio social; en el panorama dantesco que se observa en los hospitales; en los piquetes que cortan las rutas impunemente; en los grupos empobrecidos que tratan de sobrevivir de cualquier forma; y hasta en el desgaste de la tecnología importada, como la que se usa en medicina.
Todo esto es irracional, pero se lo soporta porque en la decadencia la gente se va acostumbrando, por desgracia, a cualquier cosa.Esta es una nueva sociedad, en la que también las empresas se acomodan, lideradas por las que exportan y las que sustituyen importaciones.
Las tensiones sociales se alivian por la sagacidad del gobierno para controlar la inflación. De todos modos, los precios no van a retroceder.

Nuevos temores
En los bancos la redolarización redobló los temores por las presiones que sufrirán de los ahorristas y la absoluta falta de confianza para volver a dar créditos.
La reactivación es todavía suave. No hay crecimiento y las esperanzas apuntan a las producciones agrícolas, pese al reacomodamiento de sus costos (se fijan en dólares), y los precios, y los daños de la sequía (las pérdidas son grandes en soja). Las fábricas que empezaron a moverse son las que compraron equipos en otras épocas, los tenían parados y los desempolvaron ahora. Sin embargo, no invierten un peso ni toman personal.
Gran parte de estas dificultades están a la deriva, pero la búsqueda de las soluciones que la sociedad exige quedará postergada hasta después de las elecciones.

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