En el expreso de Hogwarts, hasta el balcón de Julieta
Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción LA GACETA.
El guía de la excursión completa su explicación: "... y al frente, en el borde de Loch Shiel, el monumento que marca el lugar en el que los clanes escoceses se reunieron para iniciar una rebelión a mediados del siglo XVIII". Sin embargo, la gran mayoría de los turistas dirige sus cámaras en la dirección opuesta. Es que exactamente allí está el viaducto de Glenfinnan, un impresionante puente ferroviario en curva que fue usado varias veces en las películas de Harry Potter. Y ya se sabe que el pequeño mago tiene a esta altura bastante más popularidad que cualquier capítulo de la historia escocesa.
El magnetismo del personaje de J.K. Rowling se advierte con igual fuerza en Oxford. En el Christ College, en cuyas soberbias instalaciones se rodaron muchas escenas de varias películas de la saga, se ofrece un tour que detalla las locaciones utilizadas. Y uno de los imponentes aposentos del colegio, por el que pasaron celebridades como Lewis Carroll o Albert Einstein (entre decenas de primeros ministros, políticos, filósofos y artistas británicos), recibe una incesante procesión de visitantes porque no es otro que el comedor del colegio de magia Hogwarts.
Desde luego que Harry Potter no es el único que transfiere la fama lograda en las pantallas a los lugares por los que circula en la ficción. En el mismo Oxford se puede visitar el bar Morse (en el espléndido Randolph Hotel), al que se presenta como el sitio en el que el célebre inspector de la serie televisiva de los 90 bebía sus apreciadas cervezas. Y en el barrio de Marylebone, en Londres, hay una estatua de Sherlock Holmes que, según la información que se proporciona a los turistas, marca la calle en la que se levantaba la casa del infalible detective... que nunca existió.
En un rincón de Verona, en Italia, hay un pequeño patio en el que se levanta la estatua de una joven ataviada con ropas del siglo XVI; sobre una de las paredes, a unos cuatro metros de altura, se ve un balcón sin mayores ornamentos. Se pretende que se trata del famoso balcón de la escena de amor entre Romeo y Julieta, en el clásico de Shakespeare, y que la estatua representa a la eterna enamorada. Los amantes de Verona no existieron, pero todos los años, millones de visitantes dejan sus mensajes de amor debajo del balcón y tocan el pecho derecho de la estatua (el bronce ya reluce) para que los ayude a encontrar un nuevo amor.







