Responsabilidad y seriedad, o caos
El precio interno del azúcar es de ruina y los cañeros que exportan se sienten estafados: un cóctel explosivo. Por Fernando García Soto -Redacción LA GACETA.
La certeza de que están dadas las condiciones para que el sector azucarero obtenga este año un récord productivo de azúcar, en un contexto de precios internacionales altamente favorables, generó reacciones diversas entre industriales y cañeros. Por un lado, los que llevan adelante el programa para exportar casi la mitad de lo que se produzca en la presente zafra suspiraron aliviados, porque se confirmó que vender al exterior no redundará en pérdidas, como suele suceder cuando el mercado internacional se encuentra sobreofertado. Pero, por otra parte, la idea de que los ingenios tucumanos alcanzarán el 1,6 millón de toneladas provoca escozor entre quienes se imaginan un escenario apocalíptico si alguna variable se sale de madres y la superproducción termina socavando el ya vulnerable mercado interno.
Hasta el último día hábil de la semana que pasó, el precio del crudo con posición a octubre se ubicaba en U$S 383 la tonelada, valor que resulta una invitación casi ineludible a exportar. La contracara sigue siendo el precio interno, que ronda entre los $ 60 y los $ 70 la bolsa de 50 kilos, según si vende un cañero desesperado o un gran empresario del rubro. En cualquiera de estos casos, se trata de valores ruinosos, que no permiten ni siquiera cubrir costos. Entonces, si el escenario no cambia demasiado, posiblemente se exporte aún más que lo convenido.
Pero las marcadas diferencias de expectativas entre ambas opciones -exportar o vender al mercado interno- ya comenzaron a generar distorsiones, porque en algunos ingenios optaron por especular con el azúcar que no les pertenece, como es el de los cañeros. Estas empresas se aprovechan de la urgente necesidad de recursos de los productores de menor escala para no pagarles la elaboración de crudos de exportación a valores internacionales, y en su lugar les entregan blancos, que irremediablemente terminan inundando las góndolas de los supermercados, con el consecuente impacto negativo en los precios internos. Para colmo, intermedian en las operaciones especuladores que pagan precios mínimos a los cañeros, para luego revender a valores más adecuados. La falta de financiamiento en un contexto de precios deprimidos termina convirtiéndose en un cóctel explosivo para la actividad.
La escasez de recursos entre los factores azucareros en general no sólo atenta contra un contexto que debería ser altamente positivo para el sector, sino que limita el margen de maniobra que las empresas deberían tener para afrontar uno de los máximos desafíos de su historia, como es la pronta puesta en marcha del plan nacional de biocombustibles. Este programa, que promete ser una especie de rampa de lanzamiento hacia un período de éxitos duraderos para la actividad, no puede ser atendido como correspondería porque las empresas azucareras apenas juntan monedas para desenvolverse con cierta holgura. Es así que se demora el inicio de la construcción de la megadeshidratadora de alcoholes, que permitirá que el alcohol que sale de las destiladoras de los ingenios pueda ser usado para mezclar con las naftas a partir de 2010. Como la financiación de esta magna obra provendrá de la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), los trámites son engorrosos, por la burocracia propia del sistema, pero se suman dificultades porque las partes interesadas (la petrolera Repsol y los ingenios, con Atanor a la cabeza) no logran ponerse de acuerdo aún sobre la participación que cada una tendrá en la empresa que administrará la deshidratadora. La demora en el inicio de esta obra también atenta contra la posibilidad de que los ingenios amplíen y mejoren sus destilerías, ya que ambas iniciativas están ligadas en un mismo "combo". O sea, la Anses evalúa financiar las destilerías y la deshidratadora en un sólo paquete.
La fecha de inicio de la participación del sector azucarero en el plan nacional de biocombustibles también enfrenta a los referentes industriales del sector. En el Centro Azucarero Regional de Tucumán (CART) observan con pesimismo los plazos, porque están convencidos de que no habrá forma de llegar con el alcohol que demandará el programa a partir del 1 de enero y, por lo tanto, pretenden que se posponga la fecha en que el sector comience a suministrar etanol para las naftas. En cambio, en el Centro Azucarero Argentino (CAA), que agrupa a ingenios de Jujuy, de Salta y algunos de Tucumán, son partidarios de que el mismísimo primer día del año que viene se comience a desarrollar el plan, aunque sea con la mitad de los 270 millones de litros de alcohol anuales que serán necesarios para que funcione el programa.
Pero dados los problemas actuales, los biocombustibles parecen una meta aún lejana. Lo inmediato, lo urgente, es que no decaiga el impulso exportador de los cañeros, cada vez más renuentes a confiar en sus pares de la industria. Para ello debe mejorar sí o sí el precio interno del azúcar, al tiempo que se debe pagar como corresponde a los cañeros que exportan. Caso contrario, reinará el caos.







