Derrotados, los K buscan su lugar en el mundo

Los Kirchner deben reconocer qué ha pasado el domingo pasado y por qué. El arte del disimulo y de poner las culpas en los demás está en su naturaleza. Los presidenciables. Por Hugo E. Grimaldi - Columnista de DyN

05 Julio 2009

BUENOS AIRES.- "Un hombre que recibió un veneno mortal de acción retardada, pero implacable, que sabe que fatalmente morirá, decide dedicar sus últimas horas a la caza de sus asesinos". Esta es la síntesis de un viejo argumento cinematográfico filmado de mil formas, que se conoce como el síndrome de "Muerto al llegar". Néstor Kirchner ya lo estaba cuando, el domingo pasado, ingresó al hotel Intercontinental a esperar la hora de la verdad, que él mismo había convertido en el juego del todo o nada. Lo más complicado para el Gobierno es que en el mismo auto, a la derecha del chofer, estaba sentada la Presidenta.
El proceso aún pudo ser del todo políticamente digerido por lo que queda del kirchnerismo, entendido por el núcleo chico que encabeza el ex presidente. En ese pequeño círculo de eventuales aliados aparecieron en la semana las figuras del intendente de José C. Paz, Mario Ishii, y la de Luis D'Elía, exigiendo castigo a los traidores y radicalización de procedimientos.
A ninguno de los dos le molestaría que el ex presidente diera un giro a la venezolana, con nacionalizaciones y mano dura, mientras le calientan la oreja para que vuelva a la transversalidad de sus tiempos de gloria y se aleje del peronismo que, para ellos, lo hundió.
¿Por qué traidores? Porque el kirchnerismo más leal dice que no es verdad la hipótesis que sostiene que Néstor no ganó en la provincia de Buenos Aires aún teniendo el aparato a favor, sino que asegura que el aparato miró para otro lado. En el distrito de Ishii los votantes del Frente para la Victoria (52%) duplicaron a los de Unión-PRO, lo que en los códigos del Conurbano significa muchos votos comprados, sobres preparados de antemano, boletas inducidas y arreo y seguimiento de los votantes. No pueden mostrar lo mismo otros intendentes, con casos emblemáticos como Tigre, Berazategui o Tres de Febrero, donde los vecinos hicieron lo que quisieron, sin presión de los punteros, y le dieron a los ediles más votos que a Kirchner-Scioli.
Comenzaron a pasar cosas a nivel institucional y partidario cada vez más veloces, reacomodamientos y renuncias, ya que hay cierto consenso en que el castigo de los votos le llegó al Gobierno como repudio a sus formas, por el modo de procesar la realidad bajo un prisma demasiado ideológico y, sobre todo, porque lo cercó el descrédito, valoración que aún no caló en los Kirchner. Como resultado del cross electoral, el matrimonio parece seguir paralizado y se expuso a que muchos hablen de su autismo. Hasta Carlos Reutemann dijo que haría falta una semana para que la Presidenta procese lo que le pasó. Hasta ahora, no hubo una claridad en el rumbo que mitigue la desconfianza; la prueba es que, aguinaldos mediante, los particulares continuaron con la dolarización de sus portafolios. Quienes compartieron cerca de Cristina el cierre del duro miércoles, luego de la jura del nuevo ministro de Salud, comentaron que ni la renuncia del secretario de Transportes, Ricardo Jaime, que sucedió ese día y que dio origen a muchísimas versiones de cambios ministeriales, ni la confirmación del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, la logró sacar del ensimismamiento que, ella decía, le iba a provocar llegar a Tegucigalpa como abanderada de la democracia, para intentar reponer en el gobierno de Honduras al presidente Manuel Zelaya, después de hacer una escala en Washington.
El único problema que se le observa a tan magno viaje es que se realiza justo cuando, en la Argentina, la epidemia de gripe A sigue matando gente, tiene a la sociedad al borde de la psicosis y amenaza con paralizar las actividades económicas y, en el horizonte, complicar la eventual salida de recesión. El margen para el asombro no cede tampoco cuando se observa de qué forma desaprensiva se manejó la situación sanitaria hasta el mismo día de la elección. Toda la oposición también miró a otro lado.
Hasta el 28 de junio, Graciela Ocaña y los ministros provinciales buscaron ponerle paños fríos a la situación. Como si fuese una cuestión de marketing, las cifras de afectados y de muertos se daban a conocer con cuentagotas y, peor, ni una sola campaña oficial de prevención masiva había aparecido. Sólo los a veces tan castigados medios y los periodistas independientes fueron los únicos que se atrevieron a hacer una pausa en los temas de campaña. Del otro lado, el Indec sanitario de las estadísticas maquilladas funcionó a pleno hasta el 28, de modo casi criminal.
La renuncia de la ex ministra y su reemplazo dos días después por el médico Juan Luis Manzur resultó un vodevil de enredos, en medio de la tragedia. Bien podría el nuevo ministro haber pedido antes el permiso legislativo para abandonar su cargo de vicegobernador de Tucumán y comenzar a trabajar el mismo lunes 29, cuando todos sabían -y esta columna lo adelantó la semana pasada- que Ocaña estaba afuera del Gobierno. Se perdieron valiosas 48 horas, hasta que recién el miércoles se hizo la jura, en medio de un Salón Blanco atestado de gente, con besos de la Presidenta a diestra y siniestra y de estruendosas manifestaciones de júbilo y de risotadas de los funcionarios entrantes, como si nadie observara que, además, se necesitaba un poco de decoro que le diera marco a la gravedad de la situación.
En este punto, bien vale entroncar la presencia del nuevo funcionario con una de las mañas que el oficialismo parece que no está dispuesto a sacrificar, aunque haya sido uno de los fundamentos que lo llevó a perder tan estruendosamente las elecciones. Cuando se habla de descrédito es que por lo menos un 70% de los argentinos que votaron el domingo anterior le cree poco y nada al Gobierno, por aquello que para la liturgia kirchnerista nada es como es, sino cómo hay que decir que es.
Así ha sucedido siempre y los Kirchner no saben cambiar, aunque la gente haya manifestado en las urnas que se siente subestimada. El arte del disimulo y de poner las culpas en los demás está en su naturaleza y la propia Presidenta dio el ejemplo el lunes pasado, al manipular cifras para determinar que el Frente para la Victoria en realidad no perdió las elecciones, sino que las ganó en la sumatoria de todo el país. Un par de horas antes, precisamente, su propio esposo había renunciado a la jefatura del justicialismo por lo contrario, porque ya no gozaba del atributo central que históricamente los caudillejos del peronismo necesitan para avalar los liderazgos.
Con estos antecedentes y apenas un día después, Manzur probó la medicina que el kirchnerismo le aplica a quienes hablan de más. Se lo desmintió lisa y llanamente al más alto nivel, cuando el médico le puso un número de seis cifras a los potenciales casos, miles de los cuales ya se habrían resuelto inclusive. Como le pasó antes a Lino Barañao cuando asumió como minis- tro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, el pecado no estuvo en hacer las declaraciones, sino en que apareciesen en la tapa los diarios. El número 100.000 puesto en letras de molde, provocó un cimbronazo en la Casa Rosada.
El terremoto, no obstante, no fue más fuerte que el que vive el PJ, ya que los que ganaron están golpeando la mesa para sacar a todos los que perdieron y, sobre todo, a los que huelan a kirchnerismo Y, como Daniel Scioli ha perdido, los que siguen de cerca los vaivenes peronistas le están dando poca vida al frente del partido. "A lo sumo podría aspirar a integrar una mesa chica porque es bonaerense, pero no puede manejar el partido, si todos creen que lo puso Kirchner", razonaba el viernes un peronista histórico al que se considera más allá del bien y del mal.
Como las elecciones del domingo anterior constituyeron una suerte de primaria de 2011, ya los peronistas están mirando hacia las presidenciales y se encolumnan en consecuencia. En la grilla emerge primero que ninguno Reutemann y se lo acicatea a Felipe Solá para que arrime el bochín por allí, como precandidato a la vicepresidencia, abandonando a sus socios de PRO. Precisamente, Mauricio Macri sería un extrapartidario muy potable y necesitaría del santafesino, mientras los gobernadores que ganaron sus distritos (Chubut, Salta, San Juan) saben que ésta puede ser su última oportunidad.
Por el lado de los opositores de centroizquierda, la figura más fuerte para 2011 es la de Julio César Cobos, ya que los votantes han dejado en el camino a todos sus demás socios. Con el caudal de votos logrado y su imagen a nivel nacional, puede convertirse en el eje que haga renacer a la UCR por encima de los perdidosos Elisa Carrió y Hermes Binner, probables anotados en la grilla de los vicepresidenciables.
Por el lado del kirchnerismo, tiene a favor que en el guión cinematográfico el protagonista se salva con un antídoto en el último segundo, pero el rechazo a tantas iniquidades cometidas en tiempos de gloria contra el que se les cruzara ha sido tan grande, que su misión más difícil será encontrar su lugar en el mundo y convencer a eventuales aliados futuros que siguen siendo progresistas.

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