Síntomas de descascaramiento alperovichista

El oficialismo ganó el domingo pero perdió votos por segunda elección consecutiva, pese al aparato, los bolsones y el apellido. La intentona reformista se quedó anémica. Por Alvaro Aurane - Editor de Política.

04 Julio 2009
Joseph Rudyard Kipling (1865-1936), el más joven ganador del Premio Nobel de Literatura (lo recibió a los 42 años) sentenció que el éxito y el fracaso son dos grandes impostores. Nunca se triunfa tanto como se supone ni se pierde tanto cómo se cree. Los comicios del domingo pasado, en lo que hace a Tucumán, comprobaron acabadamente aquella advertencia de quien rechazó tres veces el galardón de Caballero de la Orden del Imperio Británico.
El alperovichismo resultó ser el inobjetable ganador de la contienda. Obtuvo la mitad de los sufragios y ratificó que es electoralmente temible. De la misma manera, mostró signos de fatiga que lo pusieron nervioso. El gesto duro que dominó el rostro del gobernador durante casi toda la noche del 28 de junio (especialmente después de que manifestara equivocadamente, a las 21, que se quedaba con toda la representación de la Cámara Baja), fue el síntoma cabal de que las cosas no salieron tan bien como se habían planeado.
Por supuesto, el oficialismo es, en esta circunstancia, amigo de reducir toda la lectura electoral al número de bancas conseguidas: renovaban cuatro diputaciones peronistas y perdieron una, pero pasaron de tener un escaño en el Senado a ocupar dos. Desde esa perspectiva, la victoria es incontestable. El descascaramiento, en cambio, asoma cuando se comienza a contar los votos.

Parábola descendente
En estas elecciones el oficialismo perdió caudal electoral por segunda vez consecutiva. Y la sangría se manifiesta en decenas de miles de boletas menos.
Hasta hace dos años, esta gestión sólo incrementaba apoyos. José Alperovich se hizo del gobierno con unos 270.000 votos en 2003. En 2005, cosechó 100.000 más durante los comicios en los que se alzó con las cuatro bancas que puso en juego esta semana. En 2006, algo más de 400.000 comprovincianos le dieron su aval para reformar la Constitución y habilitar la reelección consecutiva, que obtuvo en 2007 con un resultado histórico: 530.000 sufragios. El 80% de los emitidos. El 55% del padrón general de la provincia.
Pero en octubre de ese mismo año, cuando Cristina Fernández se hizo Presidenta, los candidatos del Frente para la Victoria (esos que iban por todo), perdieron poco más de 130.000 sufragios. La oposición consagró diputado al valiosísimo José Ignacio García Hamilton. Hace unos días, la performance alperovichista volvió a retroceder hasta ubicarse alrededor de los 380.000 votos.
Léase bien: el 28 de junio, cuando el apellido del mandatario dominaba la papeleta del Frente para la Victoria porque la primera dama era la candidata a senadora (y cuando el ilegal reparto de bolsones y el despliegue del "aparato" hicieron de la votación un festival clientelar), los que gobiernan sacaron unos 20.000 votos menos que el 28 de octubre de 2007. Cuando no hubo entrega de mercadería. Cuando la boleta oficialista no tenía escrito "Alperovich".

Un simulacro revelador
El impacto de la mengua se dimensiona mejor a partir de un planteo del columnista Juan Manuel Asís: si este fuera el resultado de una elección provincial, ¿cómo se hubieran repartido las bancas de la Legislatura?
La proyección arroja que el alperovichismo hubiera consagrado 32 parlamentarios, es decir, 12 menos de los que obtuvo en las generales del 26 de agosto de 2007, cuando entre propios y acoplados logró 44. A la par, el Acuerdo Cívico y Social habría calzado ocho legisladores: hoy tiene como único representante al electo senador José Cano.
Lo revelador es que Unión PRO-Federal y FR, a cuyos referentes la Casa de Gobierno se apresura en extenderles certificados de defunción política, también habrían quedado mejor parados que hoy. El bussismo, en lugar de los dos escaños actuales, habría logrado cuatro. Y el "jurismo" habría conquistado cinco: hoy, pese a que financió decenas de postulantes hace dos años, no tiene quién le responda.
En este simulacro en el que muchos opositores no perdieron tanto como se piensa, el Gobierno mantiene una cómoda mayoría, que es fiel reflejo de la ventaja que consigue en cada elección. Pero su triunfo no es tan apabullante como pretende, porque con 32 legisladores le falta uno para conseguir los dos tercios de la Cámara, compuesta por 49 miembros. Y sin mayoría especial no se pueden pedir empréstitos ni tampoco aprobar una ley que declare la necesidad de reformar la Constitución provincial.
Justamente, y ya no en el plano de las hipótesis, los 380.000 votos conseguidos el domingo acaban de declarar anémica la intentona oficial de volver a modificar la Carta Magna de los tucumanos, entre otros muchos proyectos hegemónicos.

La boca de la urna
Las urnas, el domingo, dijeron muchas cosas. Por segunda vez consecutiva, un frente comandado por la UCR le arrebató bancas al alperovichismo, lo que confirmó que esa fuerza atraviesa un momento de resurgimiento.
Por supuesto (y esto era de esperarse casi como una certeza estadística), quienes parecen no advertir esto son las autoridades del intervenido distrito Tucumán del centenario partido. Ellas no creen que este sea un momento propicio para regularizar un movimiento que le devolvió algún entusiasmo a sus afiliados. Por el contrario, quieren prolongar la situación actual, en la cual la presencia institucional del radicalismo es nula de nulidad absoluta.
Al margen de este antidemocrático apego intervencionista, lo cierto es que la UCR parece haber unificado la personería de un sector considerable de la oposición. Y Cano, en particular, tiene por delante el desafío y la oportunidad de la construcción política de un espacio que se convierta en una alternativa de poder. Hace mucho que no se ve algo de eso por estas engripadas tierras.
A la vez, el campo demostró ser un socio electoral inestimable. El peronismo disidente comprobó que en frentes amplios, como lo era la Coalición UNA de 2007, le va mejor que cuando juega en soledad. Fuerza Republicana acaso advierta que llegó la hora de flexibilizar su histórica posición no frentista.
Precisamente, el frentismo empieza a cobrar cariz de "cuco" para los inquilinos de 25 de Mayo y San Martín. El escrutinio dice que, en la capital, el mismo alperovichismo que hace menos de dos años ganó en todas las mesas, el domingo sólo consiguió el 41% de los votos. A eso se agrega que esos 125.000 sufragios oficialistas de la Sección I son superados por la suma de los conseguidos por las cuatro fuerzas que lo secundan: el Acuerdo Cívico y Social, Unión PRO-Federal, FR y el Partido Laborista.
En ese esquema, otro mensaje sustancial llegó por fuera de las urnas. Prácticamente el 23% de los tucumanos no fue a cumplir con su deber ciudadano, porque no le atrajo la oferta opositora pero tampoco la del Gobierno.
Luego, el 50% de los sufragios emitidos que acumuló el alperovichismo represente sólo del 38% del padrón total de electores. Es decir, el apoyo de sólo uno de cada tres tucumanos en condiciones de elegir autoridades.

Otros números oficiales
El rictus del gobernador comienza a adquirir sobrados fundamentos. Hay, ahora, muchos elementos adversos contra una nueva reforma constitucional.
En la Casa de Gobierno existen más dudas que certezas sobre la conveniencia de habilitar otra enmienda y, en consecuencia, convocar a una elección de convencionales constituyentes.
Hace una semana, cuando la patria encuestadora era un oráculo infalible, aseguraban que Alperovich hablaría el mismo día de la votación sobre su voluntad de gobernar por un tercer mandato consecutivo. Pero a la noche, cuando los sondeos se convirtieron -en palabras de un par de fuentes del Ejecutivo- en un largo "ay, me equivoqué" (ni obtenían el 65% de los votos ni 430.000 sufragios) nada se habló al respecto. Y empezaron a preocuparse en serio, porque la Argentina política tampoco mencionó al gobernador tucumano entre los mandatarios que son candidatos a integrar fórmulas presidenciales en 2011.
Huelga decir que, tras la derrota kirchnerista, todo está por verse. La política es, esencialmente, dinámica. Y aunque el jefe del gobierno provincial no es el que mayor margen de intenciones consiguió en el cuarto oscuro, sigue siendo un cacique territorial cuya gestión (tal como definió su ministro político) ha sido plebiscitada exitosamente. Paralelamente, el mandatario apostó fuerte con la designación de Juan Manzur como ministro de Salud de la Nación. Con ese movimiento, desvió la atención de un resultado electoral que le causa alguna incomodidad y, a la vez, eyectó a su vicegobernador de la escena provincial, tal como hará en diciembre con su ministro del Interior, el bien posicionado Osvaldo Jaldo. Porque nada debe crecer políticamente a la sombra del alperovichismo.
Sin embargo, no menos cierto es que ahora miran con más cariño que nunca al incoherente artículo 159 de la Constitución de 2006, que dice que el primer mandato del alperovichismo no fue tal cosa, así que el actual es el primer período y no el segundo, por lo que 2011-2015 vendría a ser el segundo y no el tercero.
Este hato de incoherencias ha sido objetado ante los Tribunales por el radical Ariel García y el intríngulis judicial de acumulación de causas contra la última reforma es tal que nada hace suponer que Alperovich vaya a tener certezas en el corto plazo sobre si puede ser el único tucumano que vaya a gobernar durante 12 años consecutivos, o no. De hecho, como las candidaturas para las elecciones de agosto de 2011 deben inscribirse 60 días antes, los magistrados, técnicamente, tienen plazo hasta junio de ese año para pronunciarse al respecto.
En este contexto, hay nervios que se empezaron a crispar en el Ejecutivo. Otra vez, volvió a los pasillos de Casa de Gobierno el rumor casi patoteril, y hasta aquí carente de todo aval oficial, de que algún funcionario tiene en algún cajón una carpeta con un estudio para ampliar el número de vocales de la Corte tucumana, para lo cual debe modificarse la Ley Orgánica de Tribunales.

Más por más
Más allá de lo que hoy son sólo veladas bravuconadas, lo cierto es que el alperovichismo luce encaminado a agotar todas las vías para que la Justicia no frustre su recontra-reelección y le evite el riesgo de poner a consideración del voto popular otra reforma.
El próximo escenario de la batalla por la continuidad será tribunalicio: el alperovichismo hace tres años que viene preparando ese terreno, a partir de la lenta asfixia generada por las vacancias. Las acefalías no pueden solucionarse porque el oficialismo no está dispuesto a crear por ley un Consejo Asesor de la Magistratura equilibrado. Y a estas alturas, ya es lícito sospechar que la solución a esa crisis está planteada casi como moneda de negociación: se nombrarán jueces si a cambio no se traba la posibilidad del tercer mandato.
La oposición no puede ignorar esto. Porque, a diferencia de lo que planteó Kipling, autor de El libro de la selva y de El hombre que pudo ser rey, en la lucha por el poder puede ganarse más de lo que se supone. Y puede perderse mucho más de lo que se cree.

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