17 Junio 2009 Seguir en 
Una buena parte del pueblo tucumano volvió a experimentar el lunes una gran alegría deportiva, similar a la que había tenido en 2008, cuando San Martín, uno de sus clubes más importantes y tradicionales había ascendido a la Primera División. En esta oportunidad, le tocó el turno a Atlético Tucumán, que no sólo alcanzó ese mérito, sino que además se consagró campeón del torneo de la Primera "B" Nacional. Ambos hechos que, sin duda, nos enorgullecen en ese plano a los comprovincianos, merecen algunas reflexiones.
La entidad decana que había ganado anteriormente el certamen Argentino "A", cambió de director técnico cuando inició el torneo de la Primera "B". La propuesta era mantenerse en la categoría. Al comienzo, no tardaron en aparecer nubarrones en el horizonte, pero a medida que el entrenador y los jugadores fueron conociéndose y el equipo asentándose, los resultados se volvieron alentadores, hasta el punto que se cambió el objetivo: luchar por un espacio en la Primera División y conseguir el campeonato. "Muchos de los que nos criticaron después vinieron a pedir perdón. Está todo bien para mí. Nosotros necesitábamos tiempo para trabajar y demostrar lo que decíamos. Así fue, ¿no?", dijo el entrenador el lunes durante un almuerzo de camaradería con LA GACETA.
Los éxitos deportivos son el premio a muchas cosas. Sin talento es difícil llegar lejos, pero con talento y sin trabajo, también lo es. En el que caso de deportes individuales como el golf, el boxeo, el tenis, la natación, los logros dependen del esfuerzo y la tenacidad de una persona, pero en otros como el fútbol, el básquet o el rugby, que son colectivos, el triunfo es distinto porque es un grupo humano, cuyos miembros -se supone- tienen que superar sus diferencias para poder encontrar una homogeneidad o puntos en comunes sin los cuales sería imposible su funcionamiento y la llegada a una meta común. Si a ello le sumamos un trabajo constante, perseverancia, la fortaleza de no bajar los brazos ante la adversidad y seguir luchando, así como la confianza de la dirigencia y de los hinchas, y la buena suerte, los triunfos deben llegar.
Como en una orquesta sinfónica, partiendo del concepto de que sus integrantes son profesionales -con todo lo que ello implica-, la jerarquía que alcance dependerá de su director, que debe lograr que los instrumentos diferentes puedan hacer música en conjunto.
De un modo parecido, debería funcionar una sociedad, donde cada ciudadano, consciente de sus deberes y derechos, sabría qué el rol debería desempeñar, y la clase dirigente también. Para ello es necesario que ambos persigan los mismos objetivos y que quienes ostentan el poder den constantemente el ejemplo de no sólo de capacidad, de sensibilidad social, de vocación de servicio, de solidaridad, sino también de una conducta intachable en todos los ámbitos.
Estas victorias deportivas deberían servirnos también para mostrarnos que colectivamente es posible aquello de "querer es poder". Si los tucumanos -gobernados y gobernantes- nos propusiéramos, por ejemplo, mantener limpia la ciudad, respetar las normas del tránsito, hacer cumplir las leyes sin miramientos y con todo rigor, erradicar el trabajo infantil y en negro; incorporar al sistema educativo la enseñanza de la seguridad vial, de las normas básicas de convivencia social, la historia y la cultura de Tucumán -para saber quiénes somos-, de la importancia de cuidar el barrio, la ciudad, como si fueran nuestra casa, seguramente nos sentiríamos más orgullosos de lo que somos y seríamos tal vez campeones del civismo y de la cultura.
La entidad decana que había ganado anteriormente el certamen Argentino "A", cambió de director técnico cuando inició el torneo de la Primera "B". La propuesta era mantenerse en la categoría. Al comienzo, no tardaron en aparecer nubarrones en el horizonte, pero a medida que el entrenador y los jugadores fueron conociéndose y el equipo asentándose, los resultados se volvieron alentadores, hasta el punto que se cambió el objetivo: luchar por un espacio en la Primera División y conseguir el campeonato. "Muchos de los que nos criticaron después vinieron a pedir perdón. Está todo bien para mí. Nosotros necesitábamos tiempo para trabajar y demostrar lo que decíamos. Así fue, ¿no?", dijo el entrenador el lunes durante un almuerzo de camaradería con LA GACETA.
Los éxitos deportivos son el premio a muchas cosas. Sin talento es difícil llegar lejos, pero con talento y sin trabajo, también lo es. En el que caso de deportes individuales como el golf, el boxeo, el tenis, la natación, los logros dependen del esfuerzo y la tenacidad de una persona, pero en otros como el fútbol, el básquet o el rugby, que son colectivos, el triunfo es distinto porque es un grupo humano, cuyos miembros -se supone- tienen que superar sus diferencias para poder encontrar una homogeneidad o puntos en comunes sin los cuales sería imposible su funcionamiento y la llegada a una meta común. Si a ello le sumamos un trabajo constante, perseverancia, la fortaleza de no bajar los brazos ante la adversidad y seguir luchando, así como la confianza de la dirigencia y de los hinchas, y la buena suerte, los triunfos deben llegar.
Como en una orquesta sinfónica, partiendo del concepto de que sus integrantes son profesionales -con todo lo que ello implica-, la jerarquía que alcance dependerá de su director, que debe lograr que los instrumentos diferentes puedan hacer música en conjunto.
De un modo parecido, debería funcionar una sociedad, donde cada ciudadano, consciente de sus deberes y derechos, sabría qué el rol debería desempeñar, y la clase dirigente también. Para ello es necesario que ambos persigan los mismos objetivos y que quienes ostentan el poder den constantemente el ejemplo de no sólo de capacidad, de sensibilidad social, de vocación de servicio, de solidaridad, sino también de una conducta intachable en todos los ámbitos.
Estas victorias deportivas deberían servirnos también para mostrarnos que colectivamente es posible aquello de "querer es poder". Si los tucumanos -gobernados y gobernantes- nos propusiéramos, por ejemplo, mantener limpia la ciudad, respetar las normas del tránsito, hacer cumplir las leyes sin miramientos y con todo rigor, erradicar el trabajo infantil y en negro; incorporar al sistema educativo la enseñanza de la seguridad vial, de las normas básicas de convivencia social, la historia y la cultura de Tucumán -para saber quiénes somos-, de la importancia de cuidar el barrio, la ciudad, como si fueran nuestra casa, seguramente nos sentiríamos más orgullosos de lo que somos y seríamos tal vez campeones del civismo y de la cultura.







