El espejo deformante de la fatalidad
Cuando los funcionarios dicen que los accidentes de tránsito son una cuestión cultural, se ponen anteojeras que les impiden actuar con eficacia. Por Roberto Delgado -Prosecretario de Redacción
Hay un problema serio con los accidentes de tránsito: hace tanto tiempo que nuestra sociedad los padece que ya no los percibe como un inconveniente. Y, así como todos los aficionados al fútbol son directores técnicos, todos tenemos las soluciones correctas, que suelen derivar de una visión al estilo talibán del asunto: que les quiten el carnet, que los manden a la cárcel, que encierren a los coimeros, que sincronicen los semáforos, que saquen los semáforos, que pongan lomos de burro, que saquen los lomos de burro, que no permitan la circulación de autos y ómnibus viejos, que no vendan motos a los jóvenes, y así sucesivamente.
La verdad es que las cosas no se mantienen igual sino que empeoran. "Sólo entre el 1 y el 2 % de los motociclistas jóvenes de nuestra ciudad usa casco", indicaba un sondeo de un comité para la prevención de accidentes, publicado en LA GACETA del 1/12/98. Hace 10 años. Pero en 1998 las calles no estaban saturadas de vehículos como ahora, y las motos no se conseguían tan fácilmente ni se habían transformado en el vehículo del pueblo: todos tienen moto, especialmente los chicos. A punto tal que ahora son el principal problema en las guardias de los hospitales. El 80% de los traumatizados son motociclistas. El director de Emergentología, Juan Masaguer, dice que hace 10 años había problemas porque no había ambulancias.
Ahora hay vehículos para el traslado de enfermos y de gente en emergencia, pero el drama es la saturación de los hospitales. "Llevamos 140 accidentados por día. El hospital no tiene capacidad operativa para recibirlos", explica.
Dramas en la 38
Hace 10 años no existía la Policía Vial. Hoy estos hombres con uniformes parecidos a los de los gendarmes o los de equipos de tareas especiales hacen controles en las rutas, pero las cifras de accidentes no han mejorado: el sábado la muerte se llevó a dos chicos de 18 y a14 años, respectivamente, que circulaban sin casco por la ruta 38 en Famaillá y chocaron contra un camión que estaba detenido en la banquina, por desperfectos mecánicos.
Cerca de allí, el lunes de la semana pasada, por la autopista, falleció el conductor de un taxi rural que chocó de frente con otro auto por esquivar la rueda que se le había salido a un colectivo.
Entre las dos tragedias se pueden enumerar al menos seis circunstancias de riesgo potencial de accidentes, que indican que se podrían haber evitado si hubieran funcionado bien los controles: 1) dos vehículos no habrían pasado la revisión técnica: el ómnibus que perdió la rueda y el camión con desperfectos. 2) Un vehículo circulaba con presunciones de irregularidades: el Ford Fiesta taxi rural. Son siempre autos viejos y mal conservados. 3) El conductor de este auto -la persona que, lamentablemente, falleció- tenía 71 años, una edad que, de acuerdo con sentido común, invalida para conducir transportes públicos. 4) En ese auto rural viajaba un hombre enyesado, que había sufrido otro accidente pocos días atrás. Viajaba en el asiento delantero. 5) En el choque de la moto los chicos trataron de pasar por la derecha a otros vehículos. 5) La moto no tenía patente. 6) Los chicos no llevaban casco.
¿De qué sirven los operativos, si no sirven para evitar accidentes absurdos, como éstos? Se secuestran 700 motos por mes porque sus conductores llevan el casco en el codo. Se venden entre 2.000 y 3.000 motos por mes y, según los empresarios, todas se entregan con casco. Se secuestran 100 autos por fin de semana en controles de alcoholemia.
Poco convencidos
Los informes con cifras parecen palabras vacías. Los funcionarios, que ahora van en busca de la unificación del carnet en todo el país para que haya premios y castigos y un sistema de puntaje -scoring- no están convencidos.
"De nada sirve endurecer las sanciones si no tenemos un mecanismo que castigue al infractor al poco tiempo de que este cometió la falta", dice el subsecretario municipal de Tránsito, Juan Giovanniello. "Las nuevas disposiciones son buenas, pero hay un problema cultural que no resuelven: la transgresión", agrega el director municipal de Tránsito, Miguel Angel Molins, quien dice que las normas no van a ser efectivas si persiste el divorcio entre la sociedad y los inspectores.
¿No estará ahí la punta del ovillo? Eduardo Bertotti, director del Instituto de Seguridad Vial (ISEV), institución privada que estudia el problema del tránsito, está de acuerdo y disiente a la vez con este enfoque. Está de acuerdo en que, por ser un problema social y cultural, resulta sumamente complejo. Pero disiente en la visión de fatalidad que tienen los funcionarios. Como si dijeran: "esto no se puede cambiar, los tucumanos (argentinos, latinoamericanos, etcétera) somos así, transgresores, somos hijos del rigor".
Esa visión fatalista deriva en el escaso convencimiento sobre las medidas que se adoptan y en un círculo vicioso nefasto.
Como si dijeran: "los municipales pueden ser coimeros, pero hay una sociedad con tendencia a la corrupción, y por lo tanto es un problema social, es difícil de remediar". Bertotti dice que para un problema complejo, de nada sirven soluciones simples. "En muchos casos, por el contrario, la aplicación de las mismas lo agravan", explica. Y en esa descripción entran los operativos como los de la Policía Vial, que se hacen mientras el problema de base permanece o se agrava.
Trabas
Lo complejo está en el estudio más profundo, como el hecho que señala Masaguer de que un 40% de los accidentes en el centro ocurre en esquinas semaforizadas, o las trabas de la misma legislación, o en la burocratización del esquema de controles, o en la falta de campañas permanentes y agresivas. "En Europa se hizo una campaña sangrienta, mostrando a las víctimas de accidentes discapacitadas que contaban su terrible experiencia", cuenta Masaguer. Y así se avanzó hacia la prevención. Que depende de una política total, de una convicción y de una actitud. Del sentido común. Bertotti lo define así: la diferencia entre la vieja Europa -que bajó los índices de accidentes- y el resto del mundo -donde el problema se ha desmadrado- "es que para los primeros el siniestro vial es prevenible, y para los otros continúa siendo un hecho de Dios o del Destino. Para unos es el error corregible, para otros la fatalidad insoslayable". Nosotros tenemos que elegir una de estas dos visiones para enfrentar el problema.







