14 Junio 2009 Seguir en 
BUENOS AIRES.- A dos semanas de las elecciones, los personalismos le están ganando por goleada a las ideologías. Las discusiones por mostrar los mejores cómo destinados a generar mayor inclusión social, institucionalidad y controles republicanos o para definir el rol del Estado, la inserción en el mundo o de qué manera abordar la recuperación económica y la distribución de la riqueza o aún los pros y los contras del famoso modelo, han sido suplantados esta vez por los quiénes, muchos más cercanos a una elección presidencial.
Al argentino le seducen las figuras, es verdad, pero esta vez la culpa de la distorsión ha sido de la clase política, con poco margen para la discusión de propuestas. Y a elegir personas marcha la gente, mientras que algunos de ellos ni siquiera asumirán. Hasta las tiras-sábana de los diputados de todo pelambre se han transformado en fórmulas para recordar y votar: Kirchner-Scioli, De Narváez-Solá, Stolbizer-Alfonsín y siguen las firmas en todo el país.
En la semana, la figura mediática excluyente fue De Narváez, ya que, más allá de su presencia en Show Match junto a su imitador, Néstor Kirchner lo victimizó de tal forma que empezó a aparecer a cada rato, aún nombrado por los opositores que se solidarizaron con él por el caso de la efedrina. Después, la foto con Julio Cobos lo volvió a poner en el candelero, diatribas mediante de los dirigentes del Acuerdo Cívico Social contra el vicepresidente, tanto que en su entorno calculan que esta constante exposición pública fijó más su imagen que todo el dinero que gastó en la campaña.
Al respecto, el vicepresidente de la Nación también tuvo su cuarto de hora de impacto mediático y otro que lo buscó, con dos días de alta presencia en los medios, fue Daniel Scioli, primero con declaraciones de su hermano José contra la operación de enchastre a De Narváez que él salió a relativizar, pero para decir que no tenía voceros y que por lo tanto criticaba casi lo mismo por su boca. Minutos de radio y TV y ríos de tinta dedicados al posicionamiento de los dimes y los diretes de los candidatos, casi al estilo de los programas chimenteros.
Más sospechas que certezas
Ante la ceguera que les genera tan magra oferta de ideas, en las que alguna parte del periodismo también tiene su cuota de responsabilidad, parece que los ciudadanos esta vez votarán más por sospechas que por certezas. Sólo el olfato parece indicarle a los votantes que ningún candidato se va a oponer, por tomar un ejemplo, a generar empleo y a darle oportunidad a los excluidos a sumarse a la fuerza laboral o a mejorar el ingreso de los que tienen trabajo. Las diferencias estarán en el modo en que se puede encarar una tarea tan decisiva en el largo plazo, más allá de los parches del mientras tanto. Alrededor de tamaño esfuerzo, por ejemplo, está el modo de gestionar la educación y la salud como fuerzas motorizadoras de la inclusión y definir si la inseguridad es o no es una consecuencia de la situación social o cuál es el sentido de darle más importancia al consumo interno que a la inversión. Pero, ¿quiénes podrán hacerlo mejor? Allí, en la instrumentación, en lo más conservador o en lo más progresista de cada propuesta están las diferencias de fondo o aún los matices de las agrupaciones políticas, pero esto es justamente todo lo que no se ha discutido para saber a qué congreso pueden aspirar los argentinos, para que acompañe los dos años que le quedan de mandato a Cristina Fernández. Sin embargo, lo que único que parece subyacer hasta el momento es una opción válida en política, pero que no por eso puede convertirse en excluyente: destruir al adversario. Todos los opositores quieren dejar al Gobierno nacional sin mayoría legislativa para derrumbar así la hegemonía política del kirchnerismo y, de paso, sacar a Néstor de la cancha en 2011. El oficialismo quiere construir las bases de un modelo nacional y popular con raigambre peronista y de largo aliento. Para ello, dice que necesita seguir gobernando con mayoría en el Congreso.
En materia de leyes, la oposición, casi en su conjunto, ha señalado que tratará de retrotraer algunas votadas por el kirchnerismo y prometen que van a reformar el Consejo de la Magistratura para que los jueces no se sientan rehenes del Ejecutivo, que avanzarán con la reforma política, que propiciarán una rebaja del IVA en los alimentos, que discutirán el Presupuesto 2010 con otras prioridades en la mano y que se opondrán a seguir con la Emergencia Económica que sustenta el mecanismo de reasignación de partidas sin pasar por el Congreso.
Sin embargo, lo que se ha fijado en la opinión pública es que el consenso más firme que tienen los opositores y aquello que los une por encima de toda discrepancia, casi a modo de venganza por el destrato que han sufrido desde que el kirchnerismo llegó al poder, es que se han juramentado en ponerle límites bien precisos a su forma tan particular de gestionar, en la que nunca se discute nada y se avanza siempre en un solo sentido. Esta bronca con olor a venganza, que se nota en los discursos de la oposición, algo que también tiene su correlato en Olivos casi como un enfrentamiento de ellos contra nosotros, ha generado un peligroso sentimiento de repulsa visceral que cruza a una parte de la sociedad para hacerle morder el polvo al matrimonio gobernante. Para muchos, no se trata de hacerlo mejor, sino de hacerlo sin los Kirchner, lo que mantiene encendida en el Gobierno la recurrente paranoia de las llamadas fuerzas destituyentes.
Si algo ha tenido el kirchnerismo hasta el momento es que no ha dejado enemigo sin convocar. Su manejo de la administración, que ha tenido siempre la caja en ristre para apuntalar lo que se necesitara, ha comenzado a flaquear desde ese costado vital, ya que las necesidades fiscales son crecientes y en la ocasión la caja no alcanza para conformar a todos. Por eso, el Gobierno ahora debe soportar reclamo tras reclamo y advertencia tras advertencia, en las que, a diferencia de los partidos opositores, por detrás sí está implícita una ideología más aperturista que el estándar de los Kirchner. Quieren volver a la década del 90, diría el matrimonio. Y no ha sido sólo el caso del campo, sino de los exportadores, de los importadores y de la Asociación Empresaria Argentina (AEA).
Desde el lado del realismo y ya como estrategia electoral, el Gobierno nacional tomó conciencia de que tiene perdida la elección en todos los distritos grandes y que sólo le queda una porción del conurbano bonaerense para dar batalla en la provincia y allí centró sus energías y su dinero, especialmente en los partidos con mayores carencias, que son los que suman muchos votos. Ante ese auditorio llegaron durante la semana la Presidenta y su esposo, por medio de diversos actos multitudinarios, con un discurso común que sumó al estilo atenuado que ahora luce el ex presidente, mucha pasión y emoción en el caso de Cristina, con apelaciones de campaña que siempre apuntaron a recordar la recuperación lograda desde 2003 en adelante.
Morir con las botas puestas
Pero como los Kirchner no saben de callarse la boca, ambos redoblaron la apuesta pese a todo y la Presidenta dijo que le parece posible desarrollar un proyecto nacional y popular aún en un mundo global, mientras que su esposo arremetió con que se terminó la época en que los empresarios vaciaban las fábricas, vendían el patrimonio, cuidaban sus cuentas personales y dejaban a los trabajadores en la calle.
Ambos estaban promocionando un cambio en la Ley de Quiebras para atender el caso de las llamadas empresas recuperadas, una problemática que mantiene las fuentes de trabajo, aun a riesgo del despojo de la propiedad a sus legítimos dueños. Si hay que morir, que sea con las botas puestas, parecen decir Cristina y Néstor.
Al argentino le seducen las figuras, es verdad, pero esta vez la culpa de la distorsión ha sido de la clase política, con poco margen para la discusión de propuestas. Y a elegir personas marcha la gente, mientras que algunos de ellos ni siquiera asumirán. Hasta las tiras-sábana de los diputados de todo pelambre se han transformado en fórmulas para recordar y votar: Kirchner-Scioli, De Narváez-Solá, Stolbizer-Alfonsín y siguen las firmas en todo el país.
En la semana, la figura mediática excluyente fue De Narváez, ya que, más allá de su presencia en Show Match junto a su imitador, Néstor Kirchner lo victimizó de tal forma que empezó a aparecer a cada rato, aún nombrado por los opositores que se solidarizaron con él por el caso de la efedrina. Después, la foto con Julio Cobos lo volvió a poner en el candelero, diatribas mediante de los dirigentes del Acuerdo Cívico Social contra el vicepresidente, tanto que en su entorno calculan que esta constante exposición pública fijó más su imagen que todo el dinero que gastó en la campaña.
Al respecto, el vicepresidente de la Nación también tuvo su cuarto de hora de impacto mediático y otro que lo buscó, con dos días de alta presencia en los medios, fue Daniel Scioli, primero con declaraciones de su hermano José contra la operación de enchastre a De Narváez que él salió a relativizar, pero para decir que no tenía voceros y que por lo tanto criticaba casi lo mismo por su boca. Minutos de radio y TV y ríos de tinta dedicados al posicionamiento de los dimes y los diretes de los candidatos, casi al estilo de los programas chimenteros.
Más sospechas que certezas
Ante la ceguera que les genera tan magra oferta de ideas, en las que alguna parte del periodismo también tiene su cuota de responsabilidad, parece que los ciudadanos esta vez votarán más por sospechas que por certezas. Sólo el olfato parece indicarle a los votantes que ningún candidato se va a oponer, por tomar un ejemplo, a generar empleo y a darle oportunidad a los excluidos a sumarse a la fuerza laboral o a mejorar el ingreso de los que tienen trabajo. Las diferencias estarán en el modo en que se puede encarar una tarea tan decisiva en el largo plazo, más allá de los parches del mientras tanto. Alrededor de tamaño esfuerzo, por ejemplo, está el modo de gestionar la educación y la salud como fuerzas motorizadoras de la inclusión y definir si la inseguridad es o no es una consecuencia de la situación social o cuál es el sentido de darle más importancia al consumo interno que a la inversión. Pero, ¿quiénes podrán hacerlo mejor? Allí, en la instrumentación, en lo más conservador o en lo más progresista de cada propuesta están las diferencias de fondo o aún los matices de las agrupaciones políticas, pero esto es justamente todo lo que no se ha discutido para saber a qué congreso pueden aspirar los argentinos, para que acompañe los dos años que le quedan de mandato a Cristina Fernández. Sin embargo, lo que único que parece subyacer hasta el momento es una opción válida en política, pero que no por eso puede convertirse en excluyente: destruir al adversario. Todos los opositores quieren dejar al Gobierno nacional sin mayoría legislativa para derrumbar así la hegemonía política del kirchnerismo y, de paso, sacar a Néstor de la cancha en 2011. El oficialismo quiere construir las bases de un modelo nacional y popular con raigambre peronista y de largo aliento. Para ello, dice que necesita seguir gobernando con mayoría en el Congreso.
En materia de leyes, la oposición, casi en su conjunto, ha señalado que tratará de retrotraer algunas votadas por el kirchnerismo y prometen que van a reformar el Consejo de la Magistratura para que los jueces no se sientan rehenes del Ejecutivo, que avanzarán con la reforma política, que propiciarán una rebaja del IVA en los alimentos, que discutirán el Presupuesto 2010 con otras prioridades en la mano y que se opondrán a seguir con la Emergencia Económica que sustenta el mecanismo de reasignación de partidas sin pasar por el Congreso.
Sin embargo, lo que se ha fijado en la opinión pública es que el consenso más firme que tienen los opositores y aquello que los une por encima de toda discrepancia, casi a modo de venganza por el destrato que han sufrido desde que el kirchnerismo llegó al poder, es que se han juramentado en ponerle límites bien precisos a su forma tan particular de gestionar, en la que nunca se discute nada y se avanza siempre en un solo sentido. Esta bronca con olor a venganza, que se nota en los discursos de la oposición, algo que también tiene su correlato en Olivos casi como un enfrentamiento de ellos contra nosotros, ha generado un peligroso sentimiento de repulsa visceral que cruza a una parte de la sociedad para hacerle morder el polvo al matrimonio gobernante. Para muchos, no se trata de hacerlo mejor, sino de hacerlo sin los Kirchner, lo que mantiene encendida en el Gobierno la recurrente paranoia de las llamadas fuerzas destituyentes.
Si algo ha tenido el kirchnerismo hasta el momento es que no ha dejado enemigo sin convocar. Su manejo de la administración, que ha tenido siempre la caja en ristre para apuntalar lo que se necesitara, ha comenzado a flaquear desde ese costado vital, ya que las necesidades fiscales son crecientes y en la ocasión la caja no alcanza para conformar a todos. Por eso, el Gobierno ahora debe soportar reclamo tras reclamo y advertencia tras advertencia, en las que, a diferencia de los partidos opositores, por detrás sí está implícita una ideología más aperturista que el estándar de los Kirchner. Quieren volver a la década del 90, diría el matrimonio. Y no ha sido sólo el caso del campo, sino de los exportadores, de los importadores y de la Asociación Empresaria Argentina (AEA).
Desde el lado del realismo y ya como estrategia electoral, el Gobierno nacional tomó conciencia de que tiene perdida la elección en todos los distritos grandes y que sólo le queda una porción del conurbano bonaerense para dar batalla en la provincia y allí centró sus energías y su dinero, especialmente en los partidos con mayores carencias, que son los que suman muchos votos. Ante ese auditorio llegaron durante la semana la Presidenta y su esposo, por medio de diversos actos multitudinarios, con un discurso común que sumó al estilo atenuado que ahora luce el ex presidente, mucha pasión y emoción en el caso de Cristina, con apelaciones de campaña que siempre apuntaron a recordar la recuperación lograda desde 2003 en adelante.
Morir con las botas puestas
Pero como los Kirchner no saben de callarse la boca, ambos redoblaron la apuesta pese a todo y la Presidenta dijo que le parece posible desarrollar un proyecto nacional y popular aún en un mundo global, mientras que su esposo arremetió con que se terminó la época en que los empresarios vaciaban las fábricas, vendían el patrimonio, cuidaban sus cuentas personales y dejaban a los trabajadores en la calle.
Ambos estaban promocionando un cambio en la Ley de Quiebras para atender el caso de las llamadas empresas recuperadas, una problemática que mantiene las fuentes de trabajo, aun a riesgo del despojo de la propiedad a sus legítimos dueños. Si hay que morir, que sea con las botas puestas, parecen decir Cristina y Néstor.







