29 Mayo 2009 Seguir en 
Un antiguo refrán, siempre vigente en cualquier orden de la vida, reza: "Querer es poder". Para que una ley se cumpla es necesaria la voluntad de dos partes: por un lado, el acatamiento del ciudadano y, por otro, que la autoridad la aplique. Sin esas condiciones esenciales, difícilmente una norma será efectiva y tampoco generará el hábito indispensable para respetarla.
En nuestra edición de ayer le dimos un generoso espacio a la intención de la Municipalidad capitalina de eliminar la pegatina ilegal en los distintos sectores de la ciudad. Con frecuencia los afiches se superponen, se arrancan y quedan tirados en el piso, brindando un mal espectáculo visual. Esta práctica, sólo en la limpieza de las columnas del alumbrado público, insume más de $ 600.000 al año. Se gasta $ 150 por cada una de estas que se deba repintar porque fue arruinada con pintadas o carteles. Según la Subsecretaría de Servicios Públicos, se labran alrededor de 3.500 actas de infracción anualmente, pero la cifra representa sólo una parte de los infractores que en realidad deberían ser sancionados, porque, en muchos casos, los carteles no poseen información específica que permita identificar a quienes realizan la pegatina.
El titular de la repartición dijo que los lugares preferidos para pegar carteles son las columnas del alumbrado público, las cajas de energía eléctrica ubicadas en las veredas, los papeleros y las paredes de propiedades privadas. Afirmó estar estudiando cómo implementar los operativos que permitan detectar mejor estas prácticas ilegales y anunció que se conformó una brigada de operarios que se encargará de despegar todos los afiches del centro y de las avenidas durante los próximos seis meses. Se informó que las multas por pegatinas representan el 30 % del total de infracciones que se registran en el área de Higiene Pública. A estas hay que sumar los graffiti en las paredes y en el mobiliario urbano, práctica es muy difícil de sancionar.
La ordenanza vigente se refiere en forma general a quien coloque letreros y anuncios en la vía pública, que afecten la estética y la higiene. En Buenos Aires, por ejemplo, las normas prevén sanciones para los que encargan el cartel, para los que lo colocan y para la imprenta que los hizo. Tal vez convenga seguir ese ejemplo o este de la "capital de la provincia del buen vino y el sol", donde hay carteles que rezan: "Mendoza, la ciudad más limpia del país". Las multas por ensuciar el espacio público con afiches dependen de si es la primera vez que se comete la falta o se trata de una reincidencia. En caso de ser la primera vez, la penalidad económica asciende a $ 500. Si el responsable ya ha sido sancionado puede llegar a pagar $ 5.000, una cifra que desalentará seguramente al infractor a volver a cometer la transgresión.
Nos parece positivo que la Municipalidad esté estudiando la forma de endurecer la norma para lograr el cometido de que vivamos en una ciudad limpia. Los ejemplos de cómo se llegó a concretar ese objetivo en otros lugares son varios y válidos. No hace mucho tiempo, parecía imposible sacar la cartelería aérea en el microcentro que impidió, por años, por ejemplo, ver el cerro San Javier. Sin embargo, fue erradicada sobre la base de una campaña de concientización y luego de la sanción a los comerciantes que eran remisos a acatar la disposición.
La experiencia mendocina de onerosas multas también podría explicarse a los infractores de las normas del tránsito, incluyendo a los motociclistas. Educar no es sencillo, pero una vez que se aprende bien algo, difícilmente se lo olvide. Se trata, por cierto, de perseverar porque, si se quiere, siempre se puede. Es cuestión de proponérselo.
En nuestra edición de ayer le dimos un generoso espacio a la intención de la Municipalidad capitalina de eliminar la pegatina ilegal en los distintos sectores de la ciudad. Con frecuencia los afiches se superponen, se arrancan y quedan tirados en el piso, brindando un mal espectáculo visual. Esta práctica, sólo en la limpieza de las columnas del alumbrado público, insume más de $ 600.000 al año. Se gasta $ 150 por cada una de estas que se deba repintar porque fue arruinada con pintadas o carteles. Según la Subsecretaría de Servicios Públicos, se labran alrededor de 3.500 actas de infracción anualmente, pero la cifra representa sólo una parte de los infractores que en realidad deberían ser sancionados, porque, en muchos casos, los carteles no poseen información específica que permita identificar a quienes realizan la pegatina.
El titular de la repartición dijo que los lugares preferidos para pegar carteles son las columnas del alumbrado público, las cajas de energía eléctrica ubicadas en las veredas, los papeleros y las paredes de propiedades privadas. Afirmó estar estudiando cómo implementar los operativos que permitan detectar mejor estas prácticas ilegales y anunció que se conformó una brigada de operarios que se encargará de despegar todos los afiches del centro y de las avenidas durante los próximos seis meses. Se informó que las multas por pegatinas representan el 30 % del total de infracciones que se registran en el área de Higiene Pública. A estas hay que sumar los graffiti en las paredes y en el mobiliario urbano, práctica es muy difícil de sancionar.
La ordenanza vigente se refiere en forma general a quien coloque letreros y anuncios en la vía pública, que afecten la estética y la higiene. En Buenos Aires, por ejemplo, las normas prevén sanciones para los que encargan el cartel, para los que lo colocan y para la imprenta que los hizo. Tal vez convenga seguir ese ejemplo o este de la "capital de la provincia del buen vino y el sol", donde hay carteles que rezan: "Mendoza, la ciudad más limpia del país". Las multas por ensuciar el espacio público con afiches dependen de si es la primera vez que se comete la falta o se trata de una reincidencia. En caso de ser la primera vez, la penalidad económica asciende a $ 500. Si el responsable ya ha sido sancionado puede llegar a pagar $ 5.000, una cifra que desalentará seguramente al infractor a volver a cometer la transgresión.
Nos parece positivo que la Municipalidad esté estudiando la forma de endurecer la norma para lograr el cometido de que vivamos en una ciudad limpia. Los ejemplos de cómo se llegó a concretar ese objetivo en otros lugares son varios y válidos. No hace mucho tiempo, parecía imposible sacar la cartelería aérea en el microcentro que impidió, por años, por ejemplo, ver el cerro San Javier. Sin embargo, fue erradicada sobre la base de una campaña de concientización y luego de la sanción a los comerciantes que eran remisos a acatar la disposición.
La experiencia mendocina de onerosas multas también podría explicarse a los infractores de las normas del tránsito, incluyendo a los motociclistas. Educar no es sencillo, pero una vez que se aprende bien algo, difícilmente se lo olvide. Se trata, por cierto, de perseverar porque, si se quiere, siempre se puede. Es cuestión de proponérselo.







